El cantautor ítalo-argentino falleció este miércoles 7 de octubre a los 81 años en Buenos Aires. Su partida deja un vacío irreparable en la memoria colectiva de un continente que cantó a su lado la lucha social, la esperanza y el amor. Colombia, su patria elegida, llora hoy a su valiente Embajador de la Paz.

El 7 de octubre de 2026, la historia de la música popular latinoamericana registró una de sus pérdidas más significativas y dolorosas. A los 81 años de edad, falleció en la ciudad de Buenos Aires Piero Antonio Franco De Benedictis, el entrañable Piero. Su deceso, acaecido tras permanecer bajo estricta observación médica en el Hospital Italiano debido a severas complicaciones respiratorias, cierra el ciclo vital de un símbolo incombustible de la militancia pacífica, la poesía urbana y la empatía inquebrantable hacia las inequidades estructurales de nuestro continente. América Latina despide hoy a uno de sus cronistas más indispensables.
El Grito Hecho Canción
Desde sus primeros acordes en la televisión argentina de los años sesenta, Piero trascendió con creces la mera figura del baladista melódico para convertirse en la voz inconfundible de los que no tenían voz. Su sinergia trascendental con el poeta José Tcherkaski parió himnos que desafiaron el tiempo, el dolor y la tiranía. Canciones inmortales como Mi viejo —el desgarrador retrato definitivo del padre inmigrante desgastado por la vida—, Pedro Nadie, Para el pueblo lo que es del pueblo y la sanadora Soy pan, soy paz, soy más, se convirtieron en la banda sonora de la resistencia, la catarsis y la esperanza de millones de latinoamericanos.


Esta valentía creadora, fundamentada en su temprana formación ligada a la Teología de la Liberación, lo llevó a denunciar sin tapujos las injusticias sociales. Su osadía lo colocó en la mira del terrorismo de Estado en 1976 durante la dictadura de Jorge Rafael Videla, forzándolo a un doloroso exilio en Europa tras escapar de la muerte y las listas negras por apenas unos minutos. Sin embargo, fue en ese exilio donde mutó el rencor por el pacifismo, transformando para siempre su “canción de protesta” en una “canción de propuesta”.
Una Patria para el Alma
Fue también a partir de ese destierro que Piero encontró a su segunda patria: Colombia. Nuestro país no solo le brindó el asilo y el calor humano que necesitaba, sino que se convirtió en el bastión definitivo de su activismo. Nacionalizado colombiano en 1994 y nombrado formalmente “Embajador de la Paz”, el cantautor no se quedó en la comodidad aséptica de los escenarios en las grandes capitales.


Con su guitarra como único escudo, se adentró en la Colombia profunda. Recorrió zonas rojas como el Urabá antioqueño y el Cauca en los momentos más cruentos del conflicto armado, dialogó con actores de todos los frentes de la guerra y arriesgó su propia integridad física en pro de la reconciliación. Militó incansablemente por los Acuerdos de Paz, demostrando un amor por este pueblo y una “solidaridad ociosa” que él mismo consideró superior a cualquier premio de la industria musical.
El Refugio de los Suyos
Detrás del ídolo de masas, habitaba un hombre profundamente familiar que conoció tanto el dolor inenarrable como el amor más pleno. Marcado en su juventud por la trágica pérdida de su primogénito Mariano, encontró en su etapa de madurez la paz definitiva junto a su viuda, la artista plástica Mariana Schettini, y sus hijos Juan, Giuliano y Fiorella.
Fue precisamente junto a Fiorella con quien protagonizó emotivos rituales familiares en los escenarios de toda Latinoamérica durante sus últimas giras, asegurando, guitarra en mano, la continuidad generacional de su estirpe y su mensaje. En sus años más frágiles y asediados por las injusticias de un desgastante laberinto judicial en Argentina, ellos fueron su principal red de contención y su refugio terrenal.
Ecos de Eternidad
El fallecimiento de Piero Antonio Franco De Benedictis no marca meramente el deceso de un cantante popular; cierra de manera solemne un capítulo extenso, vital y absolutamente esencial de la crónica sociológica y política de la historia contemporánea latinoamericana. Su inabarcable existencia fue un testimonio vivo, palpitante e indomable de la extraordinaria capacidad del arte para moldear conciencias adormecidas, desafiar a los tiranos y sanar profundas heridas colectivas.


El inmenso trovador, el hombre manso y tranquilo, se ha silenciado físicamente, pero su vasto e imperecedero cancionero perdurará para siempre. Sus acordes no son reliquias de un pasado melancólico y convulso, sino herramientas vigentes, vitales y necesarias para forjar la identidad, la paz y la memoria de las futuras generaciones. Buen viaje, Piero; tu pueblo, el que se lo ganó, jamás te olvidará.








