martes, junio 2, 2026

La esperanza también vota

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La esperanza también vota

Foto: Enredijo

Se llega a una edad en la que las promesas ya no impresionan y los discursos agresivos e hirientes hacía el contrario solo despiertan lástima frente al emisor. Los años enseñan a distinguir entre quienes hablan para conquistar el poder y quienes entienden el poder como un servicio.

Por eso no me avergüenza decir que miro con esperanza la posibilidad de que Iván Cepeda Castro llegue a la Presidencia de Colombia. Lo hago desde mi experiencia de mujer, maestra, gestora cultural y creyente; desde la convicción de que este país necesita gobernantes que entiendan que la grandeza de una nación no se mide por la riqueza de unos pocos, sino por la dignidad de los más humildes.

Quienes hemos crecido bajo las enseñanzas de Jesús sabemos que su mensaje estuvo lejos de favorecer privilegios. Cristo no caminó entre palacios ni dedicó sus esfuerzos a engrandecer a quienes ya lo tenían todo. Por el contrario, hizo visibles a los invisibles, escuchó a los marginados, defendió a las mujeres señaladas, compartió la mesa con los excluidos y proclamó que los últimos también tenían derecho a la esperanza.

Esa enseñanza sigue teniendo vigencia en una Colombia profundamente desigual. Basta recorrer los campos, conversar con los campesinos, escuchar a los maestros rurales, a los artistas populares o a las madres cabeza de familia para comprender que existen dos países: uno que acumula oportunidades y otro que sigue esperando que la prosperidad llegue alguna vez a su puerta.

No hablo desde el resentimiento ni desde la lucha de clases. Hablo desde el sentido común. Esta inmensa finca llamada Colombia pertenece a todos. Sus montañas, sus ríos, sus bosques, sus minerales, sus mares y su riqueza cultural no fueron creados para beneficiar únicamente a una minoría. Son bienes que deben administrarse con honestidad y visión colectiva.

Durante décadas hemos visto cómo muchos recursos públicos terminan en manos privadas, cómo la corrupción se convierte en costumbre y cómo algunos sectores entienden el Estado como una oportunidad para enriquecerse. Lo más doloroso es que, mientras unos saquean, millones de colombianos continúan luchando por acceder a derechos fundamentales.

Por eso considero que el verdadero debate no es entre izquierda y derecha, ni entre ideologías que tantas veces se utilizan para sembrar miedo. El debate real es entre quienes consideran que el poder es un privilegio y quienes creen que es una responsabilidad.

Quiero una Colombia donde el campesino sea respetado, donde la educación pública tenga la dignidad que merece, donde la cultura deje de ser un adorno para convertirse en una prioridad, donde la naturaleza sea protegida y donde las instituciones trabajen para la ciudadanía y no para intereses particulares.

No espero gobernantes perfectos. Los seres humanos estamos llenos de limitaciones. Pero sí espero dirigentes honestos, sensibles al dolor ajeno, arriesgados, sin miedo convencidos de lo que tenemos es para valorarlo, amarlo y hacerlo respetar. Es decir, comprometidos con la construcción de un país más equitativo.

La esperanza no es ingenuidad. Es una decisión consciente. Es la certeza de que las cosas pueden hacerse de otra manera. Es la voluntad de creer que Colombia puede convertirse, por fin, en la casa común donde todos tengamos un lugar digno incluida la fauna y la flora.

Mientras esa posibilidad exista, seguiré creyendo que vale la pena defenderla con la palabra, con el voto y con la esperanza.

Bendiciones.

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