miércoles, julio 15, 2026

Elecciones presidenciales de singular ocurrencia histórica.

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Elecciones presidenciales de singular ocurrencia histórica

Imagen ilustrativa

En el discurrir de la historia política, relacionada con las elecciones presidenciales de nuestro país, como la memoria que es tan olvidadiza y ahora, otras represiones y ocupaciones inquietan, nos parece oportuno y conveniente recordar algunas anécdotas que se caracterizan por las especiales circunstancias y motivaciones de su realización. Es preciso considerar, sin acudir a intrincados análisis y comentarios de índole política, aunque parece increíble, ciertas elecciones presidenciales; se pueden concretar en la relación o recreación de una anécdota. A propósito, ya lo hemos escrito, y conviene reiterarlo, la anécdota es la manifestación por excelencia del ingenio.

Lo realmente cierto es que la anécdota habrá de durar y perdurar mientras no sea dado hacer gala del ingenio y ponerle un poco de sal y pimienta a los distintos sabores de la vida. Pero, además, ellas tienen un valor especial y un poder mágico; humanizan el sentido de la vida, y la hacen más agradable y soportable.

En fin, la anécdota, aquí y en toda parte, es infinito en la diversidad de matices o manifestaciones históricas, políticas, parlamentarias, forenses, y entre otras, también las hay de la clerecía, como lo vamos a ver.

Ante u predicamento de semejante proyección, damos comienzo, con la que tiene que ver, en el ya lejano año de 1930, con las candidaturas de Guillermo Valencia y el general Alfredo Vásquez Cobo, en representación del partido Conservador; junta electoral en la que tuvo destacada injerencia el clero, siendo su cabeza el arzobispo Ismael Perdomo. (Ismael perdimos, le imprecaron sus fanáticos seguidores).

Al respeto, ninguna voz más autorizada que la de Dr. Alfredo Vásquez Carrisoza, para corroborar la manifiesta participación de la jerarquía eclesiástica en la escogencia del candidato conservador, cuando en la obra sobre su padre El general Alfredo Vásquez Cobo y su tiempo, nos dice lo siguiente: “Desde los pulpitos y en pastorales recomendaticas el candidato salía ungido con un aura de público eminente”. 

En mi artículo de hace tiempos escribí una anécdota política clerical, publicada en el Espectador:

De aquella época nos queda una curiosa anécdota que es preciso recordar en esta oportunidad, por cuanto resume de manera ingeniosa y contundente el desconcierto que produjo la referida intervención. La autorizada pluma de Silvio Villegas, decidido partidario de la candidatura de Guillermo Valencia, la refiere en uno de sus importantes escritos. Es de este tenor:

La jerarquía eclesiástica, que hasta aquel tiempo intervenía preponderantemente en la política conservadora, se parceló tanto como la jerarquía civil. Obispos y arzobispos formaron en diversos campos. El arzobispo Perdomo había designado al general Vásquez Cobo como candidato a la Presidencia de la República, como si estuviéramos en los tiempos del Sacro Romano Imperio. Entusiasmado con el nombre del caudillo vallecaucano, algún clérigo de aldea terminó una de sus pláticas dominicales en estos términos:

“Amados feligreses: está prohibido votar por Valencia porque es poeta, morfinómano y masón”.

Algunos días después llegó la circular del arzobispo Perdomo recomendando la candidatura de Guillermo Valencia, para unificar a su grey ante el peligro de un triunfo del liberalismo. El desconcertado párroco rectificó así sus órdenes ante sus oyentes estupefactos:

“Amados hermanos míos: Al hablar de candidaturas presidenciales hace ocho días me equivoqué de nombre. El que es masón, morfinómano y hasta poeta es el tal Vásquez Cobo”.

