Imagen: Academia Huilense de Historia
El estudio de los archivos relativos a las celebraciones religiosas en la Provincia de Neiva (comunes en la Nueva Granada) permite identificar una serie de festividades de obligatoria observancia, a saber: Jueves y Viernes Santos, Corpus Christi y la Inmaculada Concepción, patrona de la ciudad. Dichas fechas, especialmente las de Semana Santa, se caracterizaban por el rigor y la estandarización de las ceremonias litúrgicas, ajustadas a las rúbricas eclesiásticas y reguladas por la Corona mediante la Real Cédula del 26 de diciembre de 1779, cuyo propósito era contrarrestar o eliminar prácticas locales consideradas no autorizadas o heterodoxas.
Dentro de las tradiciones religiosas se encontraban la ceremonia del lavatorio de los pies a doce personas, en representación de los apóstoles; la procesión del Santísimo Sacramento y la construcción del monumento o sagrario para su culto, costeado en ocasiones por las autoridades locales o por la comunidad, dependiendo del poblado (Jueves Santo). Para el Viernes Santo, se realizaban el viacrucis acompañado del sonido de la matraca y el sermón de las Siete Palabras. La misa de Pascua incluía, además, el encendido de fogatas, la quema de pólvora, música e incluso toreo.
Estos días eran objeto de estricta vigilancia con el apoyo del cabildo de la ciudad. Se publicaban bandos que ordenaban a todos los vecinos y autoridades civiles concurrir a los oficios de Semana Santa, bajo pena de excomunión. En consecuencia, muchas actividades quedaban restringidas, en tanto se esperaba un profundo recogimiento y dedicación al culto católico. Como ejemplo, en Santafé, en 1612, fueron procesados Juan de Quevedo, Adriano de las Salas y Juan de Ojeda por haber sido sorprendidos jugando naipes durante la Semana Santa. Cabe acotar que, uno de los aspectos más interesantes es que, pese al control, persistían prácticas locales como el uso de música indígena, la incorporación de danzas tradicionales y consumo de bebidas (como el guarapo y la chicha). Para algunos historiadores estas fiestas eran espacios de negociación cultural y reinterpretación simbólica del cristianismo.
Asimismo, a imitación de la metrópoli, en algunas poblaciones los reos de las cárceles solicitaban licencia para que, el Viernes Santo, se permitiera a uno de ellos salir, bajo custodia, a pedir limosna. Es posible que en algún momento se practicara el indulto, aunque no se ha hallado documentación que lo confirme; no obstante, ello no excluye tal posibilidad.
En el ámbito social, el comercio y consumo de productos cárnicos, lácteos, huevos y bebidas embriagantes estaban prohibidos en virtud del precepto del ayuno y la abstinencia. Para obtener alguna dispensa, era necesario elevar la solicitud con suficiente antelación ante la Real Audiencia, la cual la remitía a la península, donde, mediante Real Cédula, se aprobaba o negaba. En cuanto a la vestimenta, se imponía la sobriedad: las mujeres vestían la tradicional mantilla lúgubre, mientras que indígenas, negros libres y esclavos, así como mestizos de diversos estratos, procuraban ajustarse al protocolo establecido.
Cabe señalar, como antecedente significativo, que hacia 1684 surgió una disputa entre el cura de Neiva y los habitantes de los pueblos de Santiago de Nátaga y San Francisco de Íquira, quienes protestaron contra el párroco por exigirles asistir obligatoriamente a Neiva durante dichas fechas, so pena de excomunión y de una multa considerable. Si bien el fervor religioso formaba parte esencial de la vida social, no podía imponerse por encima de la seguridad y el bienestar de los fieles, quienes debían atravesar peligrosos caminos y el río Magdalena. El conflicto llegó hasta la Real Audiencia de Santafé, la cual falló a favor de los pobladores y amonestó severamente al cura por sus pretensiones, permitiendo que los habitantes celebraran el culto en sus propias localidades.
Más adelante, a mediados del siglo XVIII, se encuentra la crónica de otras celebraciones religiosas consignada por fray Juan de Santa Gertrudis en su paso por la Provincia:
—San Francisco en Paicol: «Llegué yo día sábado, y al otro día se celebraba la fiesta. Ello serían las tres y media de la tarde, y cerca de las cuatro y media trajeron dos novillos de cuatro años para torearlos en la plaza. Luego se hizo el toreo, y como los novillos eran bravos, y muy prácticos los toreadores, se pasó la tarde con mucha alegría […] (después de la oración y el canto de las vísperas en el templo) dijo el padre cura: “Ahora saldremos a ver el baile”. El baile duró hasta la madrugada, y los más se quedaron en la plaza, unos bebidos y otros dormidos».
—Vísperas de los fieles difuntos en Coyaima: «El cura no va a los pueblos sino una vez al año, a celebrar la fiesta del santo patrón […] cada año se señala, para el siguiente, un mayordomo, quien costea toda la celebración y el convite, que dura tres días. Este consiste en varios guisos de carne fresca y abundante consumo de guarapo, chicha, champús y masato, y regularmente concluye en una general borrachera».
Fuentes
AGN.Criminales-Juicios.SC.19,105,D.20.
AGN. Historia-Eclesiástica.SC.30, 18, D.22. folios 782-783.
AGN. Miscelánea.SC.39,6,D.19. folios 620-675.
De Santa Gertrudis, F. J. (1757). Maravillas de la Naturaleza. Tomo II, cap. 5.° Colección Biblioteca Banco Popular. Ed. facsimilar, 1970.
Tomado de las redes sociales de la Academia Huilense de Historia








