jueves, abril 23, 2026

El día del idioma: entre la celebración y el descuido

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María Leonor Valencia Gutiérrez

Foto: Enredijo/Jonnathan Valencia

Pasaron varias décadas en las que, como maestra y luego como rectora, acompañé la celebración del 23 de abril. Hacíamos del Día del Idioma una fiesta: actos culturales, versos declamados, evocaciones de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Por un instante, parecía que la palabra en castellano recuperaba su lugar en la vida cotidiana. Sin embargo, al caer la tarde quedaba siempre una inquietud persistente, como una sombra que no lograba disiparse.

Hoyme pregunto: ¿qué tanto de esas celebraciones logró transformar realmente nuestra manera de hablar, de escribir, de pensar? ¿Qué espacio se abrió para escuchar otras voces, las de nuestros antepasados, que aún resisten en lenguas como el Wayuunaiki, el Nasa Yuwe o el Emberá?

Durante mucho tiempo, la celebración del idioma fue un adorno de ocasión, una herencia asumida sin suficiente reflexión, vestida de solemnidad un solo día para luego guardarse en el armario del olvido. Poco o nada se hacía por reconocer la riqueza lingüística ancestral que también nos habita.

Y sin embargo, el idioma no es un objeto estático. Es una herramienta viva, una forma de comprender el mundo y de relacionarnos con los otros. Es, en esencia, un acto de responsabilidad.

Resulta paradójico que, mientras exaltábamos la riqueza del castellano en discursos solemnes, en la vida diaria descuidáramos su uso con preocupante ligereza. Basta detenerse en expresiones cotidianas para advertirlo. Decimos, por ejemplo, “me tengo que ir” y “tengo que irme”. Ambas son correctas, pero no siempre intercambiables: la primera pone énfasis en la obligación personal; la segunda, en la acción misma. Sin embargo, muchas veces se usan sin conciencia, como si fueran idénticas.

Más evidente aún es el descuido con el uso de los pronombres me y se. Escuchamos frases como “se me cayó el vaso”, donde el se atenúa la responsabilidad del hablante, como si el hecho hubiera ocurrido por sí solo. No es lo mismo decir “rompí el vaso” que “se me rompió el vaso”. En la primera, hay asunción clara del acto; en la segunda, una distancia casi involuntaria frente a lo sucedido.

Algo similar ocurre con expresiones como “se lo dije” frente a “le dije eso”, o “me comí la tarea” —mal dicho en tono figurado— frente a “no hice la tarea”. El lenguaje, en estos casos, no solo comunica: también revela la manera en que asumimos o eludimos la realidad.

No se trata de caer en purismos innecesarios, sino de reconocer que en el lenguaje habita el pensamiento. Cuando descuidamos la palabra, también debilitamos la claridad de lo que somos capaces de expresar.

Hoy, por fortuna, muchas instituciones educativas cuentan con maestros formados, sensibles y creativos, que han comprendido que el Día del Idioma debe ser más que una efeméride. Es un punto de partida para revisar cómo hablamos, cómo escribimos y cómo enseñamos a las nuevas generaciones a habitar la palabra con respeto y conciencia.

Han entendido que no basta con recitar a los grandes autores si no somos capaces de cuidar el lenguaje en lo cotidiano: en el aula, en la casa, en la calle. Que es necesario reconocer también las lenguas nativas, esas que aún respiran en los territorios y que, gracias a esfuerzos de comunicación y visibilización, hoy reclaman el lugar que siempre les ha pertenecido.

En un país diverso como el nuestro, profundamente marcado por la oralidad, el idioma es un puente entre culturas, una forma de preservar la memoria y de construir identidad. Pero ese puente se debilita cuando lo usamos sin conciencia, cuando renunciamos a su precisión, cuando lo reducimos a una herramienta improvisada.

Ha llegado el momento de que el Día del Idioma deje de ser una celebración fugaz y se convierta en un compromiso permanente. Que no sea solo un acto protocolario, sino una invitación a reconciliarnos con el lenguaje, a reconocer su poder y a asumirlo con responsabilidad.

No se trata de exigir perfección, sino de cultivar respeto por la palabra dicha, por la palabra escrita y por el pensamiento que la sostiene.

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