domingo, agosto 23, 2026

Sobre las sopas Campbell, netbooks, ChatGPT y otras basuras para pobres.

En el año 2025 le mostré a mis estudiantes la película Radical (2023) dirigida por Christopher Zalla y protagonizada por Eugenio Derbez, basada en el artículo inspirado en el trabajo docente de Sergio Juárez Correa, “Una Forma Radical de desatar una generación de genios” que apareció en la revista Wired, contándole al público norteamericano como en el 2011 Juárez Correa transformó un salón de clases con uno de los peores puntajes en sus pruebas de medición de calidad en uno de los más altos promedios de su país natal, México. Quien conozca la trama entenderá una de las preguntas guía para los estudiantes. ¿Por qué Juárez Correa cree tan fielmente en que el computador mejorará la educación de sus estudiantes y en qué se diferencia su convicción a la perspectiva actual frente al celular dentro del aula?

Para entender la pregunta es necesario diferenciar lo que pensábamos sobre la inclusión en la tecnología en el aula en la década pasada versus lo que pensamos de la tecnología dentro del aula ahora, que a lo mejor explica la diferencia de opiniones entre los padres de familia sobre la tecnología y lo que creen y viven los docentes dentro del aula. En pleno 2011, Venezuela, Chile, Argentina, Brasil y Colombia buscaban llevar netbooks a todos los estudiantes dentro de sus territorios. Aparecieron las famosas canaimas en Venezuela y los computadores para educar en Colombia. Chile hizo lo suyo con Yo elijo mi pc, cada secretaría, cada ministerio latinoamericano se convirtió momentáneamente en una oficina de compra de tecnología conectada directamente con los departamentos de venta de Sillicon Valley. Lenovo, HP y Dell recibieron contratos estratosféricos por la compra de millones de equipos a cada institución educativa, computadores extremadamente básicos y casi obsoletos incluso entonces que querían conectar a internet a cada estudiante latinoamericano. Países como Venezuela y Chile casi lo lograron e incluso las instituciones privadas mostraban su calidad educativa exhibiendo sus salas de cómputo repletas de equipos Mac. Toda la sociedad entonces, docentes, directivos y administrativos educadores creían que era un paso obligatorio para mejorar la educación latinoamericana, después de todo internet es y sigue siendo la biblioteca más grande construida por el hombre. Solo alguien disentía de la tendencia, y eran precisamente las escuelas alrededor de ese epicentro tecnológico de donde toda esta tecnología provenía, Sillicon Valley.

Ya en el 2012 aparecía la noticia en algunos medios hispanohablantes “Los cerebros de las empresas tecnológicas envían a sus hijos a colegios donde las computadoras y teléfonos están prohibidas”. El diario Le monde  planteaba la contradicción específicamente en la institución Waldorf School of the Península, en California, donde estudiaban los hijos de los directivos de Apple y Google. El periodista que cubría la noticia relataba con sorpresa que ninguno de aquellos niños tenía derecho a tocar una computadora hasta los catorce años.

Ahora mismo es divertido recordar la noticia y pensar si algún docente, político o directivo supuso en esto una contradicción. Esos mismos padres que se enriquecían vendiéndole a países del tercer mundo millones de computadoras para millones de niños sin recursos, enviaban a sus hijos a una institución donde su tecnología estaba prohibida.

Este incidente recuerda a algo que ocurrió hace cosa de dos semanas. El vicepresidente tecnológico de las sopas Campbell’s, famosas por ser las protagonistas de una pintura Andy Warhol, Martin Bally, fue grabado en una reunión privada diciendo que sus sopas eran basura.  En audio le comenta a uno de sus empleados que sus sopas eran comida ultraprocesada para pobres con carne hecha en laboratorio y que él jamás las comería. Una vez las grabaciones se hicieron públicas, Barry fue despedido de la compañía.

En Latinoamérica tardamos más de quince años en darnos cuenta por qué en el Waldorf School of the Península la tecnología está prohibida. El primero de septiembre del 2025, la institución Educativa Jesús María Aguirre Charry de Aipe prohibió el ingreso de los teléfonos celulares de los estudiantes.  Pese a no ser la primera institución que los prohíbe, ni siquiera a nivel del Huila—el Liceo Freire de Pitalito lleva a cabo tanto la prohibición como una pedagogía del uso tecnológico a los padres desde hace más de cuatro años — si es llamativo por ser la primera institución pública huilense en preocuparse por el tema, tanto como para ser noticia local y nacional. Desde el 10 de diciembre, por ley nacional se prohibió para cualquier estudiante australiano menor de 16 años participar en redes sociales, y según la Unesco 74 de los sistemas educativos del mundo, incluyendo más de veinte Estados dentro de EEUU, adelantan políticas semejantes de prohibición de los teléfonos dentro del aula. ¿Qué cambió en una década? Entendimos que una educación de vanguardia no es necesariamente una educación repleta de aparatos conectados a internet, y que la tecnología debe crearse y no solo consumirse. Entendimos un montón de dilemas sobre el cerebro de los niños y los efectos de los atajos tecnológicos en la neuroplasticidad de sus jóvenes mentes. Sin embargo, el tema aún está sin resolverse precisamente por la actitud de las familias. Muchos padres todavía son víctimas del tecno-optimismo de la década pasada y están genuinamente interesados en que sus hijos estén al tanto de cualquier herramienta de inteligencia artificial en el mercado, aunque implica desplazar habilidades básicas en su aprendizaje. Sam Altman, el gurú tecnológico detrás de OpenIA dijo hace un par de semanas que le resultaba imposible educar a un niño sin ChatGPT. ¿Esta idea se aplicará en la intimidad de su propia casa? Yo lo dudo mucho. 

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3 respuestas

  1. Un artículo interesante y bien argumentado sobre un tema de interés para padres, maestros y la sociedad en su conjunto.

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