Mientras dos emblemáticos festivales de música tradicional anuncian su fin tras más de 20 años de historia, el IV Festival de Cuenteros “El Macizo Cuenta” de Pitalito sufre una drástica transformación. En su edición 2026, la esencia de la narración oral con sentido social es desplazada por el humor comercial y figuras de la televisión nacional, desdibujando su vocación patrimonial en favor del entretenimiento masivo.

El próximo 6 de noviembre, en el marco del 62° Festival Cultural Laboyano, el municipio de Pitalito será escenario de un giro de 180 grados en su agenda institucional. El IV Festival “El Macizo Cuenta”, concebido hace apenas cuatro años para preservar la narración oral y la memoria comunitaria, abandonará su formato tradicional para cederle la tarima a reconocidos comediantes del stand-up y la televisión colombiana. Esta controvertida metamorfosis decreta la muerte prematura de un espacio patrimonial, justo en un año fatídico que también sepulta a dos de los encuentros de música andina y tradicional más longevos de la región.
El luto de las tradiciones sonoras y narrativas
Las músicas tradicionales andinas y colombianas lloran hoy la desaparición de dos de sus eventos referentes. El Encuentro Nacional de Músicas Tradicionales “Recuerdas” y el Festival Nacional de Música Andina Latinoamericana “Faiver Olave”. Ambos espacios han anunciado su fin tras más de dos décadas de ininterrumpida resistencia y construcción de identidad. Irónicamente, a la par de estas pérdidas históricas, otro espacio agoniza en silencio, pero no por falta de presupuesto, sino por una mutación letal: el Festival de Cuenteros “El Macizo Cuenta” muere de tajo en su esencia fundacional.
De la estructura narrativa al remate fugaz
La tarima laboyana ya no será el escenario de los narradores orales que, a través de la magia de la palabra, preservan la memoria del Macizo Colombiano. En su lugar, la organización ha decidido apostar los recursos públicos por la espectacularización, entregando el micrófono a figuras consagradas del humor televisivo y urbano como Mauricio Núñez “Chester”, Lina Adarme y Fabián David Ortiz, el “Rockero Popular”.
Desde la perspectiva cultural y con un respeto profundo por las artes escénicas, es necesario distinguir claramente la frontera que se ha decidido borrar, pues son disciplinas diametralmente distintas. El cuentero es un tejedor de mundos; su arte consiste en hilar una historia completa, con un inicio, un nudo y un desenlace, valiéndose de la modulación, los silencios y la imaginación para conectar con la fibra emocional y la reflexión social del público. Su relato es una estructura viva que no mendiga la carcajada.
Por el contrario, la dinámica del “cuenta chistes” o del comediante de stand-up obedece a una sucesión independiente de premisas y remates rápidos. Su objetivo primordial, válido y enormemente meritorio en su propio circuito, es la risa inmediata y constante, a menudo cimentada en el estereotipo de la idiosincrasia o en la neurosis cotidiana.
La taquilla y el rating vs. patrimonio inmaterial
Los cuestionamientos de algunos cultores a la llegada de Chester, Adarme y El Rockero Popular al festival no es un ataque a su innegable talento y trayectoria. La controversia recae sobre la administración pública —encabezada por el Instituto de Cultura, Recreación y Deporte, que ha abandonado su agenda de preservación y aprecio por el arte de la cuentería. Amparados en el afán de garantizar aforos masivos y justificar cuantiosas inversiones bajo la compleja maquinaria del Decreto 1082 y los fondos de la Estampilla Procultura, se ha optado por ofrecer un producto de digestión rápida.
El Festival de Cuenteros nació para darle voz a profesionales, estudiantes universitarios y muchos narradores orales que tienen historias profundas y estructuradas por contar. Hoy, esa vocación es desplazada por relatos de despecho, humor verde, negro y sátira de clases sociales importados de la televisión nacional. El recurso público, diseñado para proteger la fragilidad del patrimonio inmaterial, termina financiando el entretenimiento comercial, marginando al cultor que no cuenta con el poder para competir en este nuevo modelo de mercado.
Una plaza llena, una memoria vacía
El IV Festival “El Macizo Cuenta” será, casi con total seguridad, un rotundo éxito de taquilla. Pitalito aplaudirá y reirá a carcajadas la próxima semana. Pero en medio del eco de esa risa masiva, queda flotando una cruda reflexión: ¿Vale la pena sacrificar la profundidad de nuestras narrativas ancestrales por la fugacidad de un remate cómico? Cuando el chiste de televisión silencia el cuento con sentido social, perdemos mucho más que un festival; perdemos el derecho sagrado a contarnos a nosotros mismos.










