lunes, enero 19, 2026

Trump, el impredecible.

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Donald Trump y Marco Rubio definiendo la política de Trump y Latinoamérica.

Chris Columbus, director de la película que en Latinoamérica solemos conocer como “Mi pobre angelito” suele repudiar el cameo que hizo Donald Trump en su cinta más icónica. Si bien el actual presidente norteamericano ya era famoso desde los ochenta—tanto que Biff Tannen, el antagonista de la línea temporal distópica de otra película en memoria de todos,  “Volver a futuro 2” se inspiró en Trump, según su guionista Bob Gale—su popularidad se debe a que es uno de los políticos que mejor aprovechó la TV para construirse como figura pública. Hijo de los tabloides de chismes, los talk shows y revistas financieras, de la cultura del deal y del “self-made” de los 80, Trump se encaramó en la sociedad como el empresario afortunado y agresivo, machista e imbatible en los negocios al que la clase trabajadora quería encarnar desde el sueño americano, aspiración que tuvo su caricatura en la producción cinematográfica y literaria de los noventa. Mientras Trump se posicionaba en el marketing de Hollywood gracias a su reality “el aprendiz” el demócrata promedio—y también el cristiano republicano— veían en su carrera una sombra de la perversión del dinero y el estilo de vida libertino de los millonarios, la vulgaridad de un Golden kitsch de mármol y alfombra de terciopelo que los artistas e intelectuales despreciaban por carecer de alma. No obstante, el mundo cambió paralelo a él; aquello que representaba gracias a los realitys, la cultura de internet y MTV—y en Latinoamérica la estética del reguetón y la influencia de Miami en los artistas latinos— su modo de vida se convirtió en el estándar aspiracional para los nuevos ricos de occidente.

De un par de décadas en el centro de atención de los periódicos, la pornografía y la televisión, Trump adquirió un sentido mediático excepcional. Sabe hablarle a los televidentes y sabe cómo saltarse u omitir la influencia de los medios de comunicación que quieren dar la última palabra sobre él. Por eso no lee críticos ni analistas políticos, no tiene lista de libros anuales como Obama o Clinton, y por eso pareciera impredecible para las escuelas políticas y los directores de medios de comunicación que tratan de entenderlo desde la bibliografía. Tampoco pareciera reaccionar a los problemas mediáticos a partir de la opinión pública medida desde el periodismo. Trump reacciona a su electorado sin intermediarios como lo hacía Chávez en su momento —el mejor símil local de su forma de gobierno es precisamente Chávez— pero este no es el caso de Marco Rubio.

Marco Rubio no solo tiene una esposa colombiana, sino que además necesita políticamente al electorado a Miami, unido a toda esa derecha latinoamericana inmigrante que necesita desesperadamente mimetizarse como norteamericanos. La mayoría de los argumentos antizquierda, antipetro o anticubanos de Trump provienen de su cercanía con Rubio, por eso ha sido gracioso ver clichés latinoamericanos en boca del presidente gringo descalificando a sus pares latinos. Pero ¿Le podría importar, o siquiera escandalizar lo que sus cercanos latinos dicen sobre Petro? Un neoyorkino cercano al mundo de la TV, amigo de Epstein con varios escándalos por acoso y prostitución no va a ver con asombro los chismes que la derecha colombiana tiene sobre la vida sexual de Petro o sus adicciones, pero es por Rubio, por el inmenso poder de ese evangélico militante que termina acusándolo de “enfermo” de cara a la galería. A Trump en realidad no le importa Latinoamérica más allá de expulsar del territorio a China. Más que interesarle el petróleo venezolano, que ciertamente no necesita, lo que le importa es que China no tenga acceso a recursos naturales que no solo él, sino una mayoría norteamericana están convencidos de que les pertenecen por derecho divino.

Es Marco Rubio quien asume como llamado religioso la caída de Cuba y el sometimiento del chavismo, pero el mismo Rubio algo de pragmático tiene y no es un fanático Nazi supremacista como Stephen Miller. Rubio podría darse cuenta de que atacar a Petro, e incluso intervenir Colombia es descabellado y podría herir una de las pocas economías donde la balanza comercial está a favor de EEUU. A Petro le quedan meses en el poder y todo lo que haga Trump contra el país podría fortalecer a la izquierda electoralmente, no solo en Colombia, sino en todo el continente.

Mi título podría tildarse como una mentira condicional pues hay algo en lo que Trump es absolutamente predecible; no le gusta perder. Mueve sus fichas cuando de antemano tiene la partida ganada. Sus cercanos por el contrario son mucho más peligrosos e inestables, así que por ahora la persona más peligrosa para la región es Stephen Miller, recientemente designado como colaborador del problema de Venezuela. El logro de la negociación con el chavismo es que permanecerán en el poder porque eso garantizará a Trump y a Rubio la neutralización de una guerra que terminaría desgastando la visión gerencista del presupuesto que quieren venderle al electorado. Lo que necesitan son negocios en Venezuela, y la guerra no suele ser muy amiga de las inversiones. Hay gente que quiere hacer dinero con nuestro país vecino y momentáneamente eso resulta positivo para Colombia. La jugada de capturar a Maduro les sirve para que Petro y Sheinbaum se sientan amenazados y obedezcan. Las cosas podrían complicarse en un futuro gobierno demócrata que, de cara a una galería ideológicamente más exigente, realmente crean que existe una fácil solución policial o incluso moral para el problema venezolano. Esa es una inmensa mentira.

A los colombianos nos conviene ahora mismo pasar desapercibidos, porque para nadie es un secreto que el gobierno Trump es una bomba de tiempo y que está jugando con toneladas de nitroglicerina. En algún lugar del mundo alguien tiene la chispa para el desastre y ojalá no seamos nosotros. Si fuésemos demasiado amigos del gobierno Trump nos podría pasar lo que le está pasando a Argentina y su intervención israelí en la Patagonia, y si fuésemos demasiado enemigos nos aplastaría con operaciones encubiertas como lo hacen ahora mismo con Irán. Trump tiene al mismo tiempo cuatro cargas bombas y nosotros somos vecinos de la más pequeña.

En los noventa el teórico Joseph S. Nye defendía el concepto de hegemonía norteamericana desde dos formas de poder; el poder blando (ONG, cooperación internacional, sistema jurídico internacional) y el poder fuerte (intervención militar, guerra y ejercicio coercitivo). La mano blanda no es ni alternativa ni independiente de la fuerte; ambas son dos facetas del mismo ejercicio de control y necesarias para el imperialismo. Desde la guía política que Alejandro Magno recibió de Aristóteles sobre la asimilación cultural que posibilitó buena parte del imperialismo occidental, muy pocos lideres políticos han hecho funcionar las relaciones internacionales desde el poder coercitivo puro, pero en eso Trump ha descubierto algo más eficiente; el soft power se ha privatizado en Silicon Valley. Empresas como Apple, Meta, Open IA y Palantir son mejores informantes y analistas que la plantilla política que las ONG. La USAID no desapareció porque ya no sea necesaria la dominación cultural blanda, sino porque el sometimiento tecnológico es mucho más eficiente para el control político que la cooperación internacional.

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