Es curiosa la sincronicidad del universo. Dune, la saga escrita por Frank Helbert que cuenta la historia de un joven noble al que le asesinan al padre y que por misterios de la trama termina convertido en líder de un planeta desértico, presentó hace algunos días el tráiler de su tercera entrega que llegará a mediados de diciembre. Dentro de la historia, quienes han visto las dos primeras entregas, o de casualidad han leído los libros, sabrán que destaca una organización secreta llamada las Bene Gesserit. No hay una traducción para aquel lenguaje sagrado inventado por Helbert, que suena místico y monástico; durante miles de años, las Bene Gesserit han construido un mito religioso en los pueblos controlados por el imperio, un mesías esperado cuyo objetivo es la redención humana. Ellas —son una organización exclusivamente femenina— han diseñado cada detalle de la mística alrededor de ese mesías, diseñado, prefabricado y preparado genéticamente para convertirse en el ejecutor y epicentro de sus intereses geopolíticos. A este trabajo Helbert lo llamó ingeniería religiosa; la creación de religiones sometidas a la política . Ese mesías prometido llega, tal y como lo desearon, pero las consecuencias les explota en la cara, casi extinguiéndolas por 3500 años.
Hace dieciocho años tuve una expareja fanática de Herbert. En medio de alguna broma o discusión adolescente, ella me dijo alguna vez que la psicohistoria de la obra Fundación, escrita por Asimov—una ciencia que utiliza el cálculo matemático para predecir estadísticamente lo que sucederá en el futuro con siglos de antelación—era muy inferior históricamente a la ingeniería religiosa de las Bene Gesserit. Yo defendía lo contrario, pero los caprichos del tiempo le dieron la razón a ella. En el 2008 ya sabíamos que los movimientos cristianos se habían apoderado del gobierno norteamericano, pero era impensable que el orgulloso laicismo de las instituciones norteamericanas claudicara en vez de recuperar fuerzas durante la administración Obama. Superficialmente eso parecía, la chifladura religiosa era imposible en la democracia más antigua de occidente. En realidad, el germen escatológico apenas y brotaba sus pequeñas raíces , y la construcción del mito mesiánico sionista tardaría años en mostrar sus verdaderos efectos. Estados Unidos estaba condenado, llevaba décadas condenado por una metástasis silenciosa en la cultura y la academia, y la administración Bush apenas nos dio indicios modestos de esa enfermedad.
Ahora mismo me parece que ya no existe ningún elemento de Estados Unidos que no esté contaminado por la escatología apocalíptica. EEUU es una nación diseñada para servir a un proyecto político como Israel desde sus inicios. Lo que en realidad fue temporal e increíblemente frágil fue esa breve época de separación entre el Estado y la religión, que apenas duró un poco más de doscientos años. Pero esa etapa ha terminado. Las Bene Gesserit del mundo real, que por ningún motivo están compuestas sólo por mujeres, lograron aquí también establecer su mito mesiánico político.
El objetivo de los judíos y evangélicos sionistas es la construcción del tercer templo de Salomón. Mientras los judíos creen que este sí será el verdadero envidado de Dios los evangélicos creen que esta será la segunda venida de su visión retorcida de Jesús. Nada de esperar los misteriosos designios de Dios, de soportar más su silencio; ellos necesitan la fabricación artificial de un Mesías ahora, no en mil o dos mil años. La ambición es que la geopolítica provoque un evento teúrgico con el Dios del antiguo testamento obligándolo a intervenir. Todas las sectas cristianas derivadas de las campañas de control político de la CIA tienen ese objetivo: convencer a occidente de que el final de nuestra cultura, de la tradición occidental, es la nueva Jerusalén. ¿Por qué el catolicismo no es relevante en ese mito? Porque la cosmovisión católica, pese a los siglos de errores religiosos, de matanzas, inquisiciones y cruzadas, tiene dentro de su dogma que no existe un epicentro religioso, que la iglesia es una sola donde Roma es solamente representativa y vicaria. La evangelización cristiana no puede depender de la raza. El catolicismo por etimología se pretende universalista. Una parroquia en la Patagonia, o en Mongolia son tan cercanas a Dios como la mismísima Roma. El Papa es otro párroco más, con una feligresía de 1500 millones de personas.
¿El relato religioso anula el relato económico? No; ambos se complementan. El Israel que Netanyahu gobierna no es solo la nueva Meca de los evangelistas, también será el epicentro de una economía que depende de Israel para seguir funcionando. El dominio de la IA será israelí. De hecho, no pocas voces han vinculado a la IA como el viejo mito del Golem de Ámsterdam, un ser artificial construido para defender a los judíos. Este relato religioso choca inevitablemente con el cristianismo.
Aún sin admitir a Jesús como un verdadero mesías, el judaísmo si reaccionó al cristianismo y su moral para crear un relato mesiánico que contradiga radicalmente la doctrina cristiana. Muchas sectas judías supremacistas, que la propia ortodoxia judía persiguió por extremistas y herejes, han visto al mal como el epicentro de un mesianismo libre de cualquier parecido con Jesucristo. Shabtai Tzvi, padre de los zabateos, se declaró en el siglo XV como el verdadero mesías. Su mandado fue uno solo; la salvación se logra contradiciendo cualquier mandato ético, cualquier moral contaminada por la piedad o la caridad cristiana; es decir, se comunicarían con Dios causando mal en el mundo, tal y como Dios se vio obligado a mostrarse durante la esclavitud en Egipto, pues si el mundo sufre lo suficiente seguramente estaría obligado a intervenir.
Los movimientos evangélicos no han sido convencidos para llevar a cabo esta misma visión, sino que esta escatología lo fundamenta; desde un inicio se fundaron bajo la convicción de que tendrán el privilegio de presenciar el fin del mundo. Cuando los mismos judíos trataron de perseguir esta herejía, los sabateos se convirtieron al cristianismo para que la Iglesia los defendiera, disfrazándose de conversos, escondiéndose y mezclándose de puertas para afuera con el catolicismo, y luego con el protestantismo.
¿Puede alguien imaginar a Estados Unidos sin las fantasías sobre el fin del mundo? Que no empezaron ayer, sino que consumen la imaginación norteamericana desde la invención de la bomba atómica. ¿Queda algo de la democracia norteamericana? Lo sabremos en las siguientes elecciones, si por si acaso llegan a realizarse.








