La marcha pacífica convocada ayer jueves en Neiva para defender el aumento del salario mínimo culminó en lamentables actos vandálicos contra la sede del Centro Democrático. Un grupo de jóvenes se separó de la movilización y atacó la infraestructura política, reabriendo una herida de polarización en la capital huilense. Este suceso nos obliga a preguntarnos: ¿por qué la violencia sigue siendo el único lenguaje frente a quienes piensan distinto?
De la reivindicación social al vandalismo político
Lo que comenzó como una legítima movilización ciudadana en favor del salario mínimo vital se vio empañado al final de la jornada. Mientras la mayor parte del recorrido transcurrió sin incidentes, un escenario de agresión tomó protagonismo en el centro de Neiva.
Al mismo tiempo, en la Plaza de Bolívar en Bogotá, el presidente Gustavo Petro defendía la medida —actualmente bajo examen del Consejo de Estado— presentando un nuevo decreto que mantiene en firme el aumento salarial del 23,8%. Luciendo una gorra con la leyenda “ni un peso atrás”, el mandatario aseguró que el país se movilizó en defensa de su dignidad y no por unas simples monedas. Además, leyó el artículo 53 de la Constitución, criticando duramente al Congreso por no expedir el estatuto del trabajador en 35 años y sugiriendo que los legisladores deberían irse a sus casas por incumplir la carta magna.
Sin embargo, el eco de esa movilización en el Huila tomó un tinte destructivo. Un grupo de manifestantes decidió desviarse del recorrido principal para arremeter contra la “Casa Uribista”, ubicada a escasos metros de la Alcaldía local. A través de videos grabados por vecinos del sector, se evidencia cómo estas personas rompieron vallas publicitarias, causaron severos daños en la fachada del inmueble y lanzaron arengas contra la colectividad. Esto generó un clima de tensión que obligó a una rápida intervención de las autoridades, quienes, aunque evitaron que la situación pasara a mayores, aún no reportan capturas y se encuentran revisando las cámaras de seguridad para identificar a los responsables.
La intolerancia en pleno año electoral
Los ataques a las sedes de los partidos no son simples daños materiales; constituyen un atentado directo contra la convivencia democrática. Los integrantes del Centro Democrático en el Huila manifestaron su rechazo categórico, denunciando que sus instalaciones ya han sido blanco de ataques en movilizaciones anteriores. La exdiputada y candidata a la Cámara, Tatiana Méndez, quien se encontraba dentro de las instalaciones durante el hostigamiento, lideró las voces de repudio frente a este caso de violencia política.
En un contexto nacional donde organizaciones como la Misión de Observación Electoral (MOE) y la Defensoría del Pueblo han venido alertando sobre los graves riesgos de radicalización ideológica y hostilidad de cara a las elecciones, estos actos resultan extremadamente alarmantes. Las tensiones institucionales y las diferencias de pensamiento están traspasando la barrera del debate para convertirse en agresiones tangibles, desdibujando las garantías de participación.
¿Por qué la violencia es nuestra respuesta a la diferencia?
A propósito de los hechos registrados ayer en Neiva, es imperativo hacer una pausa profunda desde el periodismo y la ciudadanía. La violencia sigue siendo la respuesta inmediata cuando nos encontramos de frente con alguien que piensa, opina y dice cosas diferentes a nosotros. Resulta absolutamente reprochable e inaceptable que se sigan presentando este tipo de actos de intolerancia extrema, sea quien sea la víctima y sea quien sea el victimario.
Justificar el daño a la propiedad o la agresión al opositor bajo la excusa de la protesta social es una trampa que solo perpetúa nuestro ciclo histórico de conflicto. Es urgente y necesario crecer políticamente. Colombia nos exige estar a la altura de un debate maduro si realmente deseamos voltear la página de la violencia y abrazar la paz integral. Atacar una sede política, silenciar a gritos al contradictor o intimidar al rival no le otorga la razón a nadie; por el contrario, deslegitima el espíritu democrático que tanto nos ha costado construir. La madurez política no se demuestra destruyendo al otro, sino venciéndolo con argumentos en las urnas.
El ataque a la sede del Centro Democrático en la capital del Huila es un claro y doloroso síntoma de una fractura mayor: nuestra dificultad para convivir con la divergencia ideológica. La paz no se construye destrozando el letrero del oponente, sino aprendiendo a debatir con altura. Desde Enredijo, hacemos un llamado a la cordura y a la responsabilidad civil. Te invitamos a seguir nuestras columnas de análisis, a comentar con respeto y a recordar siempre que las ideas se defienden con argumentos, jamás con violencia.








