
Son las dos de la tarde cuando toco el portón azul de la cárcel de Pitalito. Mientras abren la puerta auxiliar, enmarcada en esa enorme estructura metálica, levanto la mirada hacia las montañas. Sobre sus cumbres, una manta lechosa de nubes se despliega y las cubre con pereza, como si la naturaleza estuviera disponiendo un banquete para la lluvia. Todo parece anunciar que una sinfonía de agua está a punto de comenzar.
A un lado, una persona privada de la libertad arrea cinco vacas, tres terneros y un toro; una de las vacas muge en un intento por llamar a su cría. Son los animales del Inpec, que comparten espacio con unos pocos patos que nadan tranquilos en un pequeño lago —no sé si natural o artificial—. Finalmente, abren la puerta y mi mirada se encuentra con la del custodio. Es un dragoneante. Me presento y le explico que soy el escritor que viene de parte de la Biblioteca Monseñor Esteban Rojas para desarrollar un taller de escritura narrativa.
—¿Usted es el profe? —me pregunta.
—Sí —respondo.
Entonces me pide la cédula. Llevo la mano al bolsillo delantero derecho del pantalón, saco la billetera, extraigo el documento y se lo entrego. Luego le indico que, por allí, debe haber una carpeta en la que se encuentra la autorización para mi ingreso. El custodio recibe la cédula y me pide que espere mientras localiza el documento. Acto seguido, vuelve a cerrar la puerta.
Me quedo allí, frente a ella, pensando en lo que significa para quienes están privados de la libertad. Una puerta como esta no es simplemente una estructura de metal: marca la frontera entre dos mundos. De un lado, la libertad; del otro, el encierro. Y basta con que se cierre para sentir que esos dos mundos, aunque separados apenas por unos centímetros de metal, pertenecen a realidades completamente distintas.
La palabra puerta proviene del latín porta. Según el Diccionario de la lengua española, entre las distintas acepciones de esta palabra hay una que particularmente llama mi atención: «Vía de acceso para entablar una pretensión u otra cosa». Una puerta no solo permite entrar; también permite salir.
Su significado, además, connota el afuera y el adentro, dos maneras de mirar y aceptar la vida. Aunque pueda parecer una idea sencilla, la puerta representa ese doble mundo, esa dualidad a la que constantemente nos enfrentamos: nacer y morir, la noche y el día, lo dulce y lo salado, la alegría y la tristeza.
Cada persona privada de la libertad guarda, quizá, en su memoria el momento en que se enfrentó por primera vez al portón azul. Ese color, tradicionalmente asociado con la serenidad y la calma, termina allí convertido en el color que sacude sus emociones y sella, al menos temporalmente, su libertad. Porque, una vez que se cruza hacia adentro, el universo de afuera comienza a cerrarse durante una temporada que puede ser corta o larga, según el delito cometido y la sentencia impuesta.
Aquel portón azul se convierte, entonces, en una frontera: de un lado está el mundo conocido, la libertad, la familia y la cotidianidad; del otro, el encierro y una nueva forma de habitar el tiempo. Es la misma puerta, pero vista desde dos mundos distintos.
Quiero contarle que llevo tres años acompañando a personas privadas de la libertad en procesos de escritura narrativa. Claro está, no es fácil llegar a un lugar como este. Una vez adentro, se percibe el dolor, la soledad y, en algunos casos, incluso el deterioro de la salud mental de quienes permanecen allí.
Mi trabajo comenzó con las internas, durante el primer semestre de 2024, cuando llegué para desarrollar un taller de creación poética. Realicé ocho visitas, durante las cuales compartí con ellas algunos conceptos básicos sobre poesía y llevé lecturas complementarias que ayudaran a enriquecer el proceso.
En una segunda fase llegó el ejercicio creativo. Al principio pensé que esta tarea sería difícil, debido al nivel de escolaridad de algunas de las internas. Sin embargo, encontré en sus emociones y en sus recuerdos el punto de partida. Eran, al fin y al cabo, los elementos que permanecían más vivos en su memoria.
Fue como hallar el hilo adecuado para tejer un suéter invisible. De eso se trata, en buena medida, la creación: encontrar algo que nos permita escribir, hallar un pretexto para decir aquello que llevamos dentro. Y eso solo se logra cuando se ha vivido. De ahí que los recuerdos sean un insumo tan importante para crear un poema, una novela, un cuento, un ensayo, una pieza dramática o incluso una canción.
