miércoles, octubre 28, 2026

Ruleta rusa sobre el asfalto

El reciente incendio de un autobús de pasajeros en el sector de Pericongo pone al descubierto la ineficacia de los controles técnicos y operativos en el país. Una cadena de negligencias mecánicas e institucionales que convierte a los usuarios en las víctimas silenciosas de un sistema fallido.

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A las 5:00 de la mañana de este martes 27 de octubre, el pánico se apoderó de los ocupantes de un bus de Cootransmayo que cubría la ruta Bogotá-Mocoa cuando el vehículo se envolvió en llamas en plena marcha sobre la Ruta 45, en jurisdicción del municipio de Timaná, en el departamento del Huila. Aunque la rápida evacuación evitó una tragedia humana, el siniestro destapó una realidad ineludible. La total vulnerabilidad de los pasajeros frente a un sistema de vigilancia disperso, donde las inspecciones profundas son reemplazadas por planillas de papel, dejando la vida de los viajeros a merced de la negligencia corporativa y la suerte.

El trauma de los usuarios

El reporte oficial confirma que el incidente dejó únicamente daños materiales gracias a la rápida evacuación de los ocupantes. Sin embargo, el trauma para los usuarios es innegable. Nos subimos a un bus confiando nuestras vidas a un sistema que nos falla sistemáticamente y nos obliga a preguntarnos a quién le corresponde vigilar de manera efectiva el estado de los vehículos de pasajeros en Colombia.

Una cadena rota de vigilancia

Detrás de cada incendio o falla mecánica existe una cadena institucional de supervisión que se rompe con una frecuencia alarmante dejando a los pasajeros en total indefensión. En el papel, nuestro país cuenta con un esquema de control compuesto por cuatro niveles. La Superintendencia de Transporte ejerce como máxima autoridad de inspección, pero su labor es principalmente de escritorio y sus sanciones llegan cuando los siniestros ya han ocurrido. Por su parte la Policía Vial verifica documentos en las carreteras, pero la detección de fallas internas o modificaciones eléctricas complejas escapa del alcance visual de un puesto de control convencional.

No existen verdaderos controles sobre el estado de los vehículos de transporte de pasajeros

El engaño del mantenimiento

El tercer eslabón recae en los Centros de Diagnóstico Automotriz encargados de evaluar los vehículos anualmente. Lamentablemente este certificado es solo una fotografía de un día específico que no garantiza el desgaste acelerado ni previene las alteraciones mecánicas realizadas semanas después. Finalmente, las empresas de transporte y las terminales representan la verdadera primera línea de prevención. Ellas tienen la obligación de aplicar planes estratégicos de seguridad vial y reportes rigurosos de alistamiento preoperacional antes de cada viaje. La triste realidad para los usuarios es que estas revisiones a menudo se convierten en trámites de papel y firmas vacías.

Modificaciones mortales

Gran parte de las conflagraciones en buses interdepartamentales nacen de modificaciones no homologadas en el sistema eléctrico para conectar pantallas individuales o tomas de corriente. Los controles diarios se limitan a chequeos visuales básicos de aceite o llantas dejando completamente de lado revisiones minuciosas del cableado cerca de las zonas calientes del motor. Un verdadero alistamiento detectaría un fusible sobrecargado antes de abandonar la terminal.

La burla de las responsabilidades

Este panorama desolador se suma a las estadísticas fatales de la Agencia Nacional de Seguridad Vial que reportó más de cuatro mil setecientas personas fallecidas durante el primer semestre del año en el país. Los siniestros en los corredores viales generan consecuencias catastróficas por la alta cantidad de víctimas potenciales en cada recorrido. La brecha entre las leyes redactadas en Bogotá y la realidad en las carreteras es mortal. Cuando ocurre una emergencia la responsabilidad se diluye en un cínico juego de culpas entre el conductor la empresa dueña del bus el centro de diagnóstico y las autoridades de tránsito.

Mientras el control continúe disperso y la revisión técnica diaria se asuma como un mero formalismo burocrático la vida de miles de viajeros seguirá dependiendo exclusivamente de la fortuna. Los usuarios exigen garantías y vigilancia estricta porque la seguridad no puede quedar a merced de la negligencia corporativa ni depender de una carrera desesperada para huir del humo en plena madrugada.

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