Composición fotográfica ® Enredijo
Hace cosa de dos semanas el influencer español Fabio Belnome (@volatadipeluca) pasó por Colombia durante su último reto viral, en el que se propone atravesar América desde Alaska hasta la Patagonia conduciendo un Fiat Marea de 1998. Naturalmente su recorrido tuvo una pausa en el estrecho del Darien, así que desde Panamá hasta Cartagena su vehículo cruzó en un barco. En Cartagena fue recibido por amigos de su canal, tras darle advertencias de lo que significa conducir en Colombia, lo aterrorizaron con los peligros de andar por carretera en un país con conflicto armado. Belnome comentaba en sus redes sociales “Me advirtieron que tuviera cuidado en carretera y no hablara con nadie, que no me detuviera en retenes ni auxiliara extraños” Pero lo que resaltó más peligroso, realmente peligroso fue la forma de conducir de los colombianos.
Es difícil impresionar a alguien que ha cruzado por tierra, Irán, China, Tailandia y la India (¡La India, que se supone uno de los peores lugares para conducir del planeta!) pero lo hicimos por irresponsables. No me parece exagerado afirmar que el conductor promedio colombiano siente un verdadero desprecio por la vida ajena y está dispuesto a matar a quien sea con tal de ahorrarse un par de minutos de viaje. En la carretera todos nos infantilizamos y nos convertimos en cavernícolas violentos, vemos a los demás conductores como rivales a muerte, lo que deja saldo en accidentes lamentable y perfectamente prevenibles. El año pasado a las afueras de Pitalito, un padre de familia que llevaba a su esposa y a sus dos hijas, todos sin casco, acomodados difícilmente en una moto, ante un cruce descuidado me amenazó a mí y a otro docente por poner a su familia en riesgo, por amenazar la vida de sus hijas; si le hubiese contestado, si le hubiese dicho que la primera irresponsabilidad fue saturar una moto más allá de su capacidad y además no proteger la vida de los suyos con un casco, seguramente aquel altercado se habría puesto realmente violento. Odiamos ser corregidos. Ante un escenario semejante, es normal que el Estado trate de reglamentar e intente, a través de normas que forzosamente resulten coercitivas o que duelan en lo único que solemos dar importancia—el bolsillo—que el caos vial colombiano tenga un sentido. Para eso existen entidades como el INTRA en Pitalito Huila, pero el problema es tan grande que naturalmente supera sus posibilidades institucionales.
¿Qué ocurre realmente en la carretera? Como el ejemplo que di he visto buenas personas, padres de familia o ciudadanos francamente ejemplares que suelen ser tolerantes con las personas que conviven, con sus vecinos y familiares, que pueden perfectamente perdonar ofensas en cualquier otro contexto, volverse bastante violentos cuando otro ser humano que, seguramente tan confundido, cansado y estresado como él, termina atravesándose en su camino. Reaccionamos mal, llamativamente mal, no tenemos la más mínima autonomía moral, y por tanto ahí debe aparecer la sanción, no como el establecimiento de un Estado autoritario, sino como un simple llamado a la razón: como no somos autónomos alguien debe decirnos “Pones en riesgo a los demás con lo que haces” o “Con esto que haces pones en riesgo tu propia vida”. Naturalmente, no nos gusta ser regañados. Pero la sanción en las vías colombianas suele sufrir de las mismas dolencias que el resto de las acciones en la sociedad; quien puede pagar pareciera tener licencia para hacer las cosas mal, mientras que aquel que no puede sufre muchas veces más esa sanción. En países como Suiza las sanciones de tránsito están determinadas por un porcentaje de los ingresos, hace poco resonó la noticia de que el dueño de un Ferrari tuvo que pagar 300 mil dólares por saltarse un semáforo, aquí todavía nos falta trabajar para lograr algo parecido. Somos hijos de una cultura del castigo disciplinario, del castigo paterno; hay una secuela que nos deja el recuerdo de los golpes de la madre o la ridiculización de nuestros docentes, ser castigados nos enfurece, nos molesta muchísimo más allá de lo necesario, y si la sanción es social, si nos sentimos socialmente ridiculizados, realmente nos podríamos ponernos agresivos. En otros lugares del mundo tal vez la sanción social alrededor de una multa debería avergonzarnos, pero aquí vemos la regla como un enemigo y una injusticia que se nos aplique a nosotros mientras los demás hacen lo que quieren. En la carretera, sin darnos cuenta, exponemos nuestros traumas y heridas más profundas.
