domingo, mayo 17, 2026

Hay quienes creen que la escritura pertenece únicamente a una élite iluminada.

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Hay quienes creen que la escritura pertenece únicamente a una élite iluminada.

Foto: ® Enredijo

Durante siglos se ha construido alrededor de la escritura una especie de altar reservado para unos pocos. Se nos enseñó, de manera silenciosa pero persistente, que escribir era privilegio de intelectuales, académicos o autores consagrados; que la literatura pertenecía a quienes dominaban la técnica y podían exhibir bibliotecas enteras como prueba de legitimidad. Bajo esa mirada excluyente, miles de personas han guardado silencio, convencidas de que sus palabras no merecen existir. Resulta doloroso comprobar cómo muchos talentos se marchitan antes de nacer por miedo al ridículo. Hay campesinos que escriben versos en hojas sueltas y nunca los muestran porque alguien les dijo que no tenían “nivel”. Hay mujeres que guardan diarios llenos de memoria porque sienten que su voz “no es importante”. Hay jóvenes que abandonan cuentos y poemas apenas reciben la primera crítica arrogante de quienes creen custodiar el idioma.

Sin embargo, la necesidad de escribir no nace del prestigio, sino de la condición humana misma. Desde la psicología, la escritura ha sido reconocida como una herramienta de autorreconocimiento y sanación. El psicólogo estadounidense James Pennebaker, pionero en estudios sobre escritura emocional, demostró que narrar experiencias personales reduce el estrés y mejora la salud mental, pues permite reorganizar emocionalmente el dolor y darle sentido a la experiencia vivida. Según Pennebaker, “la escritura expresiva ayuda a las personas a construir significado sobre sus emociones” (Pennebaker, 1997).

Escribir, entonces, no es únicamente producir literatura: es ordenar el alma. Quien escribe se escucha a sí mismo. Descubre sus miedos, contradicciones, recuerdos y esperanzas. Por eso resulta tan grave cuando ciertos círculos culturales desprecian los procesos iniciales de escritura calificándolos como “basura”. Esa actitud no solo limita la creatividad; también hiere psicológicamente a quienes apenas comienzan a descubrir su voz.

Desde la teoría psicoanalítica, incluso Sigmund Freud reconocía que el arte y la literatura funcionan como mecanismos de sublimación. Es decir, formas elevadas mediante las cuales el ser humano transforma conflictos internos en creación simbólica. Lo que algunos llaman borrador imperfecto, muchas veces es un acto profundo de supervivencia emocional.

Pero la escritura también posee una dimensión social irrenunciable. El sociólogo francés Pierre Bourdieu advirtió que la cultura suele convertirse en instrumento de poder. Quienes dominan ciertos códigos lingüísticos o académicos terminan estableciendo jerarquías que excluyen a otros sectores sociales. Así, la literatura corre el riesgo de transformarse en un club cerrado donde unos pocos deciden qué vale y qué no.

En América Latina esta problemática resulta aún más evidente. Durante años, las voces campesinas, indígenas, afrodescendientes y populares fueron consideradas inferiores frente a las formas “cultas” de escritura. Sin embargo, precisamente esas voces contienen una enorme riqueza de memoria e identidad.

Cuando un campesino escribe sobre la tierra, cuando una mujer narra las historias de su vereda o barrio, de su niñez o cuando un joven describe la violencia que ha vivido, están realizando un acto profundamente político: están diciendo “existimos”.

Escribir también es resistir. El pedagogo brasileño Paulo Freire afirmaba que “la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”. Con ello señalaba que toda persona posee saberes nacidos de su experiencia vital y que esos saberes merecen ser expresados. Desde esta perspectiva, impedir que alguien escriba mediante la burla o el desprecio equivale a negarle su derecho a interpretar y narrar su realidad.

La escritura rompe silencios históricos. Por eso los regímenes autoritarios siempre han temido a quienes escriben. La palabra tiene la capacidad de cuestionar el poder, preservar la memoria y despertar conciencia colectiva. Un pueblo que escribe piensa; y un pueblo que piensa difícilmente acepta cadenas.

Desde lo político, promover procesos de escritura comunitaria significa democratizar la cultura. Significa reconocer que la inteligencia y la sensibilidad no pertenecen exclusivamente a las élites académicas. Cada cuaderno escrito en una vereda, cada poema nacido en un barrio popular y cada relato construido desde la oralidad son pequeñas victorias contra la exclusión.

Pero quizá el aspecto más profundo de la escritura aparece en el plano espiritual y religioso. En casi todas las tradiciones religiosas, la palabra ocupa un lugar sagrado. La Biblia inicia con una afirmación poderosa: “En el principio era el Verbo” (Juan 1:1). El lenguaje aparece como creación, revelación y vínculo con lo trascendente.

Escribir puede convertirse en una forma de oración. Muchas personas encuentran en la escritura un espacio para dialogar consigo mismas, con los otros y con Dios. Las confesiones de San Agustín de Hipona, por ejemplo, muestran cómo la palabra escrita puede ser camino de introspección espiritual. Incluso la poesía mística de Santa Teresa de Jesús surgió de una necesidad interior de expresar lo inexpresable.

Por eso despreciar el intento creativo de alguien resulta también un acto de soberbia espiritual. Nadie tiene autoridad absoluta para decidir qué palabra merece existir y cuál no.

La literatura auténtica no nace de la perfección inmediata. Nace del ensayo, del error, de la fragilidad y del coraje de insistir. Muchos escritores admirados hoy fueron rechazados en sus inicios. Gabriel García Márquez recibió críticas antes de convertirse en referente universal. Franz Kafka murió creyendo que su obra carecía de importancia. José Eustasio Rivera, criticado por los conservadores y la élite literaria colombiana, asegurando que su estilo era desordenado y poco estético. Sin embargo, hoy La Vorágine es considerada obra clásica latinoamericana. La historia literaria está llena de ejemplos donde el tiempo contradijo a los guardianes del “buen gusto”.

Es necesario romper paradigmas y abandonar la idea del escritor como “producto acabado”. Nadie termina de aprender a escribir. Todo autor auténtico permanece en construcción permanente. La humildad debería ser la primera virtud de quien trabaja con palabras.

Además, una sociedad que ridiculiza los procesos iniciales de escritura termina empobreciéndose culturalmente. Porque detrás de cada nuevo escritor puede existir una voz capaz de preservar la memoria de un territorio, denunciar una injusticia o conmover generaciones enteras.

Escribir no debería ser un privilegio intimidante, sino un derecho humano y cultural. No importa si al comienzo las frases tiemblan, si hay errores o si la técnica aún no alcanza madurez. Toda escritura verdadera empieza siendo imperfecta. Lo importante es que exista el valor de comenzar para dejar huella, romper el silencio reafirmarse como ser humano y sentirse libre.

Bibliografía

  • Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Anagrama, 1995.
  • Freire, Paulo. La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI Editores, 1984.
  • Freud, Sigmund. El poeta y los sueños diurnos. 1908.
  • Pennebaker, James. Opening Up: The Healing Power of Expressing Emotions. Guilford Press, 1997.
  • La Biblia, Evangelio según San Juan 1:1.
  • San Agustín. Confesiones.
  • Teresa de Jesús. Libro de la vida

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