Comenzamos haciendo inventarios de aquellas cosas que extrañaban, de los afectos, de las personas y de los lugares que habían dejado afuera. A partir de esos recuerdos fuimos encaminando la creación. Poco a poco, cada experiencia comenzó a encontrar su propia ruta y voz; cada palabra fue adquiriendo un sentido hasta convertirse en un verso y, finalmente, en un poema.
Al terminar el proceso, ya habíamos reunido unos cuantos poemas. Entonces le pedí a la señora María Astrid Carvajal Losada, directora de la biblioteca, que gestionara los recursos económicos necesarios para publicar aquel trabajo. Fue así como nació la plaqueta que titulamos Toda esperanza: Creaciones poéticas de las mujeres privadas de la libertad en la cárcel de Pitalito. En ella quedaron plasmados los veintitrés poemas, uno por cada participante.
Comprendí entonces que la escritura también cumple una labor social y que la poesía puede convertirse en una herramienta de transformación. Qué bueno que ellas hayan comprendido que escribir poesía también les estaba enseñando a remendar, no solo las heridas del pasado, sino también su propia interioridad.
Aquellas palabras que habían nacido entre muros, recuerdos y ausencias pudieron cruzar las puertas de la cárcel y encontrar otros lectores. La poesía, de alguna manera, les permitió salir, aunque fuera a través de las palabras.
En el segundo semestre de ese mismo año, emprendí con las mismas internas un taller de narrativa. Para su desarrollo, utilicé la misma metodología y mantuve la intensidad horaria del primer taller. El resultado de este proceso se vio reflejado en el libro Señor de la mañana, danos nuestra libertad: Textos narrativos de las mujeres privadas de la libertad de la cárcel de Pitalito, en el que participaron veintiséis internas.
En esta ocasión, los textos abordaron experiencias mucho más vivenciales y desgarradoras, relacionadas con la violencia intrafamiliar, el abuso sexual, la falta de acceso a la educación y a nuevas oportunidades, así como con el tráfico y consumo de sustancias psicoactivas y, por supuesto, el deterioro de la salud mental.
Para el primer semestre del año siguiente, emprendí el mismo proceso literario, esta vez con los hombres privados de la libertad. El resultado de este trabajo se publicó en el libro Fuera y dentro: Textos narrativos de los internos privados de la libertad en la cárcel de Pitalito, una obra literaria en la que participaron veinte internos. La importancia de este proyecto radico en ser seleccionado en la «Convocatoria de Proyectos y Estímulos para Gestores Culturales Huilenses – 2025, Modalidad Incentivos» de la Secretaría de Cultura del Huila. Este apoyo económico permitió realizar un tiraje de mil doscientos ejemplares y distribuirlos gratuitamente en diez instituciones educativas del municipio de Pitalito, tanto urbanas como rurales. El proyecto tuvo como estrategia fundamental promover la lectura y la escritura, además de prevenir todas las formas de delito en estos establecimientos educativos.
Gracias a esta iniciativa, la Biblioteca Municipal Monseñor Esteban Rojas de Pitalito postuló la propuesta al X Premio Nacional de Bibliotecas Públicas – Línea 2: Experiencias de Innovación Bibliotecaria, mediante el desarrollo e implementación de la propuesta metodológica denominada «Lecturas sin barreras», en la cual está inscrito este trabajo de oralidad y escritura con las personas privadas de la libertad. Aunque no obtuvimos el primer lugar, logramos posicionarnos entre las tres mejores iniciativas del país. Este reconocimiento nos hizo merecedores de un apoyo económico significativo que nos posibilitó iniciar este año con dos nuevos proyectos literarios, dirigidos tanto a hombres como a mujeres.
Fue así como nacieron dos libros que ya comenzaron a circular y que hemos titulado: Fragilidad del destino: Textos narrativos de las personas privadas de la libertad en la cárcel de Pitalito y Las rejas no son eternas: Textos narrativos de las mujeres privadas de la libertad en la cárcel de Pitalito; este último proyecto editorial contó con el respaldo de la Biblioteca Nacional de Colombia. Por supuesto, el pilar fundamental de todo esto ha sido el apoyo constante de la Alcaldía de Pitalito, el Instituto de Cultura, Recreación y Deporte, la Biblioteca Municipal Monseñor Esteban Rojas y el Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad y Carcelario de Pitalito (EPMSC Pitalito); y por supuesto, al maestro Tomás Palomares, por habernos diseñado la portada para los dos libros. Sin estas alianzas, la realización de dichos proyectos editoriales habría sido imposible.
