Una perspectiva sincera y objetiva

He querido documentarme un poco sobre el melodrama político local que despertó el proyecto Parque del Café, que nuestro alcalde actual, Yider Luna, quiere llevar en el parque Valvanera. He encontrado columnas y publicaciones sentimentales y horribles escritas con ChatGPT llenas de poesía pueril e irresponsable, y veo que ha despertado en Pitalito un activismo instagramero y abrazárboles por el que no sé qué sentir. No quiero deslegitimar el activismo ni la indignación ciudadana; desde luego que los árboles son importantes y en nuestro municipio, cada día más caliente y asfixiante, los necesitamos en el espacio público para bajar la temperatura, pero las alcaldías y las secretarías de planeación son jurídicamente responsables por los daños que causen cuando estén enfermos o a punto de caerse. Sin embargo, y pareciera que no somos del todo conscientes del cómo opera nuestro sistema de conservación ambiental, pues un árbol sano es un costo de mantenimiento y un pasivo latente que podría resultarle incómodo a un administrador, y de hecho, todas nuestras administraciones locales parecen actuar en una dirección, que es la omisión activa. Ni los ciudadanos indignados ni el alcalde que necesita ejecutar presupuesto piensan mucho en recuperar o tratar los árboles, porque eso no da fotos para instagram, ni contratos ni votos para nadie. En cambio, un árbol enfermo, una vez dictaminado como irrecuperable, es un pasivo que se arregla desapareciendo. El mismo derecho ambiental que debería proteger al árbol lo condena pues no existe una compensación suficiente para su situación de amenaza jurídica.
Lo importante entonces es, ¿por qué dejamos llegar hasta el punto de la demolición las cosas que decimos que nos importan? A las personas indignadas con el proyecto, quiero hablarles de una práctica común en Pitalito—y en la mayoría de las ciudades latinoamericanas—que en teoría de la conservación se llama «demolition by neglect» es decir, demolición por abandono. La mayoría de árboles son sometidos, activamente o no, a este concepto. Y también le ocurre a los lugares o monumentos históricos.
Verán; una buena demolición o destrucción de patrimonio debe planificarse durante muchos años, y la forma correcta no es llevándose el terreno o el espacio inmediatamente, sino dejándolo morir, como a un árbol. No se le debe brindar seguridad, y a la gente debe resultarle incómodo apropiarse, transitarlo o disfrutarlo. Mienten un poco los activistas, embriagados por el romanticismo, diciendo que esto todavía es posible. Para poder privatizarlo tranquilamente no se le debe facilitar el disfrute público porque impediría su colapso por entropía. Es decir, el abandono estatal es una política activa de no hacer, y no proviene de esta administración, sino de la concepción técnica del Estado de los últimos 30 años; la desaparición de los árboles urbanos es una de las huellas más tangibles de la tecnocracia administrativa.
Hay documentos que prueban esto incómodamente. El Manual Verde para la gestión del arbolado urbano de Pitalito se hizo en el marco del Convenio Interadministrativo 139 de 2015, bajo la alcaldía de Pedro Martín Silva. Queridos lectores, deberían revisarlo; es un documento alojado en el servidor municipal que se puede consultar en línea. Se contrató como un censo georreferenciado con GPS y SIG (ArcGIS) árbol por árbol en todo el municipio. Este documento dice que tenemos 4.124 activos forestales en el casco urbano, cada uno con especie, coordenadas, estado sanitario, daños de tronco, raíces e infraestructura. De los 4.124 árboles censados, 2.340 tenían daños mecánicos en el tronco (el 56,7 %, más de la mitad), 310 estaban en estado sanitario “malo”, 511 con follaje raleado (0–25 %), y 42 ya figuraban como “árbol seco”, muerto en pie, hace diez años. Es decir, desde hace una década el municipio sabe cuántos árboles tiene, dónde están y en qué estado. Y aunque semejante insumo debió servir como herramienta de diagnóstico y prevención, para no llegar a la demolición por abandono, lleva una década y no ha servido para mucho, pues podemos verlo cada vez que algún funcionario llega con su motosierra y un documento incuestionable. El propio documento resalta la ausencia de prácticas de mantenimiento como podas, limpieza, fertilización y fumigación. Es decir, en la clásica tragedia administrativa colombiana, el instrumento para evitar la poda se construyó y se dejó morir. Eso es demolición por abandono aplicada al instrumento mismo que debía impedirla.
En marzo de 2025 la CAM publicó el estado del Plan de Silvicultura Urbana (PSU), que es de obligatorio cumplimiento desde el artículo 56 del Acuerdo 009 del 25 de mayo de 2018. Nueve municipios ya tienen el PSU aprobado —Tesalia, Gigante, Hobo, Oporapa, Acevedo, Suaza, Garzón, Nátaga y Campoalegre—, y Pitalito está entre los once que lo presentaron, pero recibieron requerimientos de ajustes y siguen pendientes de corregir. Siete años después de que fuera obligatorio, todavía no tenemos un PSU aprobado —mientras Nátaga, Hobo u Oporapa, pueblos mucho más pequeños, ya remediaron este requisito. Puede que a lo mejor estoy mintiendo y el (PSU) de Pitalito ya está en algún lado, redactado y guardado en la gaveta de alguna oficina, pero lo cierto es que no está disponible en internet.
Amigos abrazárboles, estamos peleando por cadáveres. Esto no es una conspiración, o si quiera una decisión de malvado de caricatura; es la lógica del mercado aplicada a los espacios públicos, neoliberalismo puro y duro como concepto urbanístico. Cuando el lugar está en estado terminal y ya es irrecuperable, y la administración tiene suficiente justificación técnica para destruirlo, la demolición es incuestionable jurídicamente. El alcalde Yider Luna está recogiendo el abandono de muchas administraciones anteriores sobre el parque Valvanera, y al mismo tiempo está pecando por desentenderse del PSU, así como otros recogerán su abandono del edificio de empresas públicas, el parque de la orquídea y otro montón de espacios públicos que necesitan mantenimiento con urgencia (A propósito, el consejo municipal de la mujer lleva una lucha administrativa que ojalá despierte tanto interés tratando de rescatar el espacio del aula ambiental, con el interés de recuperarlo como espacio público colectivo. En el Manual Verde para la gestión del arbolado urbano no aparecen los árboles del aula ambiental, que parecieran bastante vitales, e incluso nocivos con la infraestructura que se intenta recuperar, gracias a que están por debajo del umbral de atención pública. Ojalá la quijotesca tarea del consejo de la mujer de reapropiarse del aula ambiental con escobas, machetes y palas —el lado incómodo del activismo— despierte tanto interés de un Pitalito mediatizado por las redes sociales)
Mi invitación, tanto para activistas como para los abrazárboles, es que no permitamos la última estancia. Reclamemos cuidado activo y permanente de los pocos árboles urbanos que quedan en la ciudad, porque la política pública se está limitando a cortarlos cuando estorban. Así como lentamente nos hemos ido quedando sin árboles en el casco urbano, otros espacios públicos están amenazados, como la alcaldía antigua, que pronto llegará al dictamen «Es más barato demoler que restaurar» que siempre resulta irrefutable para los neoliberales. Apropiémonos de los espacios de Pitalito antes de que sea demasiado tarde, no como foto en el activismo fatalista que es muy viral en Instagram, sino como conciencia popular de aquello que nos pertenece.
Después de todo, los tecnócratas están programados para destruir todo lo que la gente no utilice.









Una respuesta
Realismo Laboyano del siglo XXI.