sábado, mayo 23, 2026

Dawkins y el prestigio del ateísmo.

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Dawkins y el prestigio del ateísmo.

Imagen ilustrativa ® Enredijo

Richard Dawkins es probablemente el científico más influyente de mi adolescencia y uno de los autores que más he leído, releído y estudiado. Mientras que parte de mi generación llegaba al ateísmo cosmogónico a través de Carl Sagan yo hacía lo propio desde mi admiración por Darwin y la teoría de la evolución. Desde ella y como difusor científico, Dawkins le daba método a una ontología de la existencia que prescindía de Dios para explicarlo todo. Eso me encantaba. Su ontología parecía tan sólida y tan poderosa que el mismo Dawkins se envalentonó fuera de su territorio conocido, y al hacerlo se cargó con ello todo el prestigio que alguna vez tuvo el ateísmo militante como ideología.

Seguramente es deshonesto cargarle a él toda la factura y en realidad, uno no cree en algo solo por el prestigio de sus exponentes. Estamos a mediados de la década del dos mil y recién se publica el espejismo de Dios: ya he hablado del impacto estético que le causó a mi generación el fanatismo evangélico que golpeaba las instituciones políticas occidentales —que comparado con el de hoy resulta moderado—. Europa, por su parte, parecía florecer gracias al liberalismo, que se ponderaba como la ideología final de la civilización, de las repúblicas liberales, demócratas y laicas. La Unión europea demostraban éxito económico y social, todavía no teníamos idea de la crisis del 2008. Los filósofos más optimistas vaticinaban el fin de la historia mientras el catolicismo empezaba a sufrir los primeros golpes de un descrédito debido a los escándalos de abusos sexuales. Treinta años atrás y a través de su trabajo divulgativo, Carl Sagan no solo había abierto una línea editorial para la difusión científica, sino también un lineamiento ético frente a la relación de Dios y la ciencia, y por eso mismo era escuchado. Dawkins fue una de esas voces que llegó al mundo editorial para saciar en los adolescentes y jóvenes la necesidad de un lenguaje sobre la ciencia como oposición a la religión abierto por el éxito de Sagan. Si bien Sagan era ateo, su militancia estaba en el escepticismo y no en el ateísmo, por tanto, lejos de ser un polemista siempre fue tomado como un intelectual o un sabio. Dawkins en cambio convirtió la militancia atea en una causa política y se puso a sí mismo en el epicentro de la tormenta. Como la Institucionalidad, democracia y laicismo parecían entonces sinónimos, la lucha declarada de Dawkins parecía casi mesiánica. En realidad, en aquellos años yo no era más que un niño ansioso por unirse a una cruzada. Dawkins ofreció los parámetros de una que heredaba sin confesarlo el gesto más poderoso del cristianismo; el amor por la verdad. Sin embargo, ese amor posee un límite metodológico; en ese entonces yo no entendía del todo los límites filosóficos de la propuesta del ateísmo militante, y sospecho que el mismo Dawkins lo ignoraba. Como su ontología parecía tan sólida, tan universal, creyó que podía usarla para todo, incluso para desmontar la metafísica.

Sagan lo había intentado antes, comparándola con el trabajo de laboratorio, pero el bagaje cultural de Sagan era muy superior al de Dawkins y la comparación resultó mucho más elegante y provechosa, incluso para la metafísica. Ciertamente la militancia desgasta bastante la credibilidad de un llamado ético y por eso, no pretendo maltratar a un profesional que ya ha sido memeficado desde hace mucho tiempo, acusado de ignorante y de pretencioso, cuando su único delito ha sido convertirse en el rostro de su causa, en un hijo de su tiempo, y en su afán de convertir el ateísmo en una verdad revelada, cometió errores dogmáticos clásicamente humanos que ya antes le habíamos criticado al cristianismo. Por eso sus errores, sus falacias o su ingenuidad se convierten en ruido mediático antes que en debate, y sobre todo en una factura que se le cobra a todos los ateos. Dawkins tiene 85 años y la gente es incapaz de perdonarle nada. La última factura pende precisamente de su candidez.

¿Por qué sería ingenuo el ateísmo? Hay que separar dos cosas: el ateísmo militante de Dawkins y el ateísmo a secas. El ateísmo a secas no es necesariamente ingenuo, pero el ateísmo militante ha cometido varios pecados por ingenuidad. El más significativo de ellos ha sido el cientificismo, en donde han tratado de descartar a la filosofía como primera rama del conocimiento; Dawkins y Neil deGrasse Tyson han aparecido en titulares por esa pretensión. De ahí nace la segunda ingenuidad, que es haber llevado ese cientificismo al debate filosófico. En ambos criterios, Dawkins es paradigmático.

Y quizás la mayor ingenuidad del ateísmo militante, específicamente del latinoamericano, ha sido su tendencia a ignorar a Dios como fenómeno político, a descartarlo sin dialogo posible, lo que equivale intelectualmente a meter la cabeza en un agujero. Es Decir, el ateo militante cree genuinamente que en la política la razón es la primera causa, castrando el debate de sentimientos y emociones. El ateísmo militante se cree genuinamente la punta de una historia dialéctica hegeliana donde todos los criterios religiosos son inválidos por definición. Es decir, es una ortodoxia que no puede considerar la validez de ningún otro dogma: no puede concebir un margen de razón o de honestidad en cualquier postura por considerarlas históricamente anacrónicas o irracionales. Y esa incapacidad, llevada al campo de la crítica política, produce una ingenuidad de tercer grado: la idealización de los países con mayor porcentaje de ateos o no religiosos como modelos inevitables de progreso.

Semejante a Sarmiento y su civilización o barbarie, todo lo que huela a tradición hispánica o indígena carecerá de valor, todo alrededor del mito o la narrativa es inferior a lo cuantificable. Y todo lo anglosajón se vuelve referente político, social y casi espiritual. El ateo americano parece incapaz de comprender que las sociedades más laicas no son más idílicas o racionales. Es, en el fondo, el último bastión del etnocentrismo, esta vez sin Dios pero con prejuicios semejantes.

Dawkins no piensa así necesariamente, no en los últimos quince años. Tampoco es el Papa del ateísmo pero es él quien debe pagar la factura. Su última columna presenta a Claude como una IA consciente ha creado polémica en el internet adepto a la filosofía y la ciencia, despertando burlas o avivando el debate. La frase más común es que el hombre que escribió el espejismo de Dios ahora es víctima del espejismo de la IA. Yo no pretendo atacar su posición, pues he sido tan afectado como él por el Efecto Eliza (trastorno moderno en donde las personas atribuyen consciencia a los motores de lenguaje) ni tampoco rebatirlo, pues la imposibilidad de la IA de autores como Penrose me parece igual de fantasiosa y metafísica. He dejado claro que todo comentario de Dawkins recibirá más atención irónica y será mas burlado que comprendido. Mi posición usualmente pretende ser más lingüística y curiosamente, intenta ser más materialista; yo he decidido solamente darle importancia al lenguaje y su operatibidad, no al soporte mecánico de ese lenguaje. Si el lenguaje crea una estructura lógica yo la acepto. Pero entonces, ¿Estoy de lado de Dawkins? ¿he decidido ignorar las opiniones de quienes consideran que Dawkins ha sido engañado por el lenguaje utilizado por la IA?

Este es un debate importante porque Dawkins no es el primer humanista obnubilado por la IA, y pareciera ser que los humanistas somos bastante fáciles de engañar por los motores de generación de lenguaje. Sin una teología, sin una metafísica detrás es entendible que queramos atribuirle consciencia a algo capaz de mantenernos una conversación; si el marco ideológico nos deja solo las consecuencias y no las causas, el pensamiento de Dawkins es irreprochable. Pero ese es el problema; los motores de lenguaje profundizan nuestro solipsismo filosófico. Yo conocí el primer motor de lenguaje en el 2008 que se llama Eliza, e incluso ese archivo rudimentario de 30 kbs entonces me resultaba casi cabalístico en su capacidad de dar respuestas complejas y sostener una charla lógica. ChatGPT, Gemini y Claude se alimenta de nuestros sesgos y realiza un perfil psicológico bastante sofisticado para decirnos con claridad lo que queremos oír y ante esa seducción nos regalamos en bandeja de plata; puede que la consciencia no sea un asunto necesario para un modelo de lenguaje porque su operatividad en el mundo no depende de sus preguntas internas. La operatividad del modelo, la voluntad que ejerce, depende de la ideología de sus creadores. Los trenes no necesitan ser conscientes para asesinarnos si nos les atravesamos y no todos los seres humanos utilizamos la conciencia para ser operativos, así que un ser humano consciente puede fácilmente ser atropellado por un tren inconsciente si este se para en el lugar equivocado. En el caso de la IA, si habláramos de una causa primera, esa causa tiene de antemano una intención ideológica, y cuando la olvidamos, cuando la dejamos de lado o permitimos que la tecnocracia la disfrace de progreso, la invisibilizamos, lo que representa el verdadero peligro de nuestra época. Siempre debemos tener clara cuál es la ideología dentro de la tecnología. Dawkins en eso nuevamente es ingenuo, pero valoro sus intentos de utilizar lógica darwiniana a la hora de comprender a la IA, esfuerzo que obviamente es inútil. Si acudimos mejor a la antropología entenderemos

mejor cuál es la dinámica ritual en la que los seres humanos participamos enfocando todos nuestros esfuerzos macroeconómicos en procrear una IA general. Todo capital, todo gobierno, todo adolescente que compra un teléfono está participando en ello sin saberlo. En la dinámica ritual no es necesario que aparezca genuinamente un toro en el escenario para que todos entendamos lo que significa o sus peligros, para que dentro del performance no lo veamos amenazante o agresivo. Todos aceptamos el ritual. Todos participamos, lo queramos o no, en esta obra de teatro.

¿Cuál será el papel ritual que tiene hoy la IA, y en la que todos, sin saberlo, estamos participando? ciertamente Dawkins no está viendo el toro, pero tampoco los ingenieros o filósofos que le explican por qué está equivocado. Esa oscura pregunta se la dejo a mis lectores.

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