Foto: El taller de San José
Después de aproximadamente diez años de haber transitado por la fragilidad de la salud y una larga convalecencia, he vuelto, con paso sereno, a los templos de mi pueblo. No ha sido solo un regreso físico: ha sido un reencuentro con una parte de mí misma que permanecía en silencio, esperando el momento de volver a latir en comunidad.
Como todo proceso humano, también las prácticas religiosas han cambiado. Y en medio de esos cambios, he encontrado luces que invitan a la esperanza y a la reflexión.
El templo de Juan Pablo II, por ejemplo, se ha convertido en un verdadero espacio de
encuentro. Allí, los feligreses no solo asisten: participan, se reconocen, se saludan, construyen comunidad. Cada encuentro dominical que inicia con el santo rosario a las cinco de la mañana tiene un aire de cercanía y calidez que invita a regresar, a no fallar el siguiente domingo, a sentirse parte de algo que trasciende lo individual.
En el templo de Valvanera, la celebración de la última Cena despertó en mí una emoción antigua. Volver a ver el pan compartido entre los asistentes fue como abrir una puerta a la memoria. Recordé aquellos días en que, junto a algunas damas de mi querido barrio Manzanares, impulsamos esa misma iniciativa, con la generosa acogida del sacerdote de entonces. Verla renacer fue sentir que las buenas ideas, cuando nacen del corazón, no mueren: esperan su momento para volver. Y qué decir de los turnos de adoración al Santísimo, llegué en punto de las 5:00am y ya estaban alrededor de veinte personas con actitud de profundo respeto, honor y admiración hacia Dios nuestro Señor.
En el templo del Espíritu Santo, el Sermón de las Siete Palabras me llenó de una alegría serena. Cada de las siete palabras de Jesús fue confiada a voces distintas: una dama, un laico, seminaristas y, por supuesto, sacerdotes. Aquella diversidad no solo enriqueció la reflexión, sino que permitió que la palabra cobrara distintos matices, distintas sensibilidades. Yo, como maestra que durante cuarenta y dos años aprendió y enseñó el arte de escuchar, me detuve en cada detalle: la presentación, la expresión corporal, la entonación de las voces, la profundidad de las ideas. Fue, sin duda, una lección viva de pedagogía espiritual.
Sin embargo, me quedan unas preguntas que no puedo callar: ¿cómo lograr que estas experiencias no sean episodios aislados, sino caminos permanentes de comunidad? ¿Cómo hacer que la fe se viva permanentemente como una práctica constante que transforme?
Regresar me ha permitido comprender que la fe no es estática. Se transforma, se adapta, se reinventa. Pero también necesita de nosotros: de nuestra presencia, de nuestra sensibilidad, de nuestra voluntad de construir juntos.
Hoy, más que nunca, siento que volver a los templos no es solo un acto de devoción, sino una forma de reconstruir comunidad, de cuidar la memoria viva y de sostener aquello que hemos heredado y sentido como pueblo.
Porque, al final, la fe no solo se reza…también se vive, se comparte y se cuida.









Una respuesta
La Semana Santa en la fé cristiana católica es el culmen del misterio divino. Se actualiza el sacrificio salvador, que si no existiera no existiría iglesia. “SI Jesús no hubiera resucitado vana sería nuestra fe”.
Muchos feligreses se acercan a los templos por rutina de cada año o solo por la tradición lo genera una apatía a este evento tan importante. Pero los que participamos y entendemos el significado de cada signo y gesto, nos preocupamos por no faltar ni un día. Nuestro deber es compartir lo que conocemos, para contagiar ese sentimiento de pertenencia a aquellos que quizás, nunca fueron educados con argumentos sino por costumbres familiares tradicionales.