Ilustración: Tomas Palomares Serrato
En la montaña luminosa de mi Huila amado,
donde el alba despierta sobre el cafetal florido,
baja cantando el río Magdalena,
como un abuelo sabio que la memoria encadena.
Sus aguas llevan historias antiguas,
de arrieros, tamboras y lunas campesinas,
mientras el viento, vestido de guaduales,
va peinando las montañas y los maizales.
Llega junio y aflora la alegría,
el pueblo entero despierta en romería,
las calles se perfuman de achiras y mistela,
y en cada casa la amistad se revela.
¡Es la fiesta de San Pedro que ha llegado!
Con sombrero, poncho y chircate colorido,
el opita sonríe desde temprano
y abre su puerta al vecino y al hermano.
Baila el bambuco al son de la tambora,
y parece que de la tierra brotara vida;
todos bailan al compás de la guitarra,
mientras el tiple entre nostalgias se desgarra.
Las damas giran como coloridas mariposas,
los hombres bambuquean orgullosos de sus cosas,
y en el patio grande, lleno de calor humano,
suena un rajaleña que alegra al más lejano.
Hay lechona sobre mesas generosas,
envueltos, achiras y bebidas espumosas;
y se comparte sin preguntar quién pasa,
porque en el Huila todo visitante es de la casa.
Come el amigo, el vecino y el viajero,
también aquel que llegó sin paradero;
el opita tiene siempre el alma abierta
y la esperanza sin cerrar la puerta.
Y así, entre bambucos, café y tradiciones,
vive este pueblo de nobles corazones,
que hace del San Pedro un acto de hermandad
y de su cultura un inmenso río de eternidad.








