Foto: ®Enredijo
En el Valle de Laboyos hay ausencias que no hacen ruido, pero pesan. Una de ellas se siente cada vez que una procesión pasa con poca convocatoria, o peor aún, cuando ya no pasa.
Las procesiones religiosas no eran únicamente actos de fe; eran escenarios donde el pueblo se reconocía a sí mismo. Allí caminaban juntos el niño curioso, la abuela de la mano de su nieto, el campesino con su mejor traje, el comerciante que cerraba su tienda por unas horas, el artista a reconocer la creatividad de su pueblo. Era la cultura haciéndose visible, la tradición respirando en cada paso.
Hoy, algo se ha ido quedando atrás. Tal vez la prisa, tal vez la modernidad, tal vez la indiferencia, tal vez el olvido…pero lo cierto es que hemos empezado a perder una parte de lo que somos. Y no hablo solo de religión. Hablo de identidad, de memoria, de esa manera tan nuestra de sentir la vida y compartirla. Hablo de un patrimonio que no está en los libros, sino en los pasos que damos juntos, en los cantos que elevamos al cielo, en la tradición que se hereda sin necesidad de gritos. Me niego a creer que todo esté perdido.
Duele ver cómo las calles del Valle de Laboyos, que un día fueron río de fe, hoy apenas guardan la memoria de unos pasos que se han ido borrando con el tiempo. Duele que las procesiones religiosas de la Semana Mayor, esas que nos enseñaron a caminar juntos, ya no abracen, ya no unan. Duele saber que en algunos templos no se puede cantar en voz alta porque incomoda al vecino a las 7:00 a.m.
Hoy asistimos a su lento desvanecimiento. La participación disminuye, el entusiasmo se diluye y lo que antes era multitud, ahora es apenas un grupo que resiste. No es solo un cambio de época: es una señal de alerta.
Porque cuando una tradición desaparece, no se pierde únicamente una práctica religiosa; se pierde un lenguaje común, una forma de encuentro, una manera de entendernos como comunidad. Se pierde también una oportunidad valiosa de proyectarnos como territorio, de abrir nuestras puertas al turismo religioso con dignidad y sentido, mostrando aquello que nos hace únicos.
Resulta paradójico que, en tiempos donde tanto se habla de identidad cultural, dejemos escapar manifestaciones que han sido parte de nuestra esencia. No basta con recordarlas: es necesario volver a vivirlas, fortalecerlas, resignificarlas.
Un pueblo que deja de caminar su fe corre el riesgo de olvidar quién es.









2 respuestas
Que buen apreciación, profe Leo.
Pareciera que lo que más preocupa es el turismo… Y no lo que es la verdadera Fe. … No se trata tanto de una tradición por que eso no tiene que ver con la fe…. Más que una tradición… más que sea algo que se identifique por lo externo lo pomposo y que esto atraiga visitantes para mover dinero… Es el verdadero sentido de adentrarse en un tiempo de unirnos a a Dios… Que sea un tiempo de reflexión para ver el amor de Dios a través de Cristo y dejar que en nuestra realidad se haga carne Cristo perdonando a quienes nos han echo daño reconciliandonos con nuestra historia llena quizás de dolor y sufrimiento dejando de lado la necedad de nuestro orgullo soberbia y apetencias carnales… Dejando que con Cristo en la cruz nos unamos a él para entregar todo esto y resucitar en una pascua renovados y fortalecidos para no seguir en esa muerte y esclavitud de nuestra naturaleza humana…. Este debe ser el verdadero sentido, MÁS QUE PREOCUPARSE POR ATRAER TURISMO USANDO EL NOMBRE DE DIOS Y USANDO COMO ARGUMENTO EL CONSERVAR UNA TRADICIÓN
Esto sin dejar de un lado que gran mayoría el Sábado que es tan sagrado como jueves y viernes se da rienda suelta al desorden y alcohol cuando en el sábado la iglesia se une para vivir en un solo cuerpo como Cristo destruye la muerte y con el somos liberados y resucitados