sábado, agosto 22, 2026

Las nuevas derechas contra el Estado

No es descabellado suponer que cualquier ideología quiere reescribir la historia, pues la historia no es más que una forma de narrativa ficcional desde donde se proyectan todas las ideologías cuando quieren prometernos un futuro. Quizás el mejor ejemplo de esto es que desde hace más de cuarenta años la nueva derecha ha tratado de achacarle a la izquierda la existencia del nazismo del siglo XX. Esta reescritura histórica es mucho más que un asunto de relaciones públicas; como la visión de los movimientos libertarios es anticolectivista—acuñando a una frase de Borges donde el individuo y el Estado son opuestos: «Entre más Estado existe, menos individuo es posible»—para la nueva derecha toda iniciativa colectiva, toda visión de sociedad y por tanto de cooperación que implique una centralización de poder, está vinculada a la izquierda.

El concepto colectivista como equivalente a la izquierda y relativamente reciente (Mediados del siglo XX) tiene entre sus partidarios doctrinales a figuras como la escritora Ayn Rand, economistas como Milton Friedman o Friedrich Hayek, el expresidente  norteamericano Raegan o la exprimera ministra Margaret Tatcher. Del discurso libertario proviene el presidente argentino Javier Milei y políticos locales como María Fernanda Cabal o Abelardo de la Espriella. ¿Por qué Milei, Tatcher, Musk, Bukele o Cabal insistirían en aquello de que Hitler era en realidad un socialista? Esto no es ignorancia histórica, pues el nazismo fue el motivo por el que la derecha sintió pudor y vergüenza durante casi todo el siglo XX. No es solo su derrota militar sino la campaña mediática donde Hitler es el dictador enemigo en la televisión, en el cine y en la literatura. Ser su copartidario nunca fue cómodo para ningún conservador. Es la perspectiva libertaria —donde el trabajo literario de Rand fue esencial— la que permitió por fin al derechista sentirse realmente diferente a su enemigo alemán.

Es decir, fue un acto de discurso. Este distanciamiento nunca ocurrió con Pinochet por su apoyo al neoliberalismo ni con Franco por su manto católico.

 Y aunque creo que podría ser difícil convencer a un colombiano promedio que Colombia es un Estado excesivo, dependiendo de la región la consideración seguramente se volverá plausible; un habitante del Cauca o del Putumayo nunca pensaría que en Colombia existe demasiado Estado pero el habitante de alguna capital que descubre que la procuraduría de su ciudad tiene un delegado de asuntos religiosos —y que ese funcionario devenga al menos diez millones mensuales— o si quiera revisa las desproporcionadas nóminas de consultores de la presidencia o de alguna gobernación, si podría pensar que tenemos demasiados funcionarios públicos y que por tanto, el Estado, el peso del Estado sobre cada uno de nosotros, es desmesurado.

El éxito de esta explicación se debe a su sencillez, y es por ello que buena parte de la juventud en la era del Tiktok se sitúa en la derecha. Sin embargo, el libertarismo de los ochenta es relativamente simpático y poco tiene que ver con el desarrollo presente en Norteamérica, Argentina o Colombia. Su principio de no agresión no tiene cabida en los discursos de Trump o Milei. Incluso uno podría simpatizar con su consigna antiburocracia o antiestatal, sobre todo desde la izquierda. Yo también creo que el Estado fracasa en tres de cada cinco intentos de mejorarle la vida a sus ciudadanos, pero el libertarismo moderno no quiere solo la disminución de los impuestos o de la carga burocrática, sino la desaparición de todo principio colectivo, aislando a los antes llamados «ciudadanos» en partículas incomunicadas que no deberían cooperar entre sí.   

En Colombia tuvimos la introducción neoliberal en el gobierno de Cesar Gaviria. Tras el fracaso del proyecto público que representaban las constantes noticias sobre la corrupción en el seguro social o los ministerios, el modelo público-privado se le ofreció a Colombia desde la tecnocracia como una alternativa a la corrupción «inherente» de lo público. El joven senador Alvaro Uribe propuso las EPS para la salud, un Joven Enrique Peñalosa propuso Transmilenio en la ciudad de Bogotá; ambos sistemas público-privados híbridos donde inversores entraron a participar en las dinámicas del derecho, permitiéndoles quedarse con las ganancias mientras el Estado se quedaría con las facturas y los riesgos. Estos modelos duales fracasaron porque la corrupción no se redujo sino que se amplió en dos dimensiones opuestas. Desde EEUU el Tea party ofreció entonces la nueva solución; la desaparición de todos los derechos a excepción del derecho a la propiedad, la desaparición de la seguridad pública y los servicios colectivos.

El Estado sigue siendo garante de algunas cosas, sigue pagando las cuentas y respondiendo las demandas, pero aquellos que ejecutan el derecho ya no son empleados públicos sino contratistas privados. Cárceles privadas, bomberos privados, hospitales y colegio privados. El ejército y la policía pasaron a ser un asunto de mercenarios.  El discurso anarquista punk del do it yourself «hágalo usted mismo» impulsó la fantasía libertaria para que los ciudadanos con dinero pudieran construir sus propios generadores eléctricos, su propia purificación de agua y sus carreteras privadas. Lo colectivo se volvió sospechoso y lo privado, el refugio político del desencanto.

Contradictoriamente, creo que es muy válido que la derecha quiera reescribir a historia a su conveniencia, pues las ideas de izquierda o derecha son caprichos simbólicos que se transforman todo el tiempo. El progresismo, por ejemplo, se asocia a la izquierda porque era la izquierda la que creía genuinamente creía en que el progreso tecnológico contribuiría al bienestar general. Hoy la izquierda necesita ser cauta frente a la tecnología, mientras que es la derecha la que quiere implementar cualquier tecnología sin importarle sus consecuencias sociales o ambientales. La izquierda solía ser partidaria de la liberación sexual. Hoy el feminismo pone a la izquierda en oposición a la prostitución y la pornografía, mientras que la derecha defiende la libertad de empresa, incluso si eso implica la degradación física de los seres humanos. En el relato liberal brilla la fantasía postapocalíptica zombie del individualismo contra el colectivo. Es decir, el colapso de la civilización. Aquí aparecieron los políticos libertarios para destruir lo poco que funcionaba y agrandar la destrucción de lo que ya estaba dañado.

El Estado somos todos. El estado no es una lista de funcionarios elegidos en elecciones amañadas o una lista de burócratas de carrera, el Estado nos pertenece a todos y a todos nos incumbe. Sin embargo, esta idea reveladora, esta idea terriblemente impopular que todas las ideologías querrán ocultar cuando les conviene, es a lo mejor lo único que nos puede salvar de la barbarie. El Estado no es el misterioso templo propiedad de los tecnócratas. Si cooperamos entre todos, la vida nos resultará más fácil; esa certeza nunca podrá privatizarse.

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