Es cierto que en ánimo de hacer algo, el Estado suele actuar mal. Pasa muy seguido. En el caso del INTRA, nuestro alcalde actual, Yider Luna, hizo campaña alrededor de ese caballo de batalla que es la inconformidad de campesinos y trabajadores con el INTRA y sus sanciones. Gracias a esa inconformidad posiblemente él sea alcalde, pero ya siendo burgomaestre a lo mejor comprendió que el INTRA se queda corto frente a los malos hábitos laboyanos. Apenas desaparece ese padre simbólico, ese castigador económico, la gente se olvida de las normas, deja de usar el casco, empieza a conducir como desesperados en vías urbanas. El cuidar a los demás y cuidarnos a nosotros mismos pasó a un segundo plano y lo único que importa es evitar la multa. Los motociclistas no pueden esperar los semáforos y no les importa meterse a los andenes amenazando a los peatones. Todo el que se me atraviese es mi enemigo, seguramente piensan. Yo tengo afán y es lo único que importa. Si alguien me reclama o impide que espere treinta segundos una luz roja, podría matarlo llevándomelo por delante; la gente cree que un “él se atravesó” bastaría para librarlos de la cárcel. Los jóvenes que no tienen espacios para disipar su energía, o que no conocen los espacios institucionales y no los aprovechan, se reúnen en las noches para hacer carreras ilegales. Todo Pitalito lo sabe. Ahí está la adrenalina, la potestad de mostrarse socialmente como valientes o temerarios. Pero sobre todo, allí no está el papá Estado con sus sanciones. Las normas, la sensatez solo aplican mientras puedan sancionarme. Las normas de tránsito en Pitalito son un juego del gato y el ratón y ciertamente, esa dinámica hace infructuosos los esfuerzos institucionales. Pero ¿qué hacer para cambiar esta condición laboyana, o más bien colombiana de educación vial? ¿por qué no aplicamos aquí la sensatez que tenemos en otros momentos de la vida? ¿qué podemos hacer para que las carreteras sean más seguras para todos?
En primer lugar; desde esta humilde columna me gustaría pedirle a la administración municipal que de un primer paso y repare los semáforos dañados en Pitalito, tanto los que están junto a la cámara de comercio como los de la cuarta cercanos al metro. Los semáforos son un primer paso modesto que no solucionará todo, pero al menos evitarán la sensación de efecto Broken Windows que se apodera de nuestras calles. La responsabilidad es jerárquica, y si el Estado muestra desorden la gente se encargará de desaparecer las pocas normas que queden vigentes. Si ya somos culturalmente proclives a saltarnos las normas, que el Estado falle no ayuda a mejorar las cosas. Segundo, me gustaría que cada lector interiorice algo de la ira interna que expresa cuando ocurre algo en carretera, o cuando un agente de tránsito tiene que recordarle que está fallando en cumplir. Reflexionemos sobre el por qué, por qué quiero gritar, golpear o insultar, por qué descargo sobre el otro incluso mis propias omisiones frente a la seguridad vial. A lo mejor esa violencia no es con él y lo que expreso es otra herida mucho más íntima. Las normas no son un castigo para el tonto o para el pobre, no deberían serlo; son condiciones mínimas que nos ayudan a mantenernos vivos. El Pitalito ideal no es un lugar donde no exista el INTRA sino donde ya no sea necesario. Un lugar donde seamos autónomos y sepamos, conductores, peatones y motociclistas, que las normas protegen vidas, pues nada nos dolería más que perder a un ser querido en un accidente que con medio centímetro de sentido común habría podido evitarse.









2 respuestas
Que buen artículo
Muy buen artículo, y nos llama a la reflexión.