jueves, abril 2, 2026

Una noche llamada Passiflora

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Revista Passiflora de Pitalito

Una tarde cualquiera, Jeisson llegó a mi casa del barrio Manzanares con una revista en su bolso guajiro, me las ofreció como si fuera un pequeño tesoro recién descubierto. No habló mucho. No le hizo falta. Bastó su brillo en los ojos para comprender que aquello era especial.

Comencé a hojearla y, con cada página, crecía en mí una emoción difícil de traducir: jóvenes laboyanos, tan preparados, tan atentos a su territorio, habían decidido escribirlo, registrarlo, defenderlo desde la palabra. Quedé muda, pero con el alma alborotada.

Sin pensarlo, llamé por teléfono a varios integrantes de la Tertulia de Leonor. Les leí la tabla de contenido y les invité a que la incluyéramos en nuestro próximo encuentro.

El sábado 6 de diciembre era ya de noche, 7:30 pm.  Movidos por esa alegría, emprendimos viaje hacia Los Arreboles. Mi esposo conducía con prudencia; temía que la camioneta no respondiera el empinado camino.

A las 8:00 pm. llegamos. Nos sorprendió ver a varios adultos ya instalados, como si la edad no fuera más que un detalle ante la fuerza de la literatura. Desde ese mirador, Pitalito se extendía a nuestros pies, iluminado y apacible. Sobre nuestras cabezas, una luna hermosa parecía bendecir la velada.

La presentación inició con una armonía perfecta: la voz cálida de Marcela, joven magíster en literatura, dueña de una dicción que acariciaba cada frase, y Luis, filósofo, quien la acompañaba con sobriedad, presición y seguridad. Una música suave enmarcaba el diálogo, como si quisiera proteger cada palabra que nacía allí.

Me negué a perder detalle. Tomé nota de los aspectos relevantes y de los aportes de quienes alzaron la voz para ofrecer su colaboración para el próximo número. Aquello no era solo una presentación: era el nacimiento de una comunidad.

Mi amiga Luisa Alejandra Morales quien se encontraba de visita y nos acompañó, me interrumpía a cada momento para agradecerme por tan magnifica invitación.

El maestro Isaías Peña Gutiérrez tomó la palabra y recordó la importancia de reconocer a los personajes que han dejado huella literaria en Pitalito. Mencionó con especial énfasis a Teófilo Carvajal Polanía, TECAPO, figura imprescindible de nuestra memoria cultural. Yo, desde mi lugar, insistí en la necesidad de reclamar recursos del Estado para fortalecer estos esfuerzos que tanta semilla dejan en la tierra del espíritu.

Las agrupaciones musicales hicieron lo suyo: envolvieron el ambiente en un ritmo sereno que transformó el coctel en un pequeño banquete para el alma. Por un instante, hasta mis medicinas quedaron suspendidas; la emoción de la noche tenía más fuerza que cualquier tratamiento.

Así nació Passiflora ante mis ojos: bajo la luna, entre jóvenes que creen en la palabra y adultos que la celebran, en un mirador donde la literatura parecía brotar del paisaje.

Y supe, entonces, que la combinación de juventud y experticia se revela aquí como un potente germen para seguir creciendo, creando y aportando a la formación de una sociedad más justa y consciente de su herencia y que el Valle de Laboyos tiene todavía muchas historias por decir… y muchas manos jóvenes dispuestas a escribirlas.

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