En realidad, fue media tarde en la casa inmensa de Aguablanca, a 3 pasos de la Plaza Cívica, acá en Pitalito. Jorge nos ha invitado a una reunión familiar. En efecto, me siento bien. En familia.
La veo y la recuerdo. Lola. Una de las hermanas mayores. Veo a otra, la mayor de las mujeres, me dicen, Flor, y digo, no la recuerdo. Recuerdo de Cecilia para acá. Pero seguramente hace 60 años, en el Hotel Nacional, de vecinos, vi a la familia completa. El padre, muy pocas veces, detenido en la puerta del negocio, un instante, mientras mira al día y mira la calle; la tierra barro; la tierra polvo. Larga, extensa presencia y movimiento de familia. Hermanos. Hermanas. Hijos. Hijas. Nietos. Nietas. Alguno de ellos reedita una ligera confusión. ¡Ve! ¡Creí que era Isaías!
Cuánto hace ha ocupado Jorge el asiento de al lado y la tarde alrededor ha empezado a desaparecer. Un yogui encantado, no tengo idea si existe alguno verdadero que no lo esté, nos sumerge en uno de los 5 centros arqueológicos más importantes del mundo y en su recorrido de vida entera en la búsqueda de sí mismo. Nos comunica sus avistamientos, desde La Estrella de Belén, que se le atravesó en los ojos y en el alma mientras jugaba basquetbol, casi niño, en La Normal, durante los días en que el terremoto mandó al piso una de las torres más hermosas de arquitectura religiosa en Colombia, hasta el realizado hace unos 18 años, en México, de una inmensa bola amarilla. No habíamos divulgado estos y otros avistamientos para preservar el buen estado de nuestra cordura frente a los demás; frente a las incredulidades prejuiciosas. No estamos solos, confirma.
La inmersión entregada y paciente en Bhagavad Gita, Upanishads, vedanta, yoga. Técnicas. Aprendizaje y dominio. Anatomía, filosofía, historia, cuántas disciplinas más, indiscriminadas. Pienso en el conocimiento transversal y totalizante del Renacimiento hacia atrás en Occidente o en eso que iría a ser Occidente, que se fragmenta, se especializa y se confunde en la modernidad hasta hoy. Hasta cuando Jorge llega con nosotros al Centro Arqueológico de San Agustín. La reunión ha desaparecido. Por supuesto, pasan personas. Circulan. Se despiden. Un señor pasa en despedida. Se detiene y fija la mirada en nosotros. Al momento dice Un Peña. Entiendo que quiere decir uno de los Peña de papá. Jorge, Jesús dicen Sí; hermano de Isaías. Omar, el mayor de los Peña Ortiz, deja la reunión. No. No lo conocía. Tan joven y vigoroso de vida en tan vísperas de los 90.
Jorge, con un estudio fotográfico fenomenal de la estatuaria en el móvil, no se puede contener. Está bien. Pero por qué me presenta, en su mayoría, las piedras que más me inquietan a mí. Vea, el triángulo invertido abajo en la espalda sube por el canal de la columna a la cabeza y, arriba, cubierto y abierto, se irriga al universo y el universo lo arropa. Maravilla. Sí, digo. A esa estatua, a ese testigo, a esa incógnita, a esa lección, le tengo más fotos por detrás y por los lados que por delante. Los dos monos iguales y distintos de las orejas. ¿Qué es lo que se figura arriba de cada mono? Altas, largas, profundas revelaciones. Así sean hipotéticas, muy intuitivamente firmes. Jorge trasmite la principal hipótesis suya. Parque Arqueológico de San
Agustín. Centro de nacimientos, encuentros, y despedidas –funeral llama occidente-; y centro de sanación. Además, muestra un video de creación propia, bellísimo, de realización propia sobre la cultura agustiniana y sobre el Parque que debería ser insumo promocional infaltable de las entidades turísticas del Estado (municipal, departamental y nacional). En fin. Esto es un mundo. Y un mundo es infinito.