De esta manera, hemos hecho memoria de un episodio histórico que, a nuestro parecer, condensa todo el acontecer de un proceso electoral qué, luego de 40 años de la hegemonía del partido Conservador, culmina con la victoria del candidato del partido Liberal, Enrique Olaya Herrera. Así son las cosas de ayer y siempre: “Reino dividido, reino perdido”.

Transcurrido los años, viene la candente elección presidencial del año de 1946, entre las candidaturas de Mariano Ospina Pérez, en representación del partido Conservador, y Jorge Eliecer Gaitán y Gabriel Turbay, dos eminentes lumbreras del partido liberal. Uno y otro, con méritos suficientes por alcanzar esta aspiración. Gabriel Turbay, de larga trayectoria política a partir del año 30 (autor de la candidatura de Olaya Herrera), en el desempeño de sus actividades; entre otras, en el congreso de la Republica en los ministerios de Gobierno y Relaciones Exteriores, en el ámbito diplomático, en las conferencias internacionales, en fin, en la campaña presidencial. Actuaciones en las que se destaca por la brillantez de su talento, el poderío de su acción y la altivez de su carácter.

Jorge Eliecer Gaitán, dotado de la más recia personalidad, talento y carácter. De una vida intensa y extraordinaria. Da mucho que decir. En gracia de la brevedad, me limito a destacar estos pocos aspectos.

Sobresaliente en sus estudios de Derecho y Ciencias Políticas, en la Universidad Nacional, los concluye con una tesis sobre el socialismo. Consecuente con su espíritu de superación, venciendo todas las adversidades y por sus propios medios, viaja a Roma, con el fin de adelantar estudios sobre la materia de su predilección, el Derecho Penal.

Gaitán, realiza este sueño en la más famosa Universidad de dicha ciudad. Allí culmina su especialización con la presentación de una tesis de grado sobre la premeditación, que por su originalidad y contenido fue laureada. El eminente profesor Enrique Ferri, lo tuvo como un alumno distinguido.

A su regreso a Bogotá se dedica por entero al ejercicio de su profesión y a la actividad política. En uno y otro campo, sobresaliente en sus interacciones, por la fuerza de su pensamiento ideológico y la entereza de sus convicciones y convencimientos intelectuales, y, lo que, es más, por la elocuencia de su palabra.

Los elocuentes discursos ante las multitudes en contra del Gobierno y la criminalidad partidista que se habría desatado en pro de la paz y la, restauración moral de la República, tenían tanto poderío, que convencían y cautivaban. Las crecientes multitudes lo aclamaban y lo seguían. A tal punto que Gaitán se había convertido en el candidato del pueblo. “Yo no soy un hombre soy un pueblo”. Era su grito de combate.

Entre tanto, el día de la elección presidencial había llegado. Infortunadamente, por causa de la ciega y reacia división de los dos candidatos, tenía que venir lo que en realidad sucedió, la derrota del gran partido Liberal, con todas sus consecuencias.

A la postre, los hados insondables de la tragedia tendrían sus acechos. Gabriel Turbay, preso de su infortunio, y desolación viaja a Paris; y allá, en la soledad de su residencia, en una tarde de frio invierno, luego de someter al fuego todo su archivo personal y político, medico como lo era, se aplica la dosis letal que apago con su vida. Sobre el cuerpo yerto de Gabriel Turbay, habían caído las sombras de la noche infinita del día 17 de noviembre de 1946.

Poco tiempo después, los mismos a dos de la tragedia, no habían olvidado el resplandor del caudillo del pueblo. Así, al medio día del trágico 9 de abril de 1948, cae vilmente asesinado.

Esta la suerte fatal y el final de dos lumbreras del partido Liberal, y el de dos eminentes colombianos.

Con el correr del tiempo incontenible, vienen las elecciones presidenciales, en las que se enfrentan Misael Pastrana Borrero y el general Gustavo Rojas Pinilla, candidatos que representan las huestes del llamado partido político de Unión Nacional y el de la Acción Nacional Popular, Anapo, respectivamente. 

