Fotos: Historia de Pitalito Huila
La historia de una casa centenaria revela las fragilidades de la protección patrimonial en una ciudad que habla de memoria, pero aún carece de una estrategia para conservarla.
Hay películas que envejecen bien.
Y hay ciudades que no.
Hace más de treinta años, Colombia se enamoró de una vieja casona que se negaba a desaparecer. Era la casa de La estrategia del caracol, aquella película donde un grupo de vecinos decidió enfrentarse al poder económico para defender algo que parecía insignificante para unos, pero invaluable para otros: su memoria.
La historia era sencilla.
Unos veían un lote.
Otros veían una vida.
Treinta años después, pareciera que Pitalito decidió hacer su propia versión de la película.
Solo que aquí el caracol va perdiendo.
Mientras en la pantalla grande los habitantes desmontaban una casa para salvarla, en el Valle de Laboyos pareciera que desmontamos nuestras casas para olvidarlas.
Y lo hacemos con una eficacia admirable.
Primero desaparecieron los jardines.
Después los corredores.
Luego los árboles.
Más tarde las fachadas.
Y poco a poco fueron desapareciendo esos pequeños detalles que permitían reconocer que detrás de la ciudad moderna alguna vez existió un pueblo.
Porque sí.
Antes de los edificios de varios pisos.
Antes de las fachadas de vidrio.
Antes de los avisos luminosos.
Antes de los parqueaderos donde alguna vez hubo patios.
Existió un Pitalito de balcones.
De tejas de barro.
De corredores frescos.
De amplios aleros.
De patios interiores.
De casas que parecían respirar junto con las montañas que rodean el Valle de Laboyos.

Uno de esos testigos silenciosos era la Casa de Lucila Rozo.
Desde su esquina estratégica entre la Carrera Cuarta y la Calle Séptima observó durante más de un siglo la transformación de la ciudad.
Vio pasar arrieros cuando el café viajaba a lomo de mula.
Vio comerciantes cuando el centro todavía era un punto de encuentro y no únicamente una zona de tránsito.
Vio estudiantes, políticos, campesinos, empresarios, enamorados, procesiones religiosas y generaciones enteras de laboyanos que crecieron sin imaginar que aquella vieja casa algún día se convertiría en noticia.

Construida en los primeros años del siglo XX, perteneció a Lucila Rozo Salinas, reconocida empresaria y dirigente regional.
Pero su importancia va mucho más allá de un nombre.
La casa representa una de las expresiones más auténticas de la arquitectura tradicional del sur huilense.

Sus gruesos muros de adobe.
Sus estructuras de madera y guadua.
Sus cubiertas de teja de barro cocido.
Sus balcones de madera.
Sus amplios portones originales.
Elementos que hoy resultan cada vez más escasos en el centro urbano de Pitalito y que sobreviven apenas como vestigios de una época que parece empeñada en desaparecer.
Quizás por eso el departamento del Huila decidió reconocerla oficialmente como Bien de Interés Cultural mediante la Ordenanza 007 de 1992.

Y aquí es donde la historia se vuelve particularmente interesante.
Porque cuando una sociedad declara algo patrimonio está diciendo, en esencia, que ese bien no pertenece únicamente a un propietario.
Pertenece también a la memoria colectiva.
Pertenece a la historia compartida.
Pertenece a las generaciones que aún no han nacido.
Sin embargo, más de treinta años después de aquella declaratoria, la situación de la Casa de Lucila Rozo ha vuelto a abrir una pregunta incómoda:
¿Qué está pasando con el patrimonio de Pitalito?

La pregunta adquiere una dimensión aún más profunda cuando se revisa el Plan de Ordenamiento Territorial vigente.
El POT habla de proteger el patrimonio.
Habla de preservar el paisaje.
Habla de fortalecer la identidad cultural.
Habla de recuperar la memoria colectiva.
Habla del Centro Tradicional como patrimonio y referente de todos los habitantes.
Habla de legado cultural.
Habla de historia.
Habla de identidad.
Lo que no existe es una herramienta integral que convierta todas esas palabras en una política pública efectiva de conservación.
Porque mientras el municipio cuenta con un Plan de Ordenamiento Territorial, a la fecha no existe un Plan Integral de Manejo y Protección del Patrimonio Cultural Material e Inmaterial que permita identificar, gestionar, documentar y proteger de manera sistemática los bienes que conforman la memoria histórica de la ciudad.
En otras palabras, sabemos que el patrimonio es importante.
Pero todavía no hemos decidido seriamente cómo cuidarlo.
Y esa ausencia produce una paradoja profundamente laboyana.
Declaramos bienes patrimoniales.
Reconocemos su importancia.
Los incluimos en inventarios.
Los citamos en documentos oficiales.
Pero seguimos sin construir una estrategia integral que garantice su permanencia para las futuras generaciones.
Tal vez la mejor prueba de ello sea que la lista de bienes patrimoniales oficialmente reconocidos en Pitalito es sorprendentemente corta.

La Casa de Lucila Rozo.
La Capilla Antigua de Valvanera.
El Templo de San Antonio.
La Casa Antigua del Exgobernador Federico Arboleda.
Y la Casa Municipal.
Nada más.
Cinco inmuebles.
Cinco fragmentos físicos de la memoria laboyana intentando resistir el paso del tiempo.
Cinco testimonios materiales de una historia que se construyó durante generaciones.
Lo preocupante es que ni siquiera esos pocos sobrevivientes parecen estar completamente a salvo.
La Casa Municipal constituye quizás el ejemplo más visible de esta realidad.

Aunque posee reconocimiento patrimonial, su estado de conservación evidencia años de deterioro, desgaste y falta de intervención adecuada.
La situación resulta tan evidente que ya casi forma parte del paisaje cotidiano.
Y quizás allí radique el mayor peligro.
Nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a las grietas.
Nos acostumbramos al deterioro.
Nos acostumbramos al abandono.
Nos acostumbramos a que las cosas desaparezcan.
Hasta que un día ya no queda nada por conservar.
Por eso la discusión sobre la Casa de Lucila Rozo no debería limitarse a una licencia, una obra o una intervención específica.

La verdadera discusión es mucho más profunda.
Tiene que ver con la ciudad que estamos construyendo.
Porque las ciudades no pierden su identidad de un día para otro.
La pierden lentamente.
Cuando desaparecen los jardines que contaban historias familiares.
Cuando los árboles centenarios se convierten en obstáculos para el desarrollo.
Cuando las casas históricas valen más por el terreno que ocupan que por la memoria que resguardan.
Cuando los lugares que construyeron nuestra identidad terminan convertidos en fotografías de archivo.
Quizás por eso la pregunta que deja esta vieja casona no es jurídica.
Ni urbanística.
Ni arquitectónica.

Es una pregunta profundamente humana.
¿Qué historia le contará Pitalito a sus nietos cuando ya no existan los lugares que ayudaron a escribirla?
Porque el progreso puede construir edificios en cuestión de meses.
Pero la memoria tarda siglos en construirse.
Y una vez demolida, no existe licencia, presupuesto ni plan de desarrollo capaz de reconstruirla.

Tal vez esa sea la verdadera lección que nos dejó La estrategia del caracol y que hoy vuelve a resonar en una esquina del centro de Pitalito.
Que las casas son mucho más que ladrillos.
Son la forma física de nuestros recuerdos.
Y cuando una ciudad pierde sus recuerdos, corre el riesgo de seguir creciendo sin saber quién es.
O peor aún.
Sin recordar quién fue.
Fotografías: Historia de Pitalito Huila – Facebook








