Foto: Fremantle Film
El director italiano Paolo Sorrentino regresa a la cartelera con el estreno de La Grazia (2025), sumergiéndonos en los últimos meses de mandato de un presidente asediado por fuertes dilemas morales y políticos. Protagonizada por Toni Servillo —cuya magistral actuación le valió la Copa Volpi en el Festival de Venecia—, la película abandona el espectáculo institucional para retratar la soledad del poder en Italia. ¿Qué ocurre en la mente de quien lidera una nación cuando, en el ocaso de su carrera, solo anhela recuperar su vida ordinaria?
El retrato íntimo de Mariano de Santis
En el centro de esta cuidada narrativa encontramos a Mariano de Santis, un presidente moderado de la República Italiana. Bajo la impecable interpretación de Toni Servillo, el personaje nos regala un retrato profundamente íntimo y netamente sobrio de las altas esferas gubernamentales. A diferencia de los excesos grotescos que a menudo plagan las representaciones políticas en el cine, aquí el poder se expone como un espacio de profunda soledad y vulnerabilidad, un muro institucional que con el paso del tiempo ha empezado a evidenciar sus inevitables grietas.
Sorrentino transforma la política en un espejo desde el cual cuestiona el ejercicio del poder y cómo la condición humana se altera según dicha posición. De Santis no se plantea frente al espectador como un titán inquebrantable o un villano maquiavélico, sino sencillamente como un hombre que duda, que se reconoce limitado y al que el tiempo ha comenzado a mostrarle otras lecciones. La película se erige sobre la tensión narrativa entre la asfixiante responsabilidad institucional y el temor muy humano de convertirse en nada frente al mundo. Este dilema se acentúa cuando de Santis debe decidir sobre un polémico indulto —inspirado en la vida real por el presidente Sergio Mattarella— y una inminente ley de eutanasia.
Una estética de la moderación
El público fiel al realizador napolitano está habituado a que su propuesta estética sea una protagonista apabullante en la pantalla, tal como quedó demostrado en producciones icónicas como La grande belleza (2013) o la más reciente Parthenope. Sin embargo, para esta entrega, el director italiano ha optado por una moderación visual y narrativa mucho más contemporánea.
La Grazia es, en esencia, una obra que renuncia deliberadamente al exceso para permitir una mayor y más cruda profundidad emocional. Esta dirección, ciertamente menos exuberante pero igual de seductora, desplaza hábilmente el foco de atención: ya no interesa el espectáculo rimbombante del poder, sino su auténtica dimensión ética y humana . Para lograrlo, la fotografía de Daria D’Antonio y la edición de Cristiano Travaglioli resultan fundamentales, reforzando un ritmo marcadamente contemplativo. La cámara se detiene en gestos mínimos y en aquellos prolongados silencios que evocan la fragilidad de un cuerpo avejentado por el cargo. Es un ejercicio cinematográfico continuo donde cada plano respira a partir del anterior, logrando que los personajes y las imágenes se compenetren de manera fluida.
La melancolía y el amor
A lo largo de sus 133 minutos, la obra toma lo melancólico como el vehículo principal para cuestionar las costumbres, los secretos de Estado y los conflictos internos que afloran en los momentos más inesperados. Apelando a la ensoñación y al ejercicio constante de recordar momentos vitales que marcan la existencia para siempre, la película traza una dicotomía en la que el pasado se muestra como una alarma constante que interfiere con el presente, haciendo que el futuro resulte difuso.
En medio de la frialdad gubernamental, emerge el aprendizaje del amor como el verdadero protagonista del relato. Este sentimiento se convierte en un contundente gesto de resistencia frente a la fría certeza autoritaria y la pesada normativa de las instituciones. Toni Servillo interpreta esta exposición de la fragilidad no como una debilidad, sino como un acto subversivo de resistencia humana. Al final, la cinta nos recuerda que detrás de la severa investidura presidencial hay, ante todo, un individuo que añora desesperadamente lo común.
Los ecos del poder en lo cotidiano
El escrutinio sobre cómo el poder y sus conocimientos internos pueden llegar a alterar de raíz las dinámicas sociales y transformar las instituciones, también se traslada a la intimidad del hogar. Esta idea se aterriza y cobra vida especialmente a través de la historia de su hija, Dorotea de Santis, interpretada por la notable Anna Ferzetti.
La interacción familiar le permite a Sorrentino mantenerse sobrio, explorando la inmensa belleza de lo común y poniendo en evidencia nuestra crónica falta de apreciación por aquello que nos resulta cercano. La dinámica refleja a la perfección la lucha entre el deber de Estado y el deseo genuino. Todo fluye hacia el mismo cuestionamiento: entender cómo el amor filial y romántico se torna en una catarsis personal que, a diferencia de los periodos políticos, parece durar toda la vida.
La eutanasia política y la verdadera “Gracia”
El nivel de lectura más filosófico del filme reposa en su abordaje sobre los cierres de ciclo. La película funciona, con gran eficacia, como una meditación sobre la eutanasia política: utiliza el final de un mandato como una poderosa metáfora de la despedida definitiva de la vida. La narrativa se debate constantemente entre la imperiosa necesidad de apreciar aquella vida que sobrevive y la compasión ante la que se extingue frente a lo cotidiano.
Sorrentino logra ofrecer un cine político maduro que no se conforma con denunciar. Su verdadero triunfo radica en humanizar a la figura del gobernante, mostrándonos que la verdadera gracia se encuentra en saber aceptar la duda, acoger el perdón de corazón y lograr sobrellevar las complejas circunstancias que nos impone la vida. Aunque en mi opinión puede que no alcance la cima como la mejor obra de la filmografía del napolitano, sí que tiene el carácter y la forma suficiente para asegurar que el espectador se lleve algo de gran valor a casa al salir de la sala. Cada uno de sus planos garantiza que saldremos llevando estas reflexiones flotando activamente en nuestro pensamiento.
La Grazia es una notable demostración de madurez por parte de Paolo Sorrentino, respaldada por un Toni Servillo en estado de gracia. Es un recordatorio de que en la política, como en la vida, las respuestas rara vez son absolutas y la vulnerabilidad es la marca de nuestra humanidad. Si buscas cine que perdure en la memoria y propicie el debate inteligente, esta es tu elección de la semana. Para más análisis, exclusivas y críticas afiladas, no dejes de seguir los contenidos de Enredijo. ¡Salud!








