miércoles, septiembre 2, 2026

The Pharaohs’ Golden Parade: el evento cultural más grande de la década ocurrió en Egipto.

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Para no hablar siempre de política, de su desesperado pesimismo y su inabordable tontería, me gustaría hablarles de algo que ocurrió el 3 de abril del 2021 en el Cairo, Egipto. Lo consideré en su momento el evento cultural más grande de la década de los veinte y semejante afirmación hoy me parece aún más que defendible. Ningún mundial o concierto le ha llegado a la suela de los zapatos. De hecho, tuvo tal impacto en mí que todavía hoy me conmueve. A veces, la riqueza cultural puede exaltar el nacionalismo de tal manera que incluso los mayores opositores de un político quedan obnubilados y de rodillas. El arte, nos guste o no, también puede convertirse en una herramienta política. Eso hizo el presidente Abdel Fattah el-Sisi, gastándose, según relatos de la prensa, unos veinte mil millones de pesos actuales—cifra aproximada, pues el costo total nunca se reveló oficialmente— en un evento que se llamó The Pharaohs’ Golden Parade, tal vez la jugada política más brillante y espectacular de nuestra historia reciente.

Hay unos antecedentes importantes para entender muchísimo del aura de aquella ceremonia. A pesar de que la cristianización llegó a Egipto con la desfiguración de relieves en los templos, saqueo tanto de tesoros como de piedras y muy recientemente el robo del propio Museo Egipcio en 2011, buena parte de los ciudadanos egipcios siente un terror mistérico frente al legado de los faraones. Sacerdotes, Califas, predicadores evangélicos—y por último militantes de grupos extremistas—han odiado los restos de la cultura egipcia acusándolos de idólatras, y han querido que sus feligreses los destruyan para montar sobre las cenizas sus propios templos o cultos, pero mayoritariamente la sabiduría popular egipcia ha ignorado la instigación al culturicidio. Ya no adoran a aquellos dioses y reyes, son genuinos cristianos o musulmanes devotos, ya no obedecen las leyes de aquellos reyes pero tampoco perturbarán su sueño a propósito sin rendirles un respeto reverencial. Debido a adecuaciones logísticas y de espacio, el ministerio de cultura necesitaba mover a 22 momias reales (18 reyes y 4 reinas) desde su antigua residencia, el Museo Egipcio en la bulliciosa plaza Tahrir, hasta el moderno Museo Nacional de la Civilización Egipcia (NMEC) en la zona de Fustat. El recorrido total eran unos 5 kilómetros que podrían significar alguna forma de daño para reliquias tan delicadas. El evento se organizó como un desfile precedido por 2000 danzantes y artistas musicales, acompañados de luces y decoraciones alusivas milimétricamente preparadas. Cada momia se movería en un vehículo especial equipado con una suspensión diseñada exclusivamente para este evento y decorado como una barca dorada. Durante aquella noche, toda la sociedad Egipcia presentó respeto a sus antiguos reyes. El trayecto duró unas tres horas que fueron transmitidas por televisión y comentada por la prensa de todo el mundo. Un concierto especial escrito por el maestro Hesham Nazih acompañó la ceremonia. La obra musical más relevante —la que a mí me provocó lágrimas— estuvo a cargo de la cantante soprano Amira Selim, cuyo título en inglés se tradujo en las plataformas de Streaming como Fear Isis, pero en español se conoció como Una reverencia a Isis, con una letra que se escribió a partir de una reconstrucción lingüística del egipcio antiguo tomada de inscripciones jeroglíficas talladas en los muros del templo de Deir el-Shelwit en Luxor.

Dejando la maravilla y la conmoción, volvamos a la política. Ahora que algunos grupos ideológicos exaltan a sus feligreses alegando una batalla cultural, me gustaría que admiraran el respeto por la cultura que tuvo el dictador Abdel Fattah el-Sisi. Egipto es un país muy dependiente del turismo y tras un año como el 2020, marcado por la pandemia, necesitaba recordarle al mundo desesperadamente que todavía era relevante en términos de espectáculo cultural. Hay gente en esta nueva derecha que considera a Cien años de soledad un libro de propaganda comunista. Si van a Youtube a ver la interpretación de Una reverencia a Isis de Selim, verán a Abdel Fattah el-Sisi sentado en el centro de la imagen, mirando a la cantante como si fuese el faraón actual que saluda a los antiguos faraones. Ese corte fue propaganda, pero la voz de Selim, la letra y la música son arte puro. La discusión frente a los límites de la propaganda o el arte gira en torno a cómo la emoción no necesariamente es inocente políticamente. La derecha entiende el relato, pero desestima la estética ¿Dónde está la frontera entre el arte y la propaganda? Como la derecha latinoamericana no lo tiene claro, ha decidido enemistarse con todo el arte por temor a la sensibilización política, pues el ciudadano deseado hoy en día necesita ser anhedónico. Si me preguntan a mí la diferencia está en el alcance, en cómo algo que incluso se piense como propaganda llega tan lejos que nos derrumba espiritualmente. La mayoría de la propaganda política es inherentemente vulgar y por eso a lo mejor no notamos la ambigüedad posible, pero muchas obras que hoy admiramos a lo mejor se concibieron como propaganda. Es la estética la responsable de convertir la retórica política en un caballo de Troya, de permitirle entrar a nuestra casa mientras la emoción está desnuda. Estamos en una época misteriosa donde la influencia norteamericana ha vuelto a la derecha culturicida, alimentada por la aplanadora evangélico-capitalista que desprecia la identidad de las naciones sometidas a EEUU. El catolicismo y sus costumbres, el indigenismo y cualquier perspectiva del mundo distinta resulta incómoda como relato. Nuestra derecha ya no es conservadora ni busca proteger nada simbólico o enriquecedor del pasado, más bien se entiende a sí misma como una demolición corporativa que desea americanizarlo todo. Es la izquierda—y a veces, cuando se acuerda—el centro político los que deberían hacerse responsables de defender lo sagrado, de conservar y defender, aunque su nostalgia anarquista del siglo XIX los haga creer que todavía tienen un sistema que debe ser demolido. No solo es necesario proteger lo sagrado en lo religioso, sino en lo institucional. Hoy hasta los derechos humanos podrían ser demolidos, pero si caen se llevarían por delante toda la arquitectura liberal de nuestras instituciones.

The Pharaohs’ Golden Parade fue al mismo tiempo arte y propaganda, pero cuando el-Sisi desaparezca sólo nos quedará el arte. En ese 2021 el escándalo más sonado en Colombia eran los 70 mil millones que se le perdieron al MinTIC en centros poblados. Es decir, en Colombia un acto de corrupción nos robó tres veces lo que costó el Golden Parade. En el 2015 hizo eco la declaración y el deseo de un clérigo radical llamado Ibrahim Al Kandari que planteó la destrucción de las pirámides por “idolátricas” y también el heroísmo del arqueólogo Khaled Asaad, ejecutado y decapitado por los radicales islámicos por negarse a decirles dónde estaban los vestigios de Palmira que querían destruir con dinamita. También fueron propagandísticas las esculturas de los faraones que hoy admiramos. La propaganda es efímera, pero el arte prevalece. Y con el arte sobrevivirá ese algo de la humanidad, esa rara esperanza que nos conmueve y que nos hace soportables a los dictadores, los reyezuelos y los tiranos.

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