 Sin más altercados o comentarios que sería largo e intrincado de referir, dicha elección se concentra de manera contundente en esta muy ingeniosa anécdota: El día siguiente de dichas elecciones, en la esquina del periódico El Tiempo, en la avenida Jiménez con carrera séptima, en aquel entonces, se encuentran dos amigos, el uno bogotano, y el otro barranquillero. Luego del cordial saludo, el “cachaco” le pregunta al “corroncho”: ¿Cómo te fue de elecciones, por quien votaste? 

Al punto, sin más titubeos le responde: Como buen coteño que soy, voté por Evaristo Surdí, ganó el General Roja, y van a posesionar a un tal Patrana.

Y otra toda vez más precisa en la noche de aquel día, en razón de mi oficio profesional, Yo pernoctaba, en la región del Putumayo, en el Campamento de los directivos y otros trabajadores del oleoducto Orito – Tumaco – A la media noche, luego de escuchar al Sr. ministro de Gobierno, un trabajador, anapista como todos, con el radio transistor en su oído, voló a gritarme: Doctor Pérez Silva, nos robaron, nos robaron las elecciones. 

Sin más que comentar lo que pueden los poderosos del mando y la política, en pro o en contra de un resultado electoral.

La elección presidencial de Cesar Gaviria Trujillo, para el cuatrienio de 1990 a 1994, tuvo lugar el día 27 de mayo de 1990. 

Es preciso recordar brevemente, que estas elecciones se llevaron a cabo en la época más crítica de nuestro país. Las circunstancias de orden público no podían ser más violentas. Se vivía el reino de la injusticia y el imperio de la sangre. La muerte rondaba a todas horas y en todas partes. Se padecía, entonces, la más cruda barbarie. La consigna que surgía del más siniestro contubernio criminal, no era otro que el de destruir a Colombia, arrasar las instituciones democráticas; asesinar candidatos presidenciales y dirigentes políticos, jueces, magistrados, y militares de todas las categorías. 

 En semejantes circunstancias, el abanderado del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, agitaba sus ideas y programas de orden social; recorría todo el país, y con su voz elocuente arremetía contra tan inhumanas tropelías, contra la guerrilla y el narcoterrorismo.

 Era la época pre electoral, y Luis Carlos Galán, con todos los ímpetus de su juventud, sus programas de carácter social y su prestigio, era la figura más destacada y el candidato más indicado para la presidencia de la República. 

Infortunadamente, los hados insondables de la tragedia que, sin avisar cuando, a donde ni a quien, como si fuera un rayo, han venido a Soacha, y cuando Luis Carlos Galán llega a presidir una manifestación política al subir a la tarima desde donde solía dirigirse a la multitud allí congregada, una mano aleve vilmente lo asesina.

Ha llegado la noche del funesto día del 18 de agosto de 1989. Qué gran hombre, qué gran promesa habíamos perdido para que rigieran los duros destinos de Colombia, en tan adversas circunstancias, rigieran los destinos de nuestro país. 

 A la postre, durante la ceremonia fúnebre de Luis Carlos Galán, sus hijos Juan Manuel y Carlos Fernando actual alcalde de Bogotá, muy jóvenes aún, en sus sencillas y sentidas palabras a su padre, manifestaron que, en manos de César Gaviria Trujillo, su compañero de lucha, quedaban las banderas políticas de su padre y que debía continuar la campaña electoral emprendida como candidato a la presidencia de la República.  

 De aquí, lejos de tan doloroso y lamentable, surgió y circuló la ingeniosa expresión de que César Gaviria Trujillo, había alcanzado su candidatura presidencial en un entierro. Y, en realidad, así aconteció.

A todas estas, llegamos a la elección presidencial de Álvaro Uribe Vélez, para el cuatrienio del año 2002 al 2006.  Se había iniciado, nada menos que, la era del siglo XXI. En esta elección se enfrentan el mencionado Uribe Vélez y Carlos Gaviria Díaz. Dos antioqueños raizales que, quien lo creyera, el primero de los nombrados, habría sido discípulo de Gaviria Díaz, en las materias de Introducción al estudio del Derecho y Filosofía del Derecho, en la Universidad de Antioquia. 

