Foto: Samuel Scott, David Cordingly y otros.
Mientras la historia naval de Colombia se ha centrado en las riquezas hundidas, otro barco que arribó por la época en que naufragó el emblemático Galeón San José resguardaba un tesoro muy distinto: el conocimiento. En 1706, un envío de libros zarpó de Europa hacia Cartagena, iniciando una travesía épica en la que los textos superaron océanos, ríos caudalosos y montañas escarpadas hasta llegar a los Andes de Suramérica.
La sociedad de Cortejarena
La logística de este singular envío comenzó en el norte de la península ibérica, liderada por Juan Bautista de Cortejarena, un adinerado comerciante del siglo XVIII originario de la villa de Ituren, en Navarra. Su ambición comercial lo llevó a establecerse en la bahía de Cádiz, en el Puerto de Santa María, el principal punto de partida hacia el Nuevo Mundo. Allí formó una fructífera alianza con Juan Vizarrón y Araníbar, quien provenía de dos familias de armadores y navegantes vasco-navarros con una fuerte presencia en América.
Cuando la Flota de Tierra Firme, capitaneada por el inmenso galeón San José, se preparaba para zarpar en 1706, la sociedad aprovechó un barco clave para su empresa. Se trataba del navío Sol de la Divina Gracia, dirigido por Juan Martín de Vicuña y Araníbar, pariente del socio de Cortejarena. Esta embarcación fungía como “patache de Portobelo”, un barco de apoyo encargado de cubrir la ruta regular entre Panamá y Cádiz movilizando mercancías, pasajeros e información de vital importancia.
Cortejarena embarcó su carga bajo su propio nombre utilizando varios “frangotes”, el término empleado en la época para referirse a los bultos o fardos de carga. Para evitar extravíos, estos frangotes contaban con marcas distintivas y se enumeraron meticulosamente del “uno” al “tres”. Sin embargo, la navegación en el siglo XVIII era riesgosa; por ello, el comerciante dejó firmado un poder a favor de su hermano, su sobrino y su socio para disponer de sus propiedades en caso de que perdiera la vida en algún accidente o enfrentamiento armado.

Foto: Cortesía ICANH
El escape de la Batalla de Barú
Las precauciones de Juan Bautista resultaron innecesarias, ya que la sociedad con Vizarrón alcanzó un éxito comercial abrumador en los puertos de Cartagena y Portobelo. Además, la fortuna les sonrió en junio de 1708: mientras el galeón San José caía hundido bajo fuego enemigo en la famosa batalla de Barú, el Sol de la Divina Gracia no participó en el conflicto. Gracias a esto, sus caudales, su carga y sus tripulantes, incluido el propio Cortejarena, resultaron ilesos.
Su éxito fue tal que, tras regresar a España, el navarro pudo disfrutar ampliamente de su nueva fortuna. Los archivos históricos indican que para 1715 ya residía en su natal Ituren, donde vivía en un castillo y se le concedió no solo la hidalguía, sino un escudo de armas personal.

Foto: Cortesía ICANH
El peligro de importar libros
A pesar de que el comerciante navarro regresó triunfante a Europa, la historia de uno de sus frangotes apenas comenzaba en América. Existen recibos históricos que permiten rastrear qué sucedió con el frangote “número uno”, el cual fue entregado directamente desde Europa a manos de Francisco García, un residente de Cartagena.
El contenido principal de este bulto eran libros. En esa época, los textos impresos eran piezas invaluables que mantenían a las colonias conectadas con los avances intelectuales europeos, pero al mismo tiempo eran considerados una mercancía profundamente peligrosa y engorrosa. Importar conocimiento implicaba enfrentarse a un rígido sistema de vigilancia imperial y a las constantes censuras religiosas.
García tuvo que lidiar con una asfixiante burocracia y pesadas cargas impositivas. Solo hasta 1709, tres años después de que el Sol de la Divina Gracia anclara en Cartagena, los libros recibieron el permiso para salir a través del canal del dique y adentrarse en el río Magdalena rumbo a Mompox. El viaje se realizó utilizando enormes canoas conocidas en la época como “champanes”, llamadas así por su similitud visual con ciertas naves de origen chino.
La conquista de la cordillera
La pesadilla logística no terminó ahí. Al llegar a Mompox, Francisco García fue sometido nuevamente a trámites legales y al cobro de más impuestos. Finalmente, en septiembre de 1711, el cargamento literario llegó al puerto de Honda, en el actual departamento del Tolima.
Para superar las montañas, García contrató a Francisco Antonio Criales, quien tuvo la misión de trasladar la encomienda por los exigentes caminos terrestres hacia “Santa Fe [actual Bogotá], Popayán o Quito”. Los últimos registros de este envío están fechados en Honda el 31 de octubre de 1711, día en que Criales inició su ascenso hacia las elevadas altitudes de los Andes.
El viaje de este frangote nos revela que, más allá de la plata y el oro, existía una sed de conocimiento intelectual que lograba abrirse paso a escala global, esquivando batallas navales, impuestos y selvas. Resulta asombroso pensar que los impresores de esos ejemplares europeos jamás sospecharon que sus obras terminarían siendo leídas en los poblados remotos de las altas montañas andinas. En Enredijo seguiremos desentrañando estas apasionantes crónicas olvidadas que demuestran que, a veces, el mayor tesoro recuperado de los tiempos del Galeón San José es la historia misma.
La información de este artículo fue recopilada por nuestro equipo periodístico. La redacción se realizó con asistencia de inteligencia artificial.









Una respuesta
Gracias a Enredijo por informarnos de estos tesoros literarios. La tarea creo será saber cuáles fueron esas primeras publicaciones en manos de los Mestizos..