El ejercicio de la crítica es, a menudo, una rutina ingrata. Intentar encapsular en palabras una experiencia sensorial de dos horas resulta atrevido, casi reduccionista. Sin embargo, ante la magnitud del Frankenstein de Guillermo del Toro, el análisis se vuelve imperativo para digerir esa “belleza oscura” de la humanidad. Ver esta obra no es solo asistir al cine; es una vivencia inmersiva donde el espectador queda a solas con la psique del director.
Del Toro no se limita a adaptar la obra seminal de Mary Shelley; dialoga con ella. Aunque el respeto por el texto original —de los grandes de la Literatura Gótica— es evidente, la cinta es una proeza propia que nos obliga a retroceder a lo primario. Nos recuerda por qué estas historias perduran: no por el susto fácil, sino por la atmósfera opresiva que revela la oscuridad inherente al ser humano y la búsqueda de poder como adquisición vital.
La película disecciona el miedo, la locura, la obsesión y la culpa con precisión quirúrgica. Evoca las sombras del corazón delator de Poe o la melancolía del Drácula de Stoker, pero manteniéndose fiel a la pesadilla de Shelley. El núcleo filosófico del filme revive y actualiza el eterno debate de Rousseau: ¿El hombre es malo por naturaleza o la sociedad lo corrompe?
Desde una perspectiva psicológica, Del Toro nos presenta al “monstruo” no como una abominación, sino como una tabula rasa: un ser humilde arrojado a un mundo hostil, un “niño grande” a quien su creador no otorgó herramientas emocionales, sino simplemente un corazón latente.
Aquí surge la gran ironía y la tesis central de la cinta: la proyección de la monstruosidad. Mientras la Criatura busca desesperadamente una conexión de objeto (un vínculo), es el humano —con su odio, su sed de poder y rechazo— quien actúa con verdadera monstruosidad. La dualidad no es solo estética, es moral. La verdadera oscuridad reside en la ambición narcisista del Dr. Víctor, cuya supuesta “humanidad” se desmorona paradójicamente en su triunfo, revelando su fragilidad y su fracaso emocional.
La cita Del Toro impone su semiótica. Nada es al azar en su puesta en escena. Utiliza una paleta cromática para responder a la pregunta etérea: ¿De qué color es el alma?, asignando significados psicológicos a cada tono:
- Rojo: La pulsión de vida y muerte; la sangre, el nacimiento violento y la pasión.
- Azul: El fluir de la existencia; la melancolía, el frío de la soledad, pero también la corriente imparable de la vida.
- Amarillo: Fuerza, imposición.
- Verde: La incertidumbre y lo siniestro; la enfermedad, la putrefacción, pero también el misterio de una ciencia que juega a ser Dios.
- Blanco: La pureza inalcanzable; la nieve que todo lo cubre, el lienzo vacío de la muerte o el renacer.
Esta danza cromática acompaña el viaje psíquico de los personajes a través del duelo y la reconciliación. Impresionante que no solo es su color, sino también su textura.
Quizás lo más conmovedor es el tratamiento del afecto. Superando la dualidad de Rousseau, la película explora el amor compasivo. Vemos el vínculo del Viejo (el ciego) y la empatía de Elizabeth hacia la Criatura. En esos breves instantes de conexión, la película nos grita que la monstruosidad es una cuestión de perspectiva y validación externa.
Elizabeth y el Viejo son capaces de ver el alma donde Víctor solo ve carne remendada. Nos enseñan una lección fundamental: el alma no se crea en un laboratorio, se forja en el vínculo con el Otro. El perdón se convierte así en el acto más revolucionario de la trama, sugiriendo que somos el resultado de una convergencia compleja entre biología, sociedad y afecto.
El Frankenstein de Guillermo del Toro es una oda a la imperfección y al dolor de existir. Es una obra que nos deja con la incertidumbre a flor de piel y la certeza de haber presenciado una gran película. Como cierre, el director nos deja un mensaje sobre la resiliencia del espíritu humano, evocando las inmortales palabras de Lord Byron: “And thus the heart will break, yet brokenly live on.” (Y así el corazón se romperá, y sin embargo, roto vivirá).








