En Pitalito se libra hoy una batalla silenciosa pero profunda entre la modernidad administrativa y la herencia espiritual. La reciente determinación de las autoridades locales de restringir el cierre de vías para las tradicionales procesiones de Semana Santa ha encendido las alarmas en el clero local y ha sembrado el desconcierto entre una feligresía que ve cómo su fe se queda sin especio.
Un golpe a la “Tradición Milenaria”
Para los párrocos de las diferentes iglesias de Pitalito, la medida no es solo un asunto de movilidad, sino un ataque directo a una devoción que, según sus palabras, “es patrimonio espiritual del pueblo”. La Semana Santa en Colombia no se entiende sin el peregrinar de las imágenes religiosas por las calles; es la manifestación pública de un sentimiento colectivo que une a generaciones.
Sacerdotes de parroquias emblemáticas han expresado su inconformismo, argumentando que mientras el calendario religioso se ve obligado a circunscribirse a los límites físicos de los templos o a recorridos periféricos de escaso impacto, la ciudad no duda en “detenerse” por otros motivos.
El contraste de la vía pública.
El análisis noticioso de Noticias Enredijo permite observar una contradicción que la ciudadanía empieza a cuestionar. En Pitalito, el cierre de la Avenida Pastrana o de las vías céntricas es moneda corriente durante eventos deportivos como carreras ciclísticas y maratones que clausuran el flujo vehicular por mañanas enteras; actividades folclóricas y feriales durante la temporada de fiestas y ferias las avenidas principales se cierran para cabalgatas durante todo un día y otras permanecen cerradas durante todo un fin de semana para dar paso al comercio ambulatorio y zonas de rumba: mercados a cielo abierto que, con fines de lucro, privatizan el espacio público de manera temporal.
Bajo este panorama, resulta paradójico que la celebración más sagrada del catolicismo, que ocupa apenas unas horas durante el jueves y Viernes Santo, sea vista como un “obstáculo” para el orden urbano.
Un patrimonio en riesgo
La tradición que hoy se ve limitada en Pitalito es la misma que engalana a ciudades como Popayán, con sus procesiones declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Mompox, Tunja o Pamplona. En estos lugares, las calles se convierten en museos vivos donde las imágenes del “Amo Jesús”, el “Santo Sepulcro” y la “Dolorosa” son portadas en hombros como acto de máxima devoción.
En los pueblos de Colombia, las procesiones son el hilo conductor de la identidad social. Impedir que los fieles laboyanos expresen su fe públicamente no solo afecta el derecho a la libertad de cultos, sino que desdibuja la esencia de una ciudad que, aunque busque el progreso, no debería olvidar sus raíces.








