Foto: Suministrada
En esta época en la que abundan noticias que hablan de conflictos, divisiones y desencuentros, resulta reconfortante comprobar que todavía existen espacios donde la belleza logra reunirnos alrededor de lo esencial. La tarde del pasado 6 de junio, en la Escuela de Música de Pitalito, ocurrió uno de esos acontecimientos que, aunque no suelen ocupar los grandes titulares, tienen la capacidad de transformar silenciosamente el espíritu de una comunidad.
El auditorio, colmado de asistentes, fue escenario de una jornada musical para recordar una verdad tan antigua como necesaria: la cultura sigue siendo uno de los caminos más seguros para construir sociedad.
La agrupación de rajaleña “Semillas Laboyanas”, integrada por niños, niñas, padres de familia y docentes del corregimiento de Chillurco, vereda El Pedregal, ofreció una presentación que trascendió el simple acto artístico. Bajo la orientación de la docente Leidy Lorena Peña Muñoz, acompañada por el maestro de la escuela de cuerdas tradicionales, Juan Manuel Ruíz, hizo que cada interpretación se convirtiera en una afirmación de identidad, en una declaración de amor por el territorio y en una muestra de que las tradiciones sobreviven cuando encuentran corazones dispuestos a transmitirlas.
Las voces infantiles, acompañadas por tamboras, chuchos, puercas, esterillas, ciempiés, guitarras, tiples, y otros instrumentos propios de nuestra tradición, hicieron resonar en el auditorio la memoria de los caminos campesinos, de las fiestas familiares, de los patios donde los abuelos enseñaban coplas y de los encuentros comunitarios que durante generaciones han dado forma al carácter huilense.
Pero quizá lo más valioso de aquella tarde fue observar cómo la música se convertía en un puente entre generaciones. En tiempos donde con frecuencia se afirma que los jóvenes viven desconectados de sus raíces, allí estaban los niños cantando con orgullo el legado de sus mayores, acompañados por sus padres y maestros. No se trataba solamente de interpretar canciones; se trataba de heredar una manera de entender el mundo.
La emoción continuó con la participación de la Orquesta de Cuerdas Frotadas, Batuta Pitalito, orientado por el maestro René Alexander Aguirre Fernández y del Coro Laboyano dirigido por Jonathan Truque. La armonía de sus interpretaciones envolvió a los asistentes en una atmósfera donde las diferencias desaparecían para dar paso a la sensibilidad compartida. Por momentos, parecía que cada nota musical encontraba refugio en la memoria de quienes escuchaban. Escucha que fue premiada con libros de poesía obsequiados por su autor, Jairo Fernando Silva Muñoz, a través de la Tertulia literaria de Leonor.
Y fue entonces cuando surgió una reflexión inevitable. Mientras algunos sectores de la sociedad insisten en sembrar resentimientos, exacerbar divisiones o alimentar discursos de confrontación, la música continúa realizando una labor silenciosa pero profundamente transformadora: acercar a las personas.

La música no pregunta por ideologías, estratos sociales, edades ni credos. Su lenguaje es universal. Allí donde las palabras fracasan, ella encuentra caminos para reconciliar emociones, despertar recuerdos y devolver esperanza.
Por eso resulta preocupante que, en ocasiones, los proyectos culturales deban sobrevivir con escasos recursos y enormes sacrificios. Quienes toman decisiones públicas deberían comprender que apoyar la formación artística no es un gasto superfluo. Es una inversión en convivencia, en salud emocional, en identidad y en ciudadanía.
La tarde del 6 de junio dejó una enseñanza que vale la pena conservar. Mientras existan maestros comprometidos, padres dispuestos a acompañar los procesos de sus hijos y artistas convencidos del valor de la cultura, espacios idóneos e interés administrativa habrá razones para creer en el futuro, porque la música sigue siendo uno de los mejores remedios contra la desesperanza. Un antídoto capaz de sanar dolores, desarmar prejuicios y recordarnos que pertenecemos a una misma comunidad.









Una respuesta
Hermosa reflexión. Gracias infinitas por el apoyo a los procesos que cuentan nuestra historia desde armonías y notas.