En el municipio de Guacamayas, Boyacá, un valiente grupo de mujeres artesanas está reescribiendo la historia al utilizar la hoja de coca como un innovador tinte natural para sus tejidos tradicionales. Gracias a la iniciativa “Tinta Dulce”, coordinada por el estudio de diseño Ginger Blonde, estas tejedoras están transformando una planta ancestral, históricamente rodeada de prejuicios, en una poderosa fuente de creatividad, trabajo comunitario lícito y sostenibilidad ambiental en el corazón de Colombia.
De Lerma a Boyacá: La ruta creativa de la hoja de coca
El viaje de este insumo comienza lejos de los Andes boyacenses. La harina de coca es procesada y distribuida desde el corregimiento de Lerma, en el departamento del Cauca. Desde allí, viaja hacia distintos rincones artesanales de Colombia, incluyendo Curití en Santander, Sutatausa en Cundinamarca y, por supuesto, Guacamayas. Todo este ecosistema de distribución y creación es coordinado por el proyecto Tinta Dulce, liderado por el estudio de diseño bogotano Ginger Blonde.
Guacamayas, que es ampliamente conocido como “el pueblo de los mil colores” debido a su rica y colorida tradición de cestería en rollo, se convirtió recientemente en el escenario de un hito cultural. El equipo de Ginger Blonde —dirigido por las creativas Mónica Suárez y Daniela Rubio, quienes trabajan en esta iniciativa desde 2021— viajó desde Bogotá hasta este municipio ubicado cerca del Nevado del Cocuy para un estreno cinematográfico muy particular.
“Tinta Dulce”: Pantalla grande para romper el estigma
El pasado fin de semana, el cortometraje homónimo Tinta Dulce se presentó por primera vez ante el público de Guacamayas. La pieza audiovisual ilustra cómo mujeres de diversas regiones han adoptado la hoja de coca como pigmento, logrando romper con el estigma y abriendo puertas al trabajo comunitario. . El cortometraje ya había tenido su estreno internacional a finales del año pasado en el festival de cine Coca y Territorio en Chile, pero proyectarlo en casa tenía un valor emocional incalculable.
Al evento asistieron unas quince artesanas, coordinadas por Rocío Manrique de Asoartes, asociación vinculada a Tinta Dulce. Muchas llegaron desde veredas cercanas sin saber exactamente qué verían. “No sabíamos, era una sorpresa que nos dieron y nos gustó”, confesó Teodosia Buitrago, una de las protagonistas que se vio a sí misma en la gran pantalla. Al llamado también acudieron unas veinte personas de la comunidad y otros curiosos que se enteraron gracias al perifoneo del pueblo.
El impacto del mensaje fue inmediato. “Me impactó el aviso que dieron, algo relacionado con la coca, y yo dije: tengo que ir, porque lo que uno sabe es que la coca es mala, ¿no? Y se rompe ese esquema al ver que se usa para otro fin”, relató la asistente Leidy Johanna Niño. Esta misma revelación alcanzó a tejedoras experimentadas como Gilma Bustacara, quien admitió que antes pensaba que la planta no se podía utilizar, pero al ver los hermosos colores logrados descubrió que se puede trabajar sin problemas.
Tintes naturales, ecología y el futuro del diseño
El uso de la coca va más allá del simbolismo; es una apuesta firme por la sostenibilidad. En el evento se dispuso una mesa educativa que exhibía harina de coca junto a otras plantas tintóreas, como guayabo, pepa de aguacate, cúrcuma, bellota de plátano y barba de piedra. Estas propuestas promovidas por el proyecto son notablemente más amigables con la naturaleza en comparación con las tinturas manufacturadas convencionales.
Los asistentes pudieron admirar una exposición fotográfica que documentaba el proceso de tintura en visitas previas de Ginger Blonde. Además, la muestra incluyó platos, portacalientes, cuencos y canastos, evidenciando que esta innovación no solo aporta tonos intensos, sino que amplía la paleta hacia matices menos vibrantes para los nuevos gustos del mercado.
Incluso a nivel internacional, el impacto es resonante. La Organización Mundial de la Salud (OMS) se encuentra revisando investigaciones sobre el potencial uso industrial y textil de esta planta, lo que podría abrir mercados globales. Como bien concluye María Nelly Blanco, gestora cultural del municipio: “Es muy importante innovar y que se venda a otras partes, para beneficio de la gente de acá y el ingreso económico de muchas mujeres”.
El renacer de la cestería en Guacamayas a través del proyecto “Tinta Dulce” nos demuestra que la innovación cultural puede reescribir narrativas oscuras. Al convertir la hoja de coca en un pigmento lleno de vida, estas artesanas no solo protegen la naturaleza, sino que tejen un futuro económico esperanzador para sus familias. Si quieres seguir descubriendo historias que transforman a Colombia desde sus raíces, te invitamos a suscribirte a los boletines semanales de Enredijo y a compartir este artículo en tus redes.








