Ayer, Domingo de Ramos, cientos de feligreses en Pitalito y otros municipios del Huila acudieron a las iglesias empuñando ramos de palma de cera, ignorando la masiva entrega de 40.000 plántulas alternativas realizada por la CAM. Este acto de negligencia ambiental evidencia por qué, en pleno 2026, el arraigo a una costumbre religiosa sigue pesando más que la urgencia de proteger a nuestro Árbol Nacional y su frágil ecosistema.
Es profundamente desalentador observar cómo las costumbres pueden llegar a cegar el sentido común de toda una comunidad. Durante las semanas previas a la apertura de la Semana Santa, fuimos testigos de un gran despliegue institucional en nuestra región. La Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena (CAM), en un loable trabajo conjunto con la Gobernación del Huila, no solo se limitó a lanzar los típicos mensajes de advertencia, sino que pasó a la acción concreta entregando 40.000 plántulas de especies nativas, como la palma de areca, el guayacán amarillo, el iguá y el roble negro. La mesa estaba servida para vivir un Domingo de Ramos en paz con la naturaleza. Sin embargo, la triste realidad que se vivió ayer en los atrios de nuestros templos fue un portazo en la cara a la conservación: cientos de personas prefirieron ostentar con orgullo las ramas arrancadas de la palma de cera, reduciendo a cenizas los esfuerzos pedagógicos de meses enteros.
No estamos hablando de un simple capricho de las autoridades ambientales ni de una moda pasajera. La terquedad de seguir utilizando esta especie endémica es un ataque directo y letal contra la biodiversidad colombiana. La palma de cera, que tarda décadas enteras en alcanzar su imponente altura en nuestros bosques andinos, es el hogar exclusivo y la única fuente de alimento del loro orejiamarillo, un ave silvestre que hoy libra una dura batalla contra la extinción. Cada ramo que ayer fue bendecido entre cánticos y oraciones en las parroquias huilenses representa, paradójicamente, una sentencia de muerte para un ecosistema que ya se encuentra al límite de su capacidad. Resulta irónico, por no decir abiertamente hipócrita, que nos congreguemos para celebrar la entrada triunfal de la vida, mientras en nuestras propias manos sostenemos los restos mutilados de un patrimonio natural que se niega a desaparecer.
Debemos, además, dimensionar el enorme esfuerzo logístico y económico que fue vilmente ignorado por la ciudadanía. La distribución de estas plántulas requirió la articulación de alcaldías y Juntas de Acción Comunal a lo largo y ancho del departamento. Se invirtieron recursos públicos y capital humano para poner la solución directamente en las manos de los feligreses. A la gente se le regaló el árbol, se le explicó el motivo a través de voceros ambientales y líderes religiosos, y se le invitó a sembrar vida. Aun así, la ley de la oferta y la demanda castigó a la naturaleza. Al preferir la palma silvestre, los compradores de ayer no solo hicieron caso omiso a una campaña institucional, sino que financiaron de manera directa a las redes de tráfico ilegal de flora, llenando los bolsillos de quienes depredan nuestros ecosistemas a plena luz del día.
La verdadera fe no debería ser, bajo ninguna circunstancia, un acto destructivo. Si el mensaje central de la Semana Mayor es la reflexión, la renovación espiritual y el respeto por el prójimo y el entorno, nuestro comportamiento ambiental está demostrando exactamente lo contrario. Destruir la obra de la creación para honrar al Creador es un sinsentido ecológico que las generaciones futuras no nos van a perdonar. Desde esta tribuna editorial, hago un llamado enérgico no solo a las autoridades competentes para que endurezcan las sanciones penales y los operativos de control en las vías, sino a cada ciudadano que ayer cruzó la puerta de su parroquia siendo cómplice de este ecocidio. Ya es hora de que evolucionemos como sociedad y dejemos de escudarnos en el pasado para justificar el daño del presente.
La conservación del medio ambiente no es un tema exclusivo de biólogos, ecologistas o instituciones estatales; es un deber moral y ético de todos nosotros. El Domingo de Ramos de este 2026 pasará a la historia local no por la devoción genuina de su gente, sino por la obstinación dolorosa de quienes se niegan a cambiar. Esperemos que para el próximo año, el fervor religioso por fin encuentre la armonía necesaria con la naturaleza, y que las palmas que se levanten al cielo sean un símbolo de vida plantada, no el trofeo marchito de un bosque saqueado. Seguiremos vigilantes, apostando siempre por un periodismo riguroso que no tema incomodar y decir las verdades de frente cuando el futuro de nuestra tierra está en juego.









3 respuestas