Foto: ®Enredijo
Justamente hoy, Viernes Santo, millones de personas en América Latina toman las calles o se resguardan en sus templos para conmemorar el Viacrucis. Sin embargo, este recorrido que narra la Pasión de Cristo ha trascendido su origen bíblico para convertirse en un poderoso escudo de identidad. Lo que comenzó como un acto de fe católica es hoy, frente a la represión política, la modernidad o el olvido, un grito colectivo de memoria viva y resistencia comunitaria que se niega a desaparecer.
Para entender el peso de esta conmemoración en la sociedad actual, debemos separar la liturgia estricta del fenómeno social y cultural. A lo largo del continente, las comunidades han tomado esta narrativa de dolor y redención para adaptarla a sus propias luchas.
Más allá del Calvario
Santa no es un acto fortuito; es una reivindicación del territorio. Cuando los barrios organizan las estaciones de la cruz, están trazando una cartografía simbólica que reafirma quiénes son y a quién pertenece el espacio público. En urbes densamente pobladas y a menudo fracturadas por la inseguridad o la desigualdad, la organización de un viacrucis obliga a los vecinos a dialogar, planificar y protegerse mutuamente, generando un tejido social que las políticas públicas rara vez logran emular.
Iztapalapa
El ejemplo cumbre de esta apropiación barrial ocurre en México. Apenas en diciembre de 2025, la UNESCO inscribió la Representación de la Semana Santa de Iztapalapa como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Lo que nació en 1833 como un pacto sagrado para detener una epidemia de cólera, hoy moviliza a más de 1.4 millones de personas. Sin embargo, su verdadero valor radica en la gobernanza informal y la resiliencia comunitaria. El comité organizador protege fervientemente la tradición frente a la instrumentalización política, exigiendo, por ejemplo, el retiro de propaganda electoral durante los días santos. Es un acto ritual organizado, financiado y vivido por el pueblo, resistiendo cualquier intento de gentrificación o expropiación cultural.
La Fe Amordazada
Mientras en México la tradición desborda los barrios, en Centroamérica el Viacrucis se ha transformado en un acto de resistencia literal frente al totalitarismo. Durante esta Semana Santa de 2026, el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua prohibió por tercer año consecutivo todas las procesiones públicas.
Según investigaciones recientes sobre la persecución a la Iglesia, tan solo en esta Cuaresma se han cancelado más de 5.700 actos religiosos al aire libre, sumando más de 27.000 prohibiciones desde 2019. Ante un fuerte despliegue policial en las calles, los feligreses nicaragüenses han tenido que realizar sus viacrucis en el interior de los templos. En este crudo contexto, rezar las estaciones se ha convertido en un acto de disidencia y valentía silenciosa, donde la imagen del Cristo perseguido y condenado injustamente funciona como un espejo directo de la realidad nacional.
Memoria ancestral indígena
El Viacrucis también actúa como un vehículo para salvaguardar las raíces originarias frente a la homogeneización de la globalización. En territorios como Alzatate y Chichicastenango, en Guatemala, pueblos indígenas como el Xinka y el K’iche’ entrelazan la Pasión de Cristo con la memoria de sus propios antepasados, caminando entre aromas de copal e incienso ancestral.
Asimismo, la creación de espectaculares alfombras de aserrín coloreado, comunes en toda Centroamérica, funciona como una barrera contra la prisa de la vida contemporánea. Quienes pasan horas construyendo estos lienzos efímeros —sabiendo que serán destruidos en segundos por los pasos de la procesión— demuestran que la identidad comunitaria no se rinde ante el utilitarismo moderno. Es una profunda lección de desapego material y orgullo territorial.
El reflejo en Colombia
Desde nuestra propia realidad colombiana, el Viacrucis resuena con un eco particular. Ciudades con tradiciones monumentales como Popayán —cuyas procesiones también son reconocidas por la UNESCO— y las expresiones de devoción local que vemos en las parroquias de nuestra región del Huila, viven esta fecha de manera intensa y aterrizada a su propio contexto.
En un país marcado por décadas de conflicto armado, el recorrido hacia el Gólgota se asimila a menudo con el sufrimiento de las víctimas de la violencia y el desplazamiento forzado. Cargar la pesada cruz de madera deja de ser solo un pasaje bíblico para convertirse en una metáfora del peso que han soportado los pueblos marginados de Colombia, haciendo de cada Viernes Santo no solo una jornada de duelo, sino también un firme ruego por la verdad, la paz y la reconciliación de los territorios.
El Viacrucis es mucho más que catorce estaciones de sufrimiento; es el pulso de los pueblos que deciden caminar juntos frente a la adversidad. Desde las multitudinarias calles de Iztapalapa, pasando por el silencio obligado de los templos en Nicaragua, hasta las sentidas procesiones de nuestro país, esta tradición demuestra que la fe, cuando abraza la identidad de una comunidad, es indestructible.




2 respuestas
En un país que se considere libre debe haber libertad para expresar las creencias. En Colombia está contemplado en la Constitución del. 91
En un país que se considere libre debe haber libertad para expresar las creencias. En Colombia está contemplado en la Constitución del. 91