Córdoba amanece nuevamente bajo el agua. Mientras las comunidades de Cereté, Tierralta y el Bajo Sinú evacúan sus enseres en canoas improvisadas, una voz del pasado resuena con una vigencia escalofriante. “Córdoba está inundada y hace cuarenta años esto no pasaba, pero hace veinticinco ya se había anunciado que pasaría”. Estas palabras no son de un reporte climático de hoy, sino la advertencia que Kimy Pernía Domicó, el líder Embera Katío desaparecido por las AUC en 2001, lanzó al mundo antes de que el concreto silenciara al río Sinú . Hoy, en medio de la emergencia invernal que enfrenta el departamento y las críticas del presidente Petro a la gestión de la hidroeléctrica, la historia parece darle trágicamente la razón.
Urrá: La “abeja” que aguijoneó al río
Para los ingenieros y la banca multilateral, Urrá era sinónimo de kilovatios y progreso. Para el pueblo Embera, Urrá tenía otro significado: “la abeja pequeña que hace daño” . Según los archivos recuperados por Enredijo, la licencia ambiental y la construcción de la represa en los años 90 se vendieron bajo la promesa de ser un proyecto multipropósito que traería desarrollo y control de inundaciones.
Sin embargo, la realidad denunciada por Pernía y confirmada por décadas de crisis ambiental fue otra. El desvío del río Sinú en 1995 no solo alteró el curso del agua, sino el destino de miles de personas. “El propósito de la represa era secar los humedales y la ciénaga para que el Incora se las titulara a los terratenientes”, denunciaba el líder indígena . Esta transformación forzada del paisaje facilitó la expansión de la frontera agrícola y ganadera en favor de unos pocos, mientras despojaba a las comunidades anfibias de su sustento vital.
El fin de la subienda y el hambre aguas abajo
El impacto más devastador, y que hoy se siente con fuerza en la seguridad alimentaria de la región, fue la ruptura del ciclo natural del río. La represa funcionó como un muro de contención que impidió la migración de peces, acabando con la histórica subienda del bocachico, base de la dieta y economía de los pescadores del Bajo Sinú.
El documento fuente es lapidario al respecto: “La represa trajo la muerte a nuestra gente. Muerte de los pescados, muerte de los miembros de la comunidad que han sentido la pérdida de proteínas” . A esto se suma un desastre silencioso: la descomposición de más de 7.000 hectáreas de biomasa que no fueron removidas antes del llenado del embalse, generando gases de efecto invernadero y plagas que afectan la salud pública hasta el día de hoy.
¿Control de inundaciones o inundaciones controladas?
La emergencia actual en febrero de 2026 reaviva el debate central: ¿Sirve Urrá para controlar las inundaciones? La respuesta técnica es compleja, pero la realidad social es evidente. Aunque la hidroeléctrica argumenta que amortigua las crecientes, las comunidades aguas abajo denuncian que las descargas masivas de agua se realizan para salvar la infraestructura de la presa cuando esta llega a su límite, sacrificando a los pueblos ribereños.
Tal como predijo Kimy Pernía hace más de dos décadas, la represa no controlaría “todas las inundaciones, sino las menos graves” . Hoy, con el río desbordado y el gobierno nacional cuestionando las decisiones de generación de energía sobre la seguridad humana, queda claro que el “desarrollo” prometido ha significado para muchos “el desconocimiento de nuestros derechos” y la inundación de sus sitios sagrados .
La inundación que hoy cubre gran parte de Córdoba no es solo un fenómeno climático; es un recordatorio de una advertencia ignorada. El río Sinú, “herido de muerte” según la visión Embera, sigue reclamando su cauce. Mientras se coordinan las donaciones para los damnificados en zonas como Cereté , es vital recordar que esta tragedia tiene raíces profundas en decisiones tomadas hace treinta años. En Enredijo, seguiremos monitoreando la situación, porque como dijo Kimy: “La historia nos ha dado la razón” .