He venido realizando este trabajo porque tengo dos convicciones. La primera es porque me pagan por esta labor social; la segunda, porque guardo un grato recuerdo de las prisiones. De niño solía visitar la cárcel de mi pueblo, Algeciras. Mi padre fue inicialmente uno de los guardianes y, posteriormente, lo nombraron director.
En esa época, estos centros estaban a cargo de las alcaldías y el personal de custodia dependía del mandatario de turno, cuando a los alcaldes aún los designaba el gobernador. Mi padre permaneció en el cargo unos ocho o nueve años, hasta que por asuntos políticos fue destituido: era uno de los pocos conservadores en un pueblo de mayoría liberal.
todavía conservo intacta la imagen de esa cárcel. No era grande, pero tenía celdas de paredes gruesas y altas, donde se respiraba un olor penetrante a orina y a manduca. Dentro de las celdas no había baños, por lo que las necesidades tenían que hacerlas en un balde o caneca pequeña. El hacinamiento ya era una realidad, tal como ocurre en los penales de hoy. Recuerdo muy bien a mi papá con un revólver 38 Smith & Wesson de cañón largo a la cintura. La estructura del penal colindaba justo con el cuartel de policía.
Mi padre no solo cumplía con el deber de cuidarlos, sino que también demostraba una gran generosidad. En muchas ocasiones, la comida que le llevábamos empacada en tres portas de aluminio terminaba entregándosela a ellos, en especial a los internos que venían del campo y de familias muy pobres. Ese gesto hizo que muchos lo respetaran y le tuvieran un sincero aprecio.
Un día llegó a la cárcel un hombre por determinados asuntos y mi papá, como era su costumbre, le brindó su apoyo. Tiempo después, cuando a mi padre ya lo habían sacado de ese trabajo y aquel hombre quedó en libertad, fue a buscarlo para decirle que le tenía un «regalo»: informarle que la guerrilla, agrupación a la que él pertenecía, nos estaba buscando para reclutarnos.
Motivo por el cual, un seis de enero, hace más de cuarenta años, conseguimos un camión Ford 600, empacamos lo que pudimos y dejamos el resto en casa de una tía —cosas por las que nunca volvimos—. Así emprendimos el viaje hacia la ciudad de Neiva.
Por fin el dragoneante encuentra la autorización y me permite ingresar. Primero debo guardar en un casillero el bolso que siempre me acompaña, junto con la billetera, las monedas y las llaves del apartamento; luego paso por la puerta del detector de metales, donde otro custodio me requisa de pies a cabeza. Posteriormente, le entrego la cédula a una funcionaria en una pequeña oficina, quien ingresa mis datos en el sistema y me entrega una planilla donde figuran mis datos personales, el lugar al que me dirijo y un espacio destinado a plasmar la huella del dedo índice derecho, tanto para el ingreso como para la salida.
En esta oportunidad no me hicieron la requisa con el perro. Ha habido ocasiones en las que, como protocolo de seguridad, me hacen sentar para que el animal reciba la orden de olfatearme. Al principio me sentía incómodo —por no decir culpable—, pero con el tiempo me fui acostumbrando.
Una vez adentro, me encanta contemplar el gran samán ubicado en la antesala del penal: robusto y frondoso, con sus ramas extendidas como una enorme sombrilla verde y tal vez con más de cincuenta años a cuestas. Es el verdadero rey del recinto y, mientras siga en pie, continuará gozando de su trono. Es, quizás, el único símbolo de frescura que encuentro allí; ese árbol me tranquiliza.
Desde allí me dirijo hacia la entrada de los pabellones, donde debo cruzar dos portones de rejas de hierro. Me presento en la oficina de reseñas, entrego la planilla y constatan la información con mi cédula; luego, pongo la huella sobre el papel, me estampan un sello en el brazo derecho y autorizan mi ingreso. Sin embargo, antes de cruzar hacia las entrañas del presidio, debo superar el último filtro: la silla detectora de metales y la requisa final.
Superado cada protocolo de seguridad, encamino mis pasos hacia el aula de clase. Allí, al otro lado de los barrotes y los controles, siempre me aguardan los futuros lectores —y, tal vez, los próximos escritores—. Al menos eso espero; a fin de cuentas, la lista de quienes crearon grandes obras desde el encierro es larga: Miguel de Cervantes, Fiódor Dostoyevski, Oscar Wilde, Jean Genet, el Marqués de Sade, Reinaldo Arenas y Álvaro Mutis, por mencionar solo a algunos. Porque la escritura, más que un lenguaje vivo, es un refugio de soberanía e inmunidad; es, en esencia, la paradoja de la libertad creativa.