Jorge da noticia. Cuando anda por California mientras trabaja con un comerciante de botes, él corrige la novela A las tumbas de la eternidad que había escrito sobre el 80. La revisa. La corrige. La perfecciona. Le quita imperfecciones. Le digo que terminé la lectura antes de venir a la reunión. Fuera de las lecturas del bachillerato, menciona La rebelión de las ratas; nada de lecturas; nada de estudios literarios. Entonces cómo hiciste, indago. Si me encuentro con un libro que dice ser novela, la primera consideración sobre ella se ocupa de la naturaleza estética. Esta novela se sostiene. Composición, desarrollo, pertinencia, otros componentes que, dan la impresión, en tu novela provienen de mano experimentada. No. Es lo único que he escrito, aunque tengo cuatro cuentos posteriores. Uno, la caída, la visita de Dios al infierno y diálogos con el demonio. Procuro cortar ese camino. El tiempo es eterno, pero nosotros no; ni esta tarde. Atravieso una anécdota compartida pero inédita. Mira, digo, que coincidimos en algo. Encontré hace poca copia fechada en 1995 de una novela, El Insomne, que la editorial El Huaco acaba de publicar en el 2025. Unos 30 años entre la escritura y la edición. Lo mismo que en el caso tuyo. Los autores, ambos de Pitalito. Aquí se impone otra coincidencia. Hay un tercer escritor laboyano, nacido en Aguablanca, Antonio Correa Losada, que, como Jorge y yo, también en el 2025 publica su primera novela, La ladera del volcán.
¿Pero, me pregunta Jorge, aprendió algo? La respiración. El miedo. El conocimiento. Los niveles de conciencia. La meditación. Transformarse o hacerse invisible. Telepatía. Teletransportación. Convertirse en jaguar. Recuerdo, pero callo alguna novela de Carpentier y tantas y tantas maravillas de la vida, que, lástima, no conocemos y, menos, dominamos. Sí. La existencia, vida y experiencias de otros universos; el ascenso hacia la luz. La novela es mi manera de divulgar, de comunicar, de transmitir algo. Conocimiento, estados de existencia que nos alimentan en medio del desastre del mundo hoy. Es lo que entiendo afirma Jorge convencido.
En el momento, no me acuerdo de Horacio y de su teoría estética fundamental. Enseñar divirtiendo y divertir enseñando. A las tumbas de la eternidad lo hace. Lo cumple. Los discursos pedagógicos se encuentran muy bien fundidos, fusionados sin tropiezos en el desarrollo de los acontecimientos. Ahí, llegado el caso de buscar un desajuste, no se encuentra improcedencia. Podría existir en otro aspecto. En la indiferenciación con la que puede encontrarse el lector frente a una posible indefinición entre lo ficticio, lo inventado, fantasías en la constitución de la peripecia, y la verdad, el saber, el conocimiento que tú quieres transmitir por medio de la novela. Este aspecto, instruir, me llega la confirmación, es fundamental para el autor. Dentro de los géneros posibles para escribir y decir lo que yo quiero decirle al mundo, seamos optimistas, puedo escoger entre el cuento, el poema, el teatro, el ensayo, la crónica, el estudio científico, el
diálogo. Digamos, puedo escoger un género de expresión para hacerlo. Jorge interrumpe. Yo no sabía nada de eso. El ensayo… lo conocí pero después, cuando estudié periodismo. Pues fuiste capaz de intuiciones y certezas estéticas apreciables. Sigo considerando que tienes más lecturas literarias de las que supones o recuerdas. Aunque de tu memoria no dudo un instante. Creo que Jorge escogió bien. Era el género que era. O el género lo escogió a él. Le sirve más a una propuesta que insinúa antes que afirmar. Se planta mejor ante la indecisión que vive el mundo. Parece que fuera solo oscuridad. Pero el intercambio entre los mundos y los mundos de la vida cada vez es mayor por encima o al lado y dentro del sistema, opaco, que domina. Se mueve un fermento difícil pero cada vez más definido. Seamos esquemáticos. ¿El bien, sin participar del mal, puede abrirse campo en el mundo? Está bien. Hay mucha gente que se ríe. Mucha gente ríe de estas posibilidades. Cómo mantener la limpieza. Cómo erguirse y subir en la búsqueda o empeño de convertirse en otra llama, sin tropezar o hacerse el tropezado con el vecino. Cómo transitar cualquier ascenso sin tirar abajo al otro. Cosas así, tan difíciles y fáciles nos presenta, nos impulsa, nos llama y nos clama Jorge con A las tumbas de la eternidad. ¿Un empeño más? Sí. Otro. Y otro. Y más. Hasta el infinito. Y ese, este equilibrio tan precario, no puede consolidarse al menos que Occidente incorpore lo que ha tratado de matar, no considera o ha tirado al lado del sendero principal. A los otros mundos y saberes. Los llamados ancestrales, en donde nuestros aborígenes de todas partes de la tierra se erigen y reclaman como la otra parte fundamental de la tierra. Entropía necesaria para enderezar un imposible. El árbol torcido de la vida.
Casa del Limonero. 4.1. 2026.









2 respuestas
Joaco, Memoria del volcán es la segunda novela de Antonio.
La primera es Bajo la noche. Ambas me gustaron mucho.
Ahora toca leer a Jorge.
Gracias.