miércoles, octubre 28, 2026

Sobre los maestros

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La gente no tiene muy claro el verdadero valor del trabajo docente hasta que por algún descuido —e incluso sin necesidad de uno— asume que puede demandarlo. Solo entonces ese funcionario público, último escalafón en la pirámide de funcionarios y a veces, único rostro del Estado colombiano en muchos rincones del país, a los ojos de la gente puede pagar demandas de mil o dos mil millones y seguir viviendo. Cuando un maestro se equivoca su trabajo es desmesuradamente valioso. El resto del tiempo, el maestro es un enemigo público, alguien que incumple las promesas que algún político hizo en campaña. Por eso hablamos mal de la profesión, pues la enseñanza es un peligro ideológico que amenaza la santidad de la familia tradicional. En el poder tenemos, precisamente, a un grupo político que desprecia a los maestros, pero la mayoría de sus electores, fuera de las consignas que les grabaron en las redes sociales, no tiene claro por qué los docentes deben ser odiados. Es posible que ni los mismos maestros lo sepan. La verdad es que son el último garante de una sociedad del cuidado que ya casi hemos perdido, el último trozo que queda de un casi extinto Estado de bienestar. Mientras el maestro exista siempre habrá alguna forma de solidaridad pública. Alguien que cuide al otro, que se preocupe por sus estudiantes y que sufra con ellos es un enemigo declarado de la modernidad corporativa. Los médicos claudicaron en esta pelea hace tiempo y preferirían que no se les vincule mucho con la clase trabajadora. Algunos docentes también han claudicado, gracias a la comodidad que les otorgó su régimen especial. Sin embargo, y pese a todos los errores y desdichas, posiblemente FECODE sea el último sindicato de índole obrero que le queda al país.

            Por eso ayer me preguntaba, después de visitar a un gran amigo que trabajó como docente durante muchos años ¿Qué le debe la sociedad a un maestro?. Ese amigo no fue directamente mi profesor, pero sí fue maestro de muchos amigos y contemporáneos míos. En parte, su sistema de seguridad social ha cumplido su propósito; el contrato social sigue vigente, tiene salud y tiene pensión, pero todo eso todavía no alcanza, pues su sueldo es consumido por una infección adquirida intrahospitalariamente durante una cirugía; cualquier enfermedad siempre es inmisericorde y carcome cualquier seguridad económica de una familia. Ninguna cantidad de dinero alcanza para pagarle a un docente su salud perdida. Mi amigo y contertulio, el docente Jairo Oliveros, lleva algunos años luchando contra una enfermedad inmunológica que ha ido acabando con su salud mental y física. Quizá esto sirva de advertencia para muchos maestros jóvenes; el estrés constante y la ansiedad activan dos partes del sistema neuroendocrino: el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, que libera el cortisol, y el sistema nervioso simpático, que libera adrenalina. Si el estrés ocurre por episodios cortos el cuerpo es muy capaz de adaptarse. El problema aparece cuando el estrés se vuelve crónico, cosa muy común entre los docentes. Las células inmunes se vuelven menos sensibles al cortisol, algo que en la ciencia médica recibe el nombre de resistencia a los glucocorticoides. Y una inflamación de bajo grado sostenida durante muchos años es terreno fértil para la desregulación inmune.

Sobre los maestros docente Jairo Oliveros

            Es muy difícil encontrar un docente que no sostenga permanentemente altos grados de estrés. Esta situación se agrava en la era de las redes sociales, donde además de sus obligaciones en el aula tienen que ser animadores de circo, influencers y terapeutas familiares. Entre más sensible a lo social sea un maestro, más fácilmente pagará un precio en su sistema inmune. Jairo Oliveros siempre fue un hombre extremadamente consciente de sus estudiantes, divertido y sensible del entorno social de sus alumnos, de las necesidades culturales y educativas de Pitalito y del estado moral del mundo; humanista social como muy pocos, siempre he temido que su preocupación terminó enfermándolo, pues nunca logró, como aconsejan muchos, establecer una separación emocional entre él y la humanidad. No pudo ser un cínico, nunca logró no comprometerse. Muchas veces, charlando con él, mientras pensaba en aquellos estudiantes apáticos que sin importar sus esfuerzos se negaban a leer, a escribir o siquiera a pensar, respondía «No me voy a preocupar. Que el mundo se encargue de darles un lugar» pero en eso mentía. Siempre se preocupaba, no podía evitarlo. Tampoco podía evitar la admiración y el respeto por aquellos estudiantes que no solo leían, sino que pensaban fuera de la norma. Algunas de las conversaciones con él giraban en torno a esos amigos míos que fueron sus estudiantes y que tenían éxito en las ciencias humanas o la ingeniería «Siempre fue brillante» decía con orgullo sobre alguien, mientras lo iluminaba una sonrisa en el rostro. «Ojalá lleguen muy lejos».

            Antes de convertirme en su amigo, conocí a Jairo Oliveros a través de la radio. Jairo frecuentó la radio muchos años y a través de ella quiso hablarle a Pitalito de la pasión de su vida, la literatura. Durante tres años fuimos compañeros de «Los libros de los amigos» programa que los domingos a las diez de la mañana pretendía contarle a Pitalito sobre sus lecturas, novedades literarias o musicales. Nunca cobró un peso por ello, y por el contrario puso de su bolsillo muchas veces para sostener proyectos sociales y educativos.

Y por eso, hoy no tengo ningún interés en llamar a la caridad, pero sí al agradecimiento. Quisiera recordar la deuda con aquellos que un día nos escucharon y nos leyeron, a la gratitud que le debemos a nuestros maestros. Sé que muchos de mis amigos empezaron a leer con él, y también sé que alguna vez los reprendió, alguna vez los felicitó, alguna vez les habló de estética, de música, de poetas, del mundo. Alguna vez intentó inspirarlos, algunas veces fracasó, otras tantas tuvo éxito; cada uno de ustedes, sin quererlo, sin desearlo, está en deuda con él, y por eso hoy les pido un gesto de agradecimiento. Él no les está pidiendo nada, yo sí. Sé que debe compartir su pensión con los gastos de su única hija, que está estudiando en la universidad mientras su padre está hospitalizado. E incluso si no pueden o no les alcanza, les agradecería mucho que lo recordaran y le enviaran un mensaje de aliento; recordarle que hizo algo bueno por ustedes también le será reconfortante.

Cualquier aporte o mensaje puede enviarse al Nequi 3115189635, que también es su teléfono personal.

Autor

3 respuestas

  1. Gracias a todos que están pensando en Jairo. El que siembra en tierra fértil, siempre recoge excelente cosecha.!Adelante querido amigo, compañero contertulio, Dios está a su lado!

  2. ¡Buena esa, maestro Oscar!
    ¡Toda la solidaridad con el maestro Jairo!
    Alcancé a llamarlo desde España.
    Mañana lo llamaré.
    Muchas gracias.

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