Leonor Amelia Pérez, actriz titiritera y pionera en la fundación de la Casa de los Títeres. Foto: Itzel Martínez Sarmiento
Este fin de semana, la capital del Valle del Cauca dio inicio al XXV Festival Internacional de Títeres “Cali, un sueño con títeres”. Este evento congrega a destacadas compañías de múltiples países en la ciudad para demostrar que el arte de las marionetas es una disciplina compleja y en constante evolución. Sin embargo, más allá de la fantasía escénica, existe un arduo y silencioso trabajo de investigación, creación y gestión que sostiene viva esta tradición entre la pasión y los retos económicos del sector cultural.
El proceso invisible
Antes de que una marioneta cobre vida y maraville a los espectadores, existe un camino largo y meticuloso que muy pocos llegan a conocer. Por ejemplo, en la obra Reciclasueños, un reciclador extrae de su caja elementos como un sol, una flor y un corazón. Tras bambalinas, la actriz Leonor Amelia coordina esta marioneta con una precisión milimétrica, haciendo que los ritmos y movimientos parezcan asombrosamente reales.
El punto de partida de este nivel de detalle rara vez es el espectáculo en sí mismo. Para Salomón Gómez Córdoba, director de la Fundación Rayuela de Pasto con más de tres décadas de trayectoria, todo surge de la literatura, la música o la memoria.

“El títere nace de una necesidad de expresar”, señala Gómez, enfatizando que primero aparece la urgencia de comunicar y luego se busca la forma ideal para hacerlo. Esto nos lleva al crucial “diálogo con la materia”. La construcción de un títere exige decisiones técnicas muy precisas: el artista debe evaluar el peso, los materiales, la movilidad y la expresividad del elemento, que dejará de ser un simple objeto para convertirse en un personaje con voz propia. Todo este engranaje requiere de muchísimo ensayo y error, ajustando guiones, luces y ritmos hasta lograr la ilusión perfecta. No hay una fórmula única, solo la finalidad clara de encontrar una correspondencia entre lo que se quiere decir y cómo ese objeto logrará transmitirlo.
La Casa de los títeres
En el tradicional barrio San Antonio de Cali se encuentra uno de los principales motores de este arte en el suroccidente colombiano: la Casa de los Títeres. Fundada en 1998 como un ambicioso proyecto colectivo impulsado por el Pequeño Teatro de Muñecos, sus inicios no estuvieron libres de crisis. Las severas dificultades económicas provocaron que muchos artistas se retiraran en los primeros meses, dejando a quienes se quedaron con la pesada carga de deudas y apuestas a largo plazo.
Leonor Amelia Pérez, actriz titiritera y figura pionera de este espacio, recuerda que la persistencia fue la clave de su éxito: “Nos quedamos porque sentíamos que la ciudad lo necesitaba”. Durante años, esta casona no fue solo una sala de funciones; sirvió de vivienda, taller de creación y lugar de formación. Ese cruce entre la vida cotidiana y la práctica artística es lo que consolidó el proyecto.

Hoy en día, la casona es un robusto ecosistema cultural: funciona como un museo permanente habitado por máscaras y viejos personajes, alberga una biblioteca especializada y cuenta con un escenario que puede llenarse con decenas de espectadores. Absolutamente todo en el recinto tiene una utilidad práctica; es un lugar donde el oficio combina la creación con el trabajo constante.
Gestión y supervivencia
Si el proceso creativo de las marionetas es todo un desafío, lograr la sostenibilidad económica es una verdadera odisea. En una urbe como Cali, el teatro de títeres no ocurre en el aislamiento; exige construir espacios colectivos y aprender a sostenerse sorteando las habituales precariedades de las artes. Mantener a flote una compañía teatral obliga a los creadores a asumir también roles de productores, gestores y formadores de públicos.
La titiritera argentina María Nella Ferrez, quien suma más de treinta años en las tablas, aporta una visión ineludible sobre esta realidad: sostener un grupo va mucho más allá de armar una obra. Implica tejer redes, buscar recursos, mover los montajes y gestionar la producción sin descanso. El oficio trasciende el aplauso final, buscando siempre abrir la sensibilidad, encontrarnos como sociedad y plantear preguntas esenciales en los territorios que se visitan.
XXV Festival Internacional
Toda esa vocación de conectar con las audiencias se materializa de manera deslumbrante en el XXV Festival Internacional de Títeres “Cali, un sueño con títeres”, que comenzó este fin de semana. La edición de este año, celebrando su primer cuarto de siglo, trae una programación internacional robusta con invitados de España, Cuba, Argentina, Brasil, Ecuador y Perú, que nutren la cartelera junto al talento de Colombia.
El festival se ha convertido en un puente dinámico entre la tradición y la vanguardia. Las presentaciones mezclan el clásico teatro de sombras y las marionetas tradicionales con apuestas innovadoras que se atreven a dialogar con el cine, la animación y las nuevas tecnologías. Las funciones están estratégicamente distribuidas tanto en la zona urbana como rural de Cali, logrando democratizar el acceso a espectáculos de lenguajes muy diversos. Más que una simple vitrina de entretenimiento, el festival confirma la vitalidad de un arte consolidado en el que cada función encierra horas de resistencia que continúan incluso cuando cae el telón.
Rompiendo el mito
Quizás el obstáculo más frustrante que enfrentan los creadores es la percepción externa que limita su trabajo exclusivamente al público infantil. Esta reducción afecta gravemente su alcance y reconocimiento.
“No es un arte menor”, subraya Leonor Amelia Pérez. El teatro de títeres integra de forma compleja la dramaturgia, la iluminación, la musicalidad y el movimiento con la misma rigurosidad que cualquier otra puesta en escena. Se trata de una propuesta escénica universal, creada, como indica su eslogan, “para niños de 0 a 150 años”.
A través de estos “cuerpos de cartón”, como los describe poéticamente un texto de Juan Sebastián Potez Pérez en la obra Malevo, se abordan con enorme sensibilidad la ausencia, la alegría y la muerte. Una marioneta no necesita un hiperrealismo abrumador para ser creíble; le basta moverse en el punto exacto donde el espectador logra reconocer un destello de su propia vida.
El teatro de marionetas en Cali es un ecosistema vivo que exige no solo una enorme creatividad, sino una profunda vocación de gestión cultural para sobrevivir en el tiempo. Iniciativas como la histórica Casa de los Títeres y eventos como el Festival Internacional nos enseñan que el verdadero espectáculo nace del esfuerzo invisible y de la resistencia detrás del escenario. Desde la redacción de Enredijo, te animamos a dejar atrás los prejuicios, visitar las salas y dejarte maravillar por este arte intergeneracional. Mantente conectado con nosotros para descubrir más de la agenda cultural y artística de la ciudad.