En buen romance, de suma curiosidad, un maestro y un discípulo, se constituyeron en dos candidatos presidenciales encontrados. Con la gran sorpresa de que, llegado el día de la definición electoral, el discípulo, en franca lid, hubiere vencido a su maestro y en realidad así aconteció.

Sin duda alguna, este es un caso extraordinario, desde luego, de una gran curiosidad, como nunca había acontecido, razón por la cual, nos ha llamado mucho la atención. Previa requerida investigación de uno y otro, así lo registramos en el detenido artículo Maestro y discípulo candidatos presidenciales encontrados:

Quién lo creyera ni quién se iba a imaginar entonces este suceso de tan singular ocurrencia en el discurrir de nuestra historia política y quizás en la del mundo entero. En ciertas ocasiones, la vida nos prodiga inesperados contrastes y sorpresas. Para vivificar este episodio, ya queda dicho, único en la urdimbre de nuestro acontecer histórico, como otrora y con distintos visos fuera el caso del presidente Marcos Fidel Suárez, de humilde linaje, es preciso tornar a las fuentes del pasado.

En efecto, en 1970, Álvaro Uribe Vélez se ha matriculado en la facultad de Derecho de la mencionada Universidad. Al frente de las cátedras Introducción al estudio del Derecho, en el primer año y, Filosofía del Derecho, en el último, se halla el profesor Carlos Gaviria Díaz, quien, al concluir sus estudios en la misma facultad, había obtenido, para su tesis de grado, el lauro que merecen las obras excelentes. Con semejante prerrogativa, el nuevo togado se dedica al estudio, la investigación y la enseñanza de sus materias predilectas.

A poco trecho y con el ánimo de superación, Gaviria Díaz acude a la Universidad de Harvard. Durante el año sabático se acerca con más avidez al estudio de la Teoría pura del Derecho de Hans Kelsen, el filósofo de su devoción, como también lo fueron, entre otros, Cossio, autor de la Teoría egológica del derecho y Bertrand Russel, de La educación de las emociones, que contribuyó a hacer de él un gran carácter. De aquí, la formación del catedrático magistral y del crítico riguroso y elocuente en la exposición, y su actitud frente a la interpretación del derecho. Aparte de esta disciplina, Gaviria Díaz se solaza con Walt Whitman lo conoce a sus anchas.

No sobra decir que para complacer al inquieto aguijón que ronda por las puertas de la casa de la loca, hemos hecho el recuerdo de estos episodios que, de manera tan significativa, constituyen la sal de la historia. 

Y para concluir estos relatos, en cuanto se refiere a la más reciente elección presidencial, llevada a cabo entre Iván Cepeda, candidato del partido “Pacto Histórico”; y, Abelardo de la Espriella, en su condición de candidato “independiente”.

A nuestro parecer, por su origen, desarrollo y determinaciones políticas personales, consideramos que, con dichos antecedentes, estamos ante la realidad de un caso singular en la historia de nuestras elecciones presidenciales. 

Sin más que decir, doctores tiene el Santo Oficio en materias electoral y electorera, que se han de ocupar a sus anchas, en bien o en mal, a la derecha o a la izquierda, de este suceso. 

Nada más; ni nada menos. 

Bogotá, 30 de junio de 2026.

Autor

  • Vicente Pérez Silva

    Abogado de la Universidad del Cauca, especializado en Derecho Laboral. Escritor, investigador y autor de algunas obras de carácter histórico y literario. Es miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cundinamarca, igualmente de las Academias del Valle y Nariño. Fue ganador del premio “Dante Alighieri” (1965). Escribe en varios medios informativos de la capital de la República y de la capital nariñense.

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