miércoles, junio 3, 2026

¿Cuál es el papel de las nuevas derechas en Colombia?

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¿Cuál es el papel de las nuevas derechas en Colombia?

Foto: Suministrada

Tenía un gran interés en presentar esta nota después de la primera vuelta, en parte porque ya me era previsible un resultado semejante y porque no deseaba que mis palabras se entendieran como simpatía por una campaña que ahora está muerta. Si ponemos a De la Espriella frente a Noboa, Milei, Bukele y otros políticos latinoamericanos, notaremos que existe una gran dificultad en definir el espacio que hoy ocupan las nuevas derechas en Colombia, sobre todo, en contraste con el dominio electoral que hasta el domingo tuvo Uribe Velez. Tenemos muchísimas preguntas (¿qué significa el abelardismo frente a la derecha tradicional? ¿qué necesidades políticas responde? ¿quién lo patrocina y quien lo financia?) pero en especial resulta complicado ajustar al candidato utilizando la misma etiqueta que hasta ahora monopolizaba Alvaro Uribe. Para hacer una analogía, algo parecido ocurre con todos los mitos institucionales democráticos norteamericanos frente a Trump; ¿Es Trump diferente al populista latinoamericano? ¿Qué nos dice el populismo de derecha frente al discurso tradicional conservador?

Nosotros, sin saberlo, en parte estamos adelantados una década a esta discusión.  La razón es simple; Colombia fue un modelo fundacional, junto con la moda Tea Party de la escuela austriaca, de la forma en la que se empezarían a comportar las nuevas derechas en el continente. Como noticia de la década pasada, pocas personas recuerdan el papel que tuvo la campaña del plebiscito en el desarrollo del concepto de Cambridge Analytica—y a su vez, la importancia de este modelo en la construcción del esquema electoral que hoy define a todos los asesores electorales de los partidos de extrema derecha— fue nuestro país el que estableció el tono de las campañas políticas de la última década. Es decir; la influencia del Centro Democrático y su comportamiento frente al proceso de paz del Gobierno Santos fue el marco conceptual de lo que sería la forma de hacer política en el continente desde que las redes sociales se convirtieron en el principal campo de batalla electoral. Si la nueva forma de hacer política parece una pandemia dentro de las democracias occidentales es porque la forma en la que se desarrolló la campaña del No al plebiscito por la Paz nos definió como el origen del problema, y en ellos fuimos el importantísimo caso cero.

Cambridge Analytica afiló sus métodos de influencia política gracias a dos fenómenos; por un lado, un cuarto de la humanidad voluntariamente le dio sus datos ideológicos, de comportamiento y de retención a Facebook—entonces—por más de diez años. Hoy esta información está casi desaparecida de internet, pero el uribismo si influyó en un objetivo político concreto que en esos días se convirtió en casi un meme “Hay que sacar a la gente a votar berraca”. Dijo el entonces director de la campaña por el NO, Juan Carlos Vélez. Ese ha sido un método electoral desde entonces. Crearon un sistema de discurso que acudiera a las emociones más bajas posibles. A pulsiones emocionales, a sentimentalismos reactivos, y desde este modelo de hacer política lo ha controlado todo, absolutamente todo, pero hay que aclarar que no es exclusivo de las derechas. La izquierda ya adelantaba, desde varios francos, campañas de indignación semejantes. De hecho, en Colombia estos discursos específicos hicieron posible tanto la Ola verde de Mockus como gran parte de la sensibilización frente a los falsos positivos que desgastó el prestigio del uribismo. Hasta el plebiscito, la indignación dejó de ser monopolio de la izquierda.

Los votantes de Abelardo llevan cuatro años, sino más, siendo contantemente ideologizados a través de Tik tok y los reels de Instagram y Facebook. Tengo a varios parientes que cada minuto de su tiempo libre lo dedican a ver reels de influencers que constantemente les incrustan indignación contra el gobierno. Ellos pasaron de llamarse de “derecha” a considerarse “de extrema derecha” porque esos reels les han convencido de que la izquierda va a por ellos y por sus hijos, por su modo de vida o su fe o sus negocios. Además, si el receptor fue víctima de las guerrillas, ya sea por extorsión o por violencia, no tiene motivos para desconfiar del mensaje. El sistema algorítmico ha manipulado su sentido crítico, se los ha apagado direccionándolo contra los medios de comunicación, acusándolos de oficialistas “por no contar la verdad”. Las personas detrás de este movimiento algorítmico son financiadas por los sistemas de inteligencia israelí y norteamericano, y tienen como objetivo defender la posición ideológica de los alfiles del sionismo en Latinoamérica. Ellos son la nueva USAID y ciertamente son mucho más baratos y eficientes que la cooperación internacional tradicional para el contribuyente norteamericano.

Es raro que Colombia pueda darse tanta importancia en algunas cosas, pero al menos en el comportamiento mediático somos paradigmáticos. En estas circunstancias especiales, no hay demasiado peligro que políticos como Milei o Trump exporten conceptos nuevos al país. Nosotros yan os matábamos entre diferentes partidos desde antes, somos el origen de esas ideas y fue nuestra forma de hacer política la que se contagió en el continente. Sin embargo, hay varios detalles evidentes; si bien Alvaro Uribe y su relación con los medios de comunicación, su apego a los eufemismos para evitar debates cambiando las palabras que definen a los sucesos, y sobre todas las cosas, su manejo de la opinión pública—el concepto de país polarizado tiene como antagonista ese ochenta por ciento de aprobación que Uribe tuvo durante su primer mandato. La derecha y el centro todavía sienten nostalgia de ese país ideológicamente unificado que nos vendió Uribe—todos estos fenómenos son el origen de la derecha actual. Por eso los electorados de derecha y dentro son tan abiertamente antidemocráticos pues no quieren acuerdos entre distintas opiniones, sino una voz única y un interés uniforme. En este sentido, Uribe y su partido ya no son el epicentro ideológico de nuestras discusiones ideológicas, y muy pronto tampoco lo será Petro. Por eso mismo, Abelardo de la Espriella existe porque Alvaro Uribe y su partido se han moderado. 

Decir eso en estas elecciones se volvió incluso ofensivo para la izquierda, que se niega a soltar a Uribe como epicentro y su principal caballo de batalla. Lo que no saben es que en un país donde no se da historia—y mucho menos, historia reciente; y por eso,  una gran reforma educativa y política inicial debió ser devolver a las aulas las clases de historia—es que para las nuevas generaciones, generaciones que la izquierda ignoró en estas elecciones, el uribismo no significa nada; ni una redención ni una maldición, los jóvenes, que en realidad están paralizados por las incertidumbres de un mundo lleno de amenazas y de augurios negativos, en realidad tratan de buscar estabilidad en la tradición, y la derecha local le tiene una tradición envenenada. Mientras la iglesia católica evoluciona en otros lados y los últimos dos papas fueron de índole humanista, el catolicismo colombiano sigue siendo exageradamente politizado y antiderechos, reaccionario y enemigo de cualquier forma de humanismo.

Para mucha gente será de mal gusto decir que Uribe, con los falsos positivos, la persecución a la oposición, la conexión con EEUU e Israel ahora está—estuvo—en el centro. Claro que Uribe no se ha movido un ápice de sus posiciones, y en realidad, es el marco ideológico del país el que se he movido exageradamente hacia la derecha bajo un solo criterio; el exterminio del contradictor. Seguir viendo a Uribe como el epicentro del mal le impide a las izquierdas ver que las derechas alternativas a Uribe son muchísimo más peligrosas y amenazantes porque han cooptado la indignación de la clase trabajadora. Desmantelado el centro de Fajardo y Claudia López, quien ocupa el punto medio fue un debilitado centro democrático y precisamente por eso la izquierda debió validarlos como interlocutores. Un centro democrático liberal, inclusivo, algo débil si lo comparamos con el pasado, los residuos políticos que dejó la incompetencia de Iván Duque, habrían legitimado un proyecto democrático donde polos opuestos pueden coincidir en puntos esenciales para todos, pero esa oportunidad se perdió, y el centro democrático, junto con cualquier oportunidad de acuerdo, ahora mismo está absorbido por el abelardismo. En política, la indignación nos impide elegir a los interlocutores ideales. ¿Qué es exactamente lo que separa al Uribismo de Abelardo de la Espriella? Algo que a lo mejor juzgamos como irrelevante pero que en nuestros tiempos pareciera esencial para seguir funcionando como democracia; las diferencias ya no son de fondo—ambos podrían actual igual debajo del discurso, pero Uribe intentó demostrar frente a las cámaras ser un demócrata. De la Espriella no tiene ni necesita ese pudor—es en la importancia de la forma y los métodos donde habríamos podido defender una esperanza de institucionalidad y donde unos acuerdos mínimos habrían sido posibles. Si el uribismo impulsó y defendió a los paramilitares, es porque creía en que las instituciones no debían mancharse las manos, cosa que las nuevas derechas no ven como importante. De la Espriella es una promesa de papel en blanco para la derecha colombiana que siempre estuvo limitada por la necesidad del uribismo por parecer democrática.  De la Espriella representa para Colombia una derecha sin la atadura de las buenas maneras, y eso es la barbarie. Paloma Valencia era la derecha que necesitábamos, pero no le dieron una oportunidad por ser mujer, por tener un vicepresidente abiertamente homosexual, por ser institucionalista a su modo. Los votantes de derecha no se dieron cuenta de que ahí mismo se cargaban toda la autoridad discursiva de la izquierda, pero ya es demasiado tarde.

Atrapado en la indignación que le suministraron los algoritmos, el votante de Abelardo ni siquiera es consciente realmente por lo que está votando. Cree que realmente es posible desaparecer a la mitad electoral del país sin consecuencias. Cree que un candidato especifico los librará de la sensación de inminencia destructiva que los algoritmos le dijeron que era una alternativa política. Quieren defender su modo de vida y sus costumbres frente al miedo que le inculcaron cuando creen que descansan mirando su teléfono. La política que tenemos hoy es efecto directo de los smartphones.

Frente a este desastre, yo le recomendaría a la izquierda dejar el discurso de la indignación. Hay que buscar otras emociones que permitan hacer política. La esperanza, por ejemplo, no implica tibieza, y no nos queda alternativa. Hay que dejar la desesperanza para tiempos mejores